Edilberto Cruz Espejo

Hacia la unidad terminológica del español Edilberto Cruz Espejo
Comisión Lingüística de la Academia Colombiana de la Lengua

El camino hacia la ciencia es el
camino de las denominaciones unívocas

Alfonso Reyes

1. Acercamiento

Mi acercamiento a la terminología proviene del desempeño en el campo de la lexicografía. Trabajé durante más de 20 años en el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana de Rufino José Cuervo, continuado, finalizado y editado por el «viejo» Instituto Caro y Cuervo, en 1994. También fui durante más de 10 años catedrático de Lexicografía en la Maestría de Lingüística Española que ofrecía el «desaparecido» Seminario Andrés Bello del Instituto Caro y Cuervo. El programa de la Cátedra de Lexicografía incluía un capítulo sobre vocabulario científico y técnico que derivó en terminología, de tal manera que la aprendí enseñándola.

Inicié mis estudios de lexicografía en 1973, cuando esta disciplina apenas contaba con un solo texto especializado: Introducción a la Lexicografía Moderna, de Julio Casares. Sin embargo, este mismo año logré leer, en pruebas de imprenta, el texto de Julio Fernández Sevilla que saldría editado en las prensas de la Imprenta Patriótica, en 1974 (este año el manual cumple 33 años). El libro se haría célebre no solo por su doctrina, sino porque fue el inicio de la eclosión de textos de lexicografía en lengua española.

El capítulo IV de Problemas de Lexicografía Actual de Julio Fernández Sevilla se titula «Vocabulario científico y técnico», que, como hemos indicado, dio las bases a mis reflexiones del tema que más adelante sería el mundo de la terminología. Allí encontramos, por ejemplo, las siguientes apreciaciones:

El vocabulario científico y técnico plantea a la lexicología unos problemas especiales que dimanan de sus caracteres específicos. Solo modernamente comienza a concederse a esta parcela, sin duda importante desde el punto de vista cuantitativo en el vocabulario de una lengua, parte de la atención que sobradamente merece. Los lingüistas se interesan cada vez más por los problemas generales de orden teórico que los términos científicos y técnicos plantean a los estudios lexicológicos.

(Fernández Sevilla, 1974: 115)

El conocimiento de las palabras ordinarias depende del conocimiento de la lengua, mientras que el conocimiento de las terminologías depende del conocimiento de las respectivas ciencias o técnicas (Fernández Sevilla, 1974: 118).

Aun entre las voces técnicas existen diferencias estratificadoras según se trate de una profesión o de un oficio. En el Diccionario de Littré puede leerse «Ante todo, es necesario señalar que la lengua científica es esencialmente diferente de la de los oficios. En efecto, mientras la lengua de los oficios es siempre popular, a menudo arcaica, y sacada de las entrañas mismas de nuestro idioma, la lengua científica es casi toda griega, artificial y sistemática» (Fernández Sevilla, 1974: 123).

En lexicografía, se entiende por tecnicismo aquella palabra o locución que pertenece a una determinada especialidad de las ciencias, de las técnicas, de las profesiones, de los oficios, de las arte, etcétera, y que entran a formar parte de un lenguaje propio, especializado denominado tecnolecto.

La revolución industrial iniciada en Inglaterra con el desarrollo de la ciencia y la técnica trajo consigo un cúmulo de términos que acompañaron los nuevos inventos y avances de la humanidad. El siglo xviii francés fue el siglo de los grandes inventarios de tecnicismos de la agricultura, de la geografía, de la industria, del comercio, de la navegación y de cuanta ocupación humana resultara conveniente redactar un diccionario. Las grandes enciclopedias y diccionarios franceses fueron manifestaciones de este interés informativo, que marcó el siglo de las luces, el siglo de la Enciclopedia.

Al respecto, Luis Fernando Lara señala:

Habría de ser, en cambio, la lexicografía de los siglos xviii y xix la que, con afán enciclopedista e impulsado por la competencia editorial para aumentar las nomenclaturas de los diccionarios, tomara en consideración los vocablos especializados de las ciencias y de las técnicas para incluirlos en los diccionarios de lengua.

(Lara, 1997: 68)

Se dio, entonces, una lexicografía enciclopedista en la que se competía por superar el número de entradas de los otros diccionarios, incluyendo el mayor número posible de términos técnicos. Tanto fue el desenfreno que la misma Academia Francesa prohibió la inclusión de términos técnicos en los diccionarios de lengua.

Sin necesidad de prohibir, Rufino José Cuervo señalaba:

Admite el Diccionario, entre otras divisiones de que es susceptible la variedad de cosas que contiene, la que distingue el caudal común de la lengua y los progresos científicos… El diccionario debe consignar y distinguir las acepciones clásicas y populares y las científicas. Quien cultiva la lengua va busca de aquellas; de estas, quien estudia las ciencias. Claro es que el Diccionario de la lengua, en el punto de vista especial de esta, merece aprecio antes por su exactitud y minuciosidad en lo clásico y popular, que por las mismas cualidades en lo científico; las ciencias tienen sus diccionarios especiales y facultativos; los autores clásicos y el pueblo no tienen diccionario especial fuera del general de la lengua.

(Cuervo, 1987, t. 3: 59-60)

Por su parte, Andrés Bello, en el prólogo de su Gramática castellana destinada al uso de los americanos, que este año cumple su 160.º aniversario de la primera edición, nos dice:

Pero no es un purismo superticioso lo que me atrevo a recomendarles. El adelantamiento prodigioso de todas las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual y las revoluciones políticas, piden cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas, y la introducción de vocablos flamantes, tomados de las lenguas antiguas y extranjeras, ha dejado ya de ofendernos, cuando no es manifestación innecesaria, o cuando se descubre la afectación y mal gusto de los que piensan engalanar así lo que escriben.

(Bello, 1951: 11).

Cualquier actitud que adopte el lexicógrafo, con respecto a la inclusión de los tecnicismos en el diccionario, será siempre discutible, pues para unos podrán ser muchos y, para otros, demasiado pocos. Manuel Seco, uno de los lexicógrafos contemporáneos más destacados, define su posición de la siguiente manera:

Nosotros incluimos, porque es una exigencia de todos los diccionarios modernos, una proporción notable de términos técnicos correspondientes a ámbitos especiales de la actividad y del saber, aunque limitando su inclusión a aquellos que nuestra documentación nos advierte estar en trance de penetrar en el vocabulario pasivo e incluso activo de los hablantes medios.

(Seco, 1997: 142)

También nos presenta Manuel Seco su particular punto de vista sobre la marcación de los tecnicismos:

En nuestro diccionario procuramos distinguir, mediante el empleo o no empleo de marcas, entre los tecnicismos que han entrado abiertamente en el uso general y los que, aunque tengan dentro de él alguna presencia, no dejan todavía de sentirse como propios de una especialidad. Voces como artrosis o infarto no llevarán, pues, ninguna marca de ámbito, ya que circulan hoy en la lengua común con la misma o quizá mayor frecuencia que reúma o ataque cardiaco. En cambio, leucemia linfoblástica (nombre que difundieron los periódicos para hablarnos de la enfermedad que padeció el tenor José Carreras) no podría desprenderse de la etiqueta «Medicina».

(Seco, 1997: 142)

Continúa sus precisiones para determinar el manejo de la definición de los tecnicismos:

Nuestras definiciones de voces designadoras de realidades que son o pueden ser objeto de estudio por parte de especialistas o técnicos no están redactadas para servir a los especialistas o a los técnicos, sino a los hablantes comunes, a quienes basta saber qué clase de ser es el nombrado y qué rasgos los diferencian entre los de su clase.

(Seco, 1997: 147)

El lexicógrafo dedicado a la elaboración de diccionarios generales de lengua se interesa por los lenguajes especializados cuando estos ingresan en el idioma común, es decir, cuando aquellos términos que surgieron en un ámbito restringido a los especialistas pasan a formar parte de la competencia del hablante culto o semiculto promedio. Para el profesor Luis Fernando Lara esta delimitación

(…) supone decidir cuándo la palabra deja de ser exclusiva de un tecnolecto para pasar con pleno derecho a la lengua común y estas fronteras en la lengua permanecen difusas a veces durante bastante tiempo. Por otra parte, la popularización del término no suele implicar que deje de funcionar como tecnicismo.

(Lara, 1997: 142-143)

La zona de transición entre el vocabulario general y el de los tecnicismos es cada vez menor, debido a la difusión que se da, especialmente, a través de los medios de comunicación.

La globalización, el conocimiento e información al alcance de todo el mundo contribuye al enriquecimiento léxico especializado del hablante, aunque no se domine por completo pero se ha vuelto más importante y la civilización depende cada día más de él.

(Lara, 2001)

Conviene, pues, acercarse al campo de la terminología. Todos los caminos conducen a Roma, se decía con mucha verdad. Lo importante es proponernos encontrar la vía que más nos convenga para empezar a andar el camino. Todos los campos de trabajo están en contacto con la terminología, las profesiones, los oficios, las ciencias, las artes tienen su propio vocabulario, lo importante es interesarse por él.

2. Ingreso

Mi ingreso propiamente dicho en la terminología ocurre cuando la Universidad de Antioquia convoca, en 1996, el Primer Seminario Nacional sobre Lenguajes Profesionales. La profesora María Cecilia Plested, coordinadora general del seminario y a su vez coordinadora del Programa de Traducción y Terminología de la Universidad, tuvo a bien invitarme a participar en el evento como representante del Departamento de Lexicografía del Instituto Caro y Cuervo. Tuve la oportunidad de leer, en dicha ocasión, la ponencia titulada «La Lexicografía y los Lenguajes Profesionales».

Para preparar mi ponencia tuve que recurrir a la bibliografía sobre el tema, que desafortunadamente era muy escasa. Solamente encontré un texto sobre terminología, el de la profesora Alicia Fedor de Diego, quien con un presupuesto desalentador nos decía que: «Casi la totalidad de las publicaciones sobre terminología está escrita en inglés, francés, alemán, ruso, y otras pocas en diferentes idiomas que no incluyen el español» (Fedor de Diego, 1995: 11).

Fue muy grato no solo asistir y participar en el seminario, sino también advertir el interés de la Universidad de Antioquia por la terminología y por los lenguajes profesionales. Fue provechoso conocer al profesor invitado Heribert Pich, director del Instituto Internacional de Investigación Terminológica de Copenhague, uno de los investigadores de reconocida prestancia en el mundo por el trabajo en el tema de los lenguajes profesionales.

Dos puntos para destacar de este breve epígrafe: La participación en congresos y seminarios es muy importante para difundir y unificar el uso de la terminología. Las publicaciones son vitales para promover y divulgar una determinada actividad y al mismo tiempo participar en la unificación de la terminología.

3. Las redes

Se advertía ya en este primer seminario que estamos atrapados en el mundo de las «redes», por tanto, es conveniente resaltar que la Escuela Interamericana de Bibliotecología de Medellín y la Escuela de Idiomas de la Universidad de Antioquia habían creado, en 1995, la Red Colombiana de Terminología (COLTERM). Esta red impulsa la difusión de las teorías terminológicas, promueve el intercambio de información terminológica, apoya la formación de docentes en terminología y aplica la terminología tanto a la documentación y las ciencias de la información como a la traducción.

Por otra parte, la Red Iberoamericana de Terminología (RITERM) convocaba por esos días el V Simposio Iberoamericano de Terminología que se celebró en la ciudad de México en noviembre de 1996. Como en los simposios anteriores, participaron en él terminólogos, terminógrafos, lexicógrafos, intérpretes, traductores, documentalistas, lingüistas y especialistas en las diferentes disciplinas que dan lugar a la formación de terminologías especializadas. La Red Iberoamericana de Terminología fue creada en el I Simposio Latinoamericano de Terminología, organizado por la Universidad Simón Bolívar de Caracas, en 1988. El VII Simposio Latinoamericano de Terminología se llevó a cabo en esta hermosa ciudad heroica del 28 a 31 de octubre de 2002.

4. Entidades internacionales

La Unión Latina es una organización internacional que reúne a los Estados de lengua oficial romance o neolatina. Fue fundada en 1954 y reactivada en 1983. Tiene como objetivos el desarrollo de la enseñanza de los idiomas latinos, la definición y el enriquecimiento de los vocabularios científicos, técnicos y profesionales de estos idiomas, la promoción de su utilización como medios de comunicación científica, técnica y de acceso al conocimiento y el fomento de intercambios e interacciones culturales entre los pueblos latinos. Unión Latina editaba en papel la revista Terminómetro, cuyo número especial de 1996 estaba dedicado a la terminología en España.

En septiembre de 1999, la Unión Latina, con el apoyo de RITERM, la Escuela Interamericana de Bibliotecología y el Instituto Caro y Cuervo convocaron y realizaron las Primeras Jornadas Iberoamericanas de Terminología. Tuve la oportunidad de leer allí la ponencia titulada «Marcas técnicas en el diccionario de construcción y régimen. De España participaron María Teresa Cabré y Mercé Llorente y los asistentes pudimos advertir el dinamismo que el Instituto Universitario de Lingüística Aplicada de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona ha dado a la terminología. Tuvimos la oportunidad de conocer el afamado texto de María Teresa Cabré, libro que conservamos como fundamental para las discusiones terminológicas.

5. Feria del Libro

En el marco de la 12.ª Feria Internacional del Libro de Bogotá, del 7 al 9 de abril de 1999, se llevó a cabo el Primer Encuentro de Traductores e Intérpretes. Allí señalaba que

Para sus trabajos, los traductores se valen de glosarios bilingües o plurilingües de los términos de una especialidad, normalmente elaborados por terminólogos. Sin embargo, esto no significa que no hagan trabajo terminológico. Los traductores deben actuar como terminólogos para resolver puntualmente los términos que no figuren en los glosarios editados sobre la materia o en los bancos de datos especializados, puesto que las prisas con que deben efectuarse la mayoría de traducciones no les permite encargar con tiempo su resolución a los terminólogos.

También tuve oportunidad de citar a Samuel Gili Gaya, que en su ponencia titulada «El lenguaje de la ciencia y de la técnica» nos señala:

Aunque el motivo que aquí nos reúne es la preocupación común por el porvenir de nuestro idioma, haríamos mal en situarnos extremosamente en la actitud mental del que se siente amenazado y se prepara para defenderse.

(Gili Gaya, 1964: 269)

De la misma ponencia citábamos el problema básico que todavía nos agobia:

Ciertamente participamos muy poco en la creación innovadora de la Ciencia y de la Tecnología contemporáneas. Vivimos en gran parte de lo que otros países inventan y propagan. Las cosas, las operaciones y los conceptos científicos nos llegan importados con los nombres y los verbos de origen.

(Gili Gaya, 1964: 269)

Algo que empieza a remediar el problema y sobre el cual podemos adelantar con nuestro esfuerzo y trabajo:

En el congreso de Academias de la Lengua celebrado en Bogotá en el año de 1960, se tomó el acuerdo de constituir en cada una de ellas una «Comisión de Vocabulario Técnico», especialmente encargada de resolver consultas, proponer soluciones y asesorar a las entidades científicas o industriales. La Academia Colombiana cumplió enseguida aquel acuerdo, y desde entonces viene publicando en su boletín notas e informes sobre tecnicismos. No tengo noticias de la actividad que en este aspecto del idioma hayan desarrollado las demás Academias Hispanoamericanas. En España esta labor está especialmente encomendada desde hace años a la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, la cual se ocupa de confeccionar vocabularios científicos, y es de desear que continúe e intensifique su iniciada labor.

(Gili Gaya, 1964: 275)

Y sobre todo la consideración sobre una posible solución:

Terradas en su discurso de ingreso a la Academia de la Lengua decía: «Mientras nuestra raza no se coloque a la vanguardia, transformando las riquezas del suelo, trabajando obsesionadamente en laboratorios, fábricas, talleres, astilleros, inventando nuevos elementos de transporte, enunciando nuevas leyes físicas o descubriendo fenómenos nuevos, iremos necesariamente a la zaga, y nuestra tarea, en punto a la tecnología, consistirá sensiblemente en adaptar del mejor modo las palabras extranjeras».

(Terradas, citado por Gili Gaya, 1964)

6. Recomendaciones

Para encaminarnos hacia la unidad terminológica del español, debemos en cierta medida seguir los principios presentados por María Teresa Cabré, cuando nos avisa que para una organización completa de la terminología en un contexto sociopolítico y lingüístico específico se debe prever la resolución de los siguientes aspectos:

  • La planificación, coordinación y gestión de los recursos terminológicos, que incluye la planificación de los trabajos que deben hacerse para una lengua y un país determinados.
  • El trabajo terminológico propiamente dicho, que comprende la elaboración de los trabajos sistemáticos de terminología especializada.
  • La normalización de los términos, que supone la fijación de las formas consideradas estándar, así como la valoración de las que se utilizan concurrentemente para designar un mismo concepto.
  • La difusión de los términos estandarizados y la resolución de consultas sobre terminología y otros aspectos relativos a los términos.
  • La implantación de la terminología en los medios de trabajo y en las áreas de actividad.
  • La formación en terminología, que conlleva la preparación de especialistas capaces de elaborar terminologías o de participar en su proceso de elaboración. Un programa completo de formación debe incluir: la formación de terminólogos que se hagan cargo de los trabajos sistemáticos; la formación en terminología de otros especialistas implicados en mayor o menor grado (…); y la formación de formadores en terminología.

Señala la doctora Cabré que, aunque un país disponga de un centro de terminología responsable de los aspectos relativos a la gestión, planificación y coordinación de la investigación en la materia, sean los centros de actividad económica, administrativa y de investigación los que lleven el peso de las iniciativas de trabajo en terminología y que a la vez participen en la normalización de nuevos términos y en la planificación de las prioridades de trabajo. También señala María Teresa Cabré que sean las universidades las que se hagan cargo de la formación de los terminólogos y de otros profesionales en terminología, con estancias de formación práctica en centros de trabajo reales, donde el estudiante en formación pueda integrarse en la cadena de trabajo y conozca las condiciones en que más tarde ejercerá su profesión.

Nadie duda ya de la importancia y utilidad de la terminología, pero nos parece extraño que no se encuentre con la suficiente frecuencia en los planes y programas de formación universitaria. Los alumnos no aprenden terminología porque los docentes no han sido formados para enseñarla, este es un reto para todas las facultades de todas las universidades.

Bibliografía

  • Bello, Andrés: Gramática castellana destinada al uso de los americanos, prólogo de Amado Alonso, Caracas: Ministerio de educación, 1951.
  • Cabré, María Teresa: La terminología. Teoría, metodología, aplicaciones, Barcelona: Antértida/Empúries, 1993.
  • Casares, Julio: Introducción a la lexicografía moderna, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1950.
  • Cuervo, Rufino José: Obras, 4 tomos, Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1987.
  • Ídem: Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, continuado y editado por el Instituto Caro y Cuervo, 8 tomos, Bogotá, 1994.
  • Fedor de Diego, Alicia: Terminología. Teoría y práctica, Caracas: Equinoccio, Unión Latina, 1995.
  • Fernández Sevilla, Julio: Problemas de lexicología actual, Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1974.
  • Gili Gaya, Samuel: «El lenguaje de la ciencia y de la técnica», Presente y futuro de la lengua española, Madrid: Ofines, tomo 2, 1964, pp. 269-276.
  • Lara, Luis Fernando: Teoría del diccionario monolingüe, México: El Colegio de México, 1997.
  • Seco, Manuel: «El diccionario sincrónico del español», Cicle de conferencies, 1995-96, Barcelona: IULA, 1997, pp. 133-149.