El presente trabajo es un estudio de historia conceptual centrado en el proceso de discusión pública abierto en el Perú con la aplicación del Real Decreto de Libertad de Imprenta de 1820. El texto se limita al examen de las polémicas de vocabulario social y político entre los interlocutores del periódico liberal El Triunfo de la Nación (Lima, febrero-junio de 1821); se ocupa de manera muy especial del concepto de «patriota», en una polémica propia del órgano de prensa seleccionado sobre a quiénes corresponde ser «los verdaderos patriotas», teniendo esto por correlativa léxica la posición de los interlocutores en calidad de «enemigos internos». Unos patriotas se definen por su fidelidad a la Constitución de 1812; los otros, fieles al Rey y la monarquía, se definen en cambio por los intereses próximos, locales y más urgentes de los habitantes del Reino del Perú. El texto muestra además una solidaridad entre un uso local de las voces patriota y afines como defensa del control de la opinión religiosa y el comercio con los extranjeros, como una posición liberal no constitucional que terminaría secundando una retórica política favorable a la independencia en una posición contrarrevolucionaria ilustrada, «en las sombras del misterio».
El estudio de la Historia ha venido marcado en las últimas dos décadas por la introducción de la historia conceptual. En el mundo iberoamericano el interés por los concepto políticos y sociales se ha visto acompañado con los sucesivos bicentenarios de las independencias iberoamericanas, especialmente por el Proyecto Iberconceptos, dirigido por Javier Fernández Sebastián. Un arco de celebraciones dio así lugar al ingreso en lengua y cultura hispánicas de una forma novedosa de trabajo en los estudios históricos y sociales cuya fuente es en gran medida impronta de la hermenéutica filosófica. El Proyecto Iberconceptos dio lugar a dos diccionarios conceptuales, el Diccionario político y social del mundo iberoamericano La era de las revoluciones, 1750-1850 (2009) y luego el Diccionario político y social del mundo iberoamericano. Conceptos políticos fundamentales, 1770-1870 (2014), que es una investigación complementaria. Ambos textos trasladaron al mundo trasatlántico de habla hispana la experiencia anterior del Diccionario político y social del siglo XIX español, que en la misma línea dirigieran Javier Fernández Sebastián y José Francisco Fuentes (2002). Estas obras monumentales darían lugar a una secuela de diccionarios de igual talante en el mundo de la América hoy llamada «latina», así como estudios de diverso alcance que no es el caso citar. En todos los diccionarios se buscó abordar la modernidad política como un acontecimiento lingüístico, como una eclosión social cuyos efectos aparecen y actúan desde el lenguaje.
Los diccionarios de conceptos políticos han sido construidos en gran medida recogiendo usos de la prensa periódica, así como también de otros géneros discursivos relacionados con las actividades polémicas esperables para su objeto, como panfletos, proclamas y correspondencia. Esto de alguna manera ha revalorado el rol de la vida cotidiana como el lugar en que la política, así como que ha dibujado de una manera más interesante el carácter de la cotidianidad polémica como fuente de comprensión de los hechos sociales (Fernández Sebastián, 2011; Fernández Sebastián, 2021: 217-251). Recogiendo este aporte de los grandes diccionarios de conceptos políticos y sociales mencionados, se ha querido aquí la más modesta empresa de investigar un medio de prensa; un solo medio de prensa que tiene una existencia corta en el tiempo, apenas unos pocos meses del año 1821.
La prensa y, sería mejor decir, el movimiento de los impresos en general en la Lima de 1821 corresponden con una coyuntura de alto nivel de movilidad semántica. La comprensión en papeles públicos, para decirlo de alguna manera, se entrena y acomoda a una dinámica de actividad política propia de los tiempos modernos. Se trata del desarrollo militar de la invasión del Perú español por lo que se conoce como «la primera expedición libertadora» al mando de José de San Martín, que significa a la vez que la guerra exterior, la división interna entre partidarios de una concepción liberal del Estado español y las concepciones de Antiguo Régimen. Cierta historiografía reciente en Lima ha designado a los fenómenos del lenguaje social convulso en esta coyuntura de movimiento de alta intensidad, tomando prestado un término de François-Xavier Guerra (1992), «mutaciones» del vocabulario social; en otra manera de expresarse, estas mutaciones corresponden con un contexto de anomalías y transformaciones lingüísticas y sociales revolucionarias, aunque en un arco temporal muy pequeño (Velázquez Silva, 2010). Hemos seleccionado para esto el periódico El Triunfo de la Nación, un impreso de Lima que circuló unos pocos meses en 1821. Es parte de un esfuerzo en la transición de la monarquía católica al Estado republicano del Perú independiente. Se trata de estudiar las «mutaciones» de vocabulario en un medio de prensa en un periodo de circulación con movimientos semánticos de alta intensidad a través del estudio de un único medio de prensa que existió apenas un semestre.
Ascensión Martínez Riaza es un hito fundamental para los estudios de la prensa periódica en las guerras de Independencia (Martínez Riaza, 1985). En general, esta autora ha inaugurado una línea de interpretación histórica que subraya una cierta continuidad social de lenguaje doctrinario entre el final de la monarquía y el inicio de la república; a pesar de que esta postura ha sufrido importantes cuestionamientos, sobre todo estos últimos años por Víctor Peralta Ruiz (2002; 2012), Gustavo Montoya (2002), y más recientemente, por Daniel Morán (2009; 2014) o Morán y Calderón (2014), los estudios conceden un peso muy pequeño a la voz de los vencidos o, sería mejor decir, las posibilidades silenciadas por el discurso de la historia hegemónica (Peralta Ruiz, 2002: 46 y ss.). Justamente una de las grandes ventajas del recurso a estudiar las anomalías y las transformaciones revolucionarias del lenguaje social en una publicación periódica es el rescate para la memoria de las voces de los silenciados o, sería mejor decir, de la voz, del entero lenguaje del vencido. En este caso particular de El Triunfo de la Nación, se trata de identificar a través del estudio de los conceptos sociales a los agentes en el proceso revolucionario, los criterios que los hacían reconocerse en la práctica polémica discursiva, así como cuáles fueron, en su momento, los términos y voces de rol guía en las transformaciones entonces en camino. De alguna manera, se trata de asumir la posición del lector de un escrito periódico en un momento de anomalías de comprensión social al modo de un diccionario en pequeño, que presenta y registra entradas en pugna.
Los cafés de Lima andaban como nunca repletos de asiduos interlocutores. Era agosto de 1821 y había pasado poco más de un mes del ingreso de José de San Martín en la ciudad que el virrey había abandonado; había expirado a fines de junio un cese del fuego entre las partes en la guerra sin que hubiera sido posible llegar a un arreglo y la Corte de Lima, amenazada por los extranjeros, hubo de ser trasladada a Cuzco. En los cafés, sin embargo, desde el ángulo de los lenguajes políticos y de lo que entonces ya se debatía era o podía ser la «opinión pública», en cierto sentido, todo parecía siendo lo mismo; el lenguaje de los nuevos ocupantes, que se llamaba entonces tímidamente «liberalismo», era idéntico casi en todo al que había tratado de imponer el virrey el semestre anterior. Estaba teniendo lugar «una guerra de palabras más funesta que una de bayonetas y cañones» (El Triunfo de la Nación, Prospecto; Chassin, 1998: 241 y ss.). Ese día de agosto aconteció una de tantas calurosas polémicas sobre palabras, como las que había en los meses precedentes; el periódico independentista y, más bien extremista, Los Andes Libres, tomaría nota de lo acontecido.
Desde lejos, la retórica del nuevo régimen inaugurado en julio de 1821 no parecía diferenciarse gran cosa del lenguaje político vigente en la prensa que hasta ayer decía serle fiel al rey; continuaba el lenguaje nuevo de los «principios liberales», el «Estado liberal», la «libertad», el «libre comercio» y «la marcha triunfante de la civilización»: básicamente, las autoridades de ocupación y sus colaboradores repetían las mismas voces al uso de los ocupantes que se venía de desalojar de la ciudad. El limeño medio, sin embargo, debía estar desconcertado. De manera más bien repentina había cesado el Gobierno español de Lima y se instauraba uno nuevo, aunque el lenguaje político de uno y el otro fueran, en líneas generales, virtualmente indistinguibles, pues ambos se valían de herramientas de vocabulario liberales, de liberalismo. Tomando como punto de partida el contexto de papeles impresos de los meses precedentes, el énfasis de la diferencia recae en los términos relativos a dos familias de palabras: de un lado, patria, patriotismo y patriota; de otro, nación y nacional. La polémica sobre cuál es la patria y cuál es la nación en la que Lima debía reconocerse oscilaba en un polo doble: la localidad y la generalidad. Del lenguaje liberal puede ser dicho que era disputado por una facción liberal, cuyo referente era la nación española, y por otra facción liberal, cuyo referente era quizá no tanto el Perú, sino América o los americanos, en cuyo lenguaje se reclamaba una patria no española1. Lo local y lo general entraban en una especie de dilema liberal.
Esta polémica puede rastrearse con gran facilidad en la prensa periódica de 1821, tanto si ésta era fiel al rey como interesada en la secesión.
El tema del barullo en los cafés de Lima hacia 1820 debe ser observado con atención. Desde el presente parece hasta normal creer en la hegemonía incuestionable de una cierta semántica social liberal que abarcaría a los dos bandos en pugna por el control político de Lima, unos favorables al rey, otros a la patria o la independencia; para utilizar términos de la prensa de 1821, habría habido una pugna entre optar por «la libertad e independencia» o por su opuesto, la «lealtad y dependencia», aunque dentro de un horizonte desde ya liberal. Bajo esta suposición, la historiografía media distingue «realistas» de «patriotas»; se cuestiona poco en la actualidad cierta comunidad en torno del liberalismo o las ideas liberales, que se asume ambos bandos habrían suscrito, lo que recae en la idea de la disminución de los vencidos en los estudios de historia conceptual. En el siguiente apartado vamos a tratar las polémicas de lenguaje en El Triunfo de la Nación en esta clave doble: los conflictos sobre patria y nación y, de otro lado, el contexto en que los significados sociales adquieren su sentido.
1821 es un hito en las transformaciones del lenguaje social. El 29 de enero se había producido lo que se denomina el motín de Aznapuquio, básicamente, un golpe de estado militar que depuso al virrey legítimo, Joaquín de la Pezuela (El Ingenuo)2. Este virrey, colocado en el cargo en 1816, puede ser definido como un absolutista y fue alcanzado en su puesto en lo que se conoce como el Trienio Liberal, del que tuvo noticia con algo de retraso (Pezuela, 1947). Pezuela, fiel primero sin dificultad al régimen que le había dado el cargo, no opondría, malgré lui, mucha resistencia a la reposición constitucional de 1820. En el contexto anterior ya desde 1818 se venía gestando una guerra exterior de invasión; el General San Martín y las fuerzas extranjeras habían desembarcado en la costa del Perú en setiembre de 1820. A la vez que Pezuela debía adaptar la política general del reino al modelo constitucional liberal, debía por otra parte enfrentar la necesidad de recursos para la guerra; en el plano militar Pezuela era criticado de inacción o lentitud por parte de la tropa española (Alvarado, 2021); algunos de los jefes de ésta resolvieron destituirlo, pensando en contar con el descontento de algunos sectores sociales que, curiosamente, eran hostiles a las medidas liberales que el Trienio Liberal le exigía ejecutar (García Camba, 1846: 371-373; Pezuela, 1822).
A Pezuela le había tocado poner en marcha las políticas del Trienio Liberal en medio de una guerra extranjera. Debía enfrentar, por un lado, a sus colegas militares; varios altos mandos eran liberales radicales y deseaban una gestión ideológicamente más entusiasta que la suya. Aunque se ha sostenido, en base al estudio de la correspondencia militar de la época, que se habría tratado más de un tema de desencuentros administrativos, de celos, de ambición (Mazzeo 2009: 124-125), el acercamiento a la prensa de 1821 sugiere claramente lo contrario: una firme diferencia de lenguaje. Pezuela no podía confiar demasiado, por otro lado, en los comerciantes de Lima, que le eran adversos. Agobiados por la exigencia de aportes económicos que se les requerían para sostener la guerra exterior (Mazzeo, 2014: 147 y ss.; Mazzeo, 2010: 120 y ss.), desde 1818 su relación con ellos iría de mal para peor (Anna, 1976: 54 y ss.). El factor económico fue determinante en la debilidad de Pezuela en la guerra exterior. La costa peruana estaba bloqueada al libre tránsito por las fuerzas enemigas, en cuyas filas había agentes de origen y capitales ingleses. El virrey Pezuela quiso enfrentar el bloqueo con medidas de libre comercio con naves inglesas y norteamericanas atracadas en El Callao que los comerciantes de Lima (El Triunfo de la Nación, 25 de mayo de 1822)3, por diversos motivos, políticos y económicos, hallaron odiosas (Mazzeo, 2009: 148; Martínez Riaza, 1989: 36-39).
A pesar de su docilidad en aceptar el régimen constitucional español, Pezuela había mantenido una no tan oculta adhesión personal al Antiguo Régimen desde su nombramiento, ornado en la memoria de los limeños de medidas administrativas que el Trienio Liberal vería cuestionables, como restaurar la Inquisición y eliminar la imprenta libre. El descontento entre los mandos liberales de origen peninsular deseaba aprovechar el malestar de los comerciantes, fastidiados por los cupos y liados en un forzado contacto económico con barcos de Inglaterra, todo esto sumado a un esperable malestar por la escasez de alimentos por la población llana. El golpe de Aznapuquio instauraba en realidad un hecho insólito en el mundo social, especialmente angustioso para los contemporáneos por la guerra exterior. A inicios de febrero se hizo efectivo en este sentido el Real Decreto de Libertad de Imprenta y el nuevo virrey, José de La Serna, resolvió animar la opinión pública con periódicos oficiales y no oficiales, o más bien extraoficiales bastante oficiales. Como ha notado hace tiempo Timothy Anna, La Serna era el primer gobernante impuesto por la fuerza desde la fundación del Reino del Perú (Anna, 1975). La Serna aprovechó la llegada del Real Decreto de Liberad de Imprenta de 1820 para hacer una campaña social de legitimación del golpe de estado militar, muy poco apreciado por los limeños, en el nuevo lenguaje liberal, el motivo central de la camarilla que lo acompañaba contra el virrey Pezuela.
Lima gozó de las ventajas del Real Decreto que establecía la libertad de imprenta desde la segunda semana de febrero hasta el día 12 del mes de julio; esa noche José de San Martín ingresó a la Ciudad de los Reyes por la Puerta de Maravillas camino de la mansión del conde de la Vega del Ren, en la calle de la Botica (Vargas Ugarte, 1858: 20, 293 y ss.). San Martín terminó esa noche cerrando silencioso el amanecer para la monarquía católica. Hasta entonces circuló la prensa del virrey La Serna, que es la que nos interesa. Ya ha observado Víctor Peralta que la aplicación del Real Decreto pudo haber sido meramente circunstancial4. En teoría la libertad de imprenta seguía estando vigente; en la práctica, el Gobierno de San Martín había abolido el sistema jurídico y desde entonces es discutible si, a pesar de un literal estallido literario de impresos, habría una genuina libertad de opinión.
Los periódicos bajo el régimen de La Serna comenzaron a salir desde febrero y habían seguido hasta ese momento una línea editorial muy marcada: el liberalismo más bien extremista que había depuesto a Pezuela. Bajo La Serna, sin embargo, los opositores del golpe militar gozaron de la libertad de imprenta. El discurso del último virrey bajo el Antiguo Régimen y de sus simpatizantes fue esbozado políticamente, es decir, en oposición al régimen cuyo lenguaje era la libertad; estos carecían de un órgano de expresión propio, pero se valieron de las colaboraciones y cartas para intervenir en el mundo de las comunicaciones impresas públicas.
En agosto de 1821 aún los cafés y las fondas de Lima seguían una guerra de voces que el decreto de libertad de imprenta aplicado por La Serna y su camarilla militar había hecho posible. Súbitamente, el mismo lenguaje que justificó la intervención militar que depuso a Pezuela en nombre de la libertad servía ahora para presionar a la, no tan en el fondo, atorada en la pelea de palabras, inconforme y confundida Lima, no muy satisfecha con la ocupación de la ciudad. Como se diría pocos años después sobre la transformación del lenguaje político: «aunque todos sepan todos lo que quieren decir, no todos saben lo que dicen» (Rodríguez, 1975: 229). Los Andes Libres —uno de los múltiples periódicos e impresos públicos que pronto circularían bajo la ocupación militar de San Martín— constataba la inconformidad de las ideas liberales del segundo régimen nuevo de 1821 con las dispares opiniones, con los vocabularios alternativos de cafés y tabernas; exigía controles de lenguaje muy contrarios a la idea de libertad de imprenta que, como veremos, había estado vigente desde febrero hasta julio de ese año. «¡Qué impresión puede causar en los pueblos ver la clase de los monacales sumergidos en riquezas, sin más ejercicio que el de una vida vegetal!» (Los Andes Libres, 7 de agosto de 1821: 6) —declara el periódico.
Advierte Los Andes Libres a los usuarios de lenguajes alternativos que la revolución de las palabras no acaba sino de comenzar:
No es felizmente esta la vez primera que un puñado de hombres libres ha repelido los torrentes de esclavos armados que el despotismo vomitó sobre la Tierra. Ha sucedido y sucederá siempre que la razón y la naturaleza dirijan las ideas de los pueblos, y siempre que hombres dignos de su ser enseñen a éstos que las ideas sugeridas por la naturaleza y la razón no son productos del espíritu de rebeldía, ni infracciones sacrílegas de los pactos o convenios sino inspiraciones del corazón que no pueden dar oscilaciones que no sean excitadas por la justicia, la verdad y la rectitud.
(Los Andes Libres, 7 de agosto de 1821: 1)
No era «una guerra de conquista o gloria, sino enteramente de opinión», haría notar, a su manera, José de San Martín (1874: 128). No, no era la primera vez, era la segunda en un solo semestre.
Desde 1814 salía La Gaceta de Gobierno de Lima, el medio informativo oficial y que en este periodo tuvo una función más bien informativa que de opinión. Con la entrada en vigor de la libertad de imprenta salieron a la luz El Depositario, El Duende, El Triunfo de la Nación, El Censor y El Censor Económico5; en algún momento de mayo se les uniría después El Americano Neutral. Varios de estos periódicos salían de la misma imprenta, la de Bernardino Ruiz, en la Calle de los Huérfanos (Mendiburu, 1887: 153-154); varios de ellos tendrían también el mismo editor, Guillermo del Río, que además arrendaba la imprenta desde 1817; este del Río era conocido desde su llegada a Lima, a fines del siglo XVIII, como divulgador de ideas liberales en calidad de editor e impresor de libros (cf. Niada, 2020); una vez llegado San Martín, del Río no tuvo inconveniente en entrar al servicio de los nuevos ocupantes de la ciudad con una a su nombre. Todos los periódicos mencionados, oficiales como no oficiales, compartían una retórica en que lo liberal y la libertad, desde el punto de vista de la semántica social y política, guardaban una relación intensa con la voz libertad de imprenta, considerada como vocabulario político. Permítase hacer aquí una observación. La Serna contrató a del Río para editar El Triunfo de la Nación en la imprenta de Ruiz, entre otras razones, por su cercanía ideológica (Martínez Riaza, 1985: 341).
Es sabido que la prensa política en la época española cumplía el rol de fomentar la unanimidad, es decir, la armonía de opinión entre el Gobierno y la sociedad. Es una paradoja que la libertad de imprenta llegara junto con una semántica relativa a «la voluntad general» que debía ser formada o estimulada para que sea la misma y uniforme en toda la sociedad; que fuera concorde con la voluntad «del gobierno», como puede comprobarse en El Triunfo de la Nación desde el prospecto. En esta tesitura el sintagma «libertad de imprenta» viene acompañado de un plexo relativo a darle «unanimidad» a la «opinión pública». A pesar de esto, en el uso social efectivo de «libertad de imprenta» ésta implicaba en 1821 también la libertad de opinión política, es decir, de estar o no estar en favor de la política del Gobierno y, de alguna manera, por lo mismo, su ejercicio implicaba el reconocimiento del derecho a la oposición. No estamos observando solamente la oposición en tal o cual tema relativo al Gobierno sino incluso la oposición de principio, que se llama en la historiografía «doctrinaria» (Martínez Riaza, 1982 y 1984), la oposición a la libertad de imprenta misma, ya no digamos nada del Gobierno constitucional que había dado lugar de esa manera a la libertad de imprenta y la opinión pública.
La oposición en la prensa política de 1821 se hizo manifiesta a diversos niveles, muy especialmente el económico, de gran interés para los comerciantes, asociados en el poderoso y centenario Tribunal del Consulado. En esto nos acercamos a la posición de Patricia Marks, quien sostiene que los comerciantes locales habían sido hostiles a Pezuela (Marks, 2004 y 2010). Hubo también otras polémicas no económicas, la más relevante relativa a la potestad del arzobispo dentro de la nueva organización jurídica regida por la Constitución. Sea como fuere, los pocos meses de vigencia de la libertad de imprenta del Trienio Liberal interpretó «liberal» en relación con la libertad de opinión y pensamiento aplicada al cuestionamiento no ya de un tema este o aquel, sino en lo relativo a lo que se daba en llamar «principios». El sintagma «principios liberales», como es bien sabido, resultaba equivalente en la era de las Independencias a «ideas liberales», «máximas liberales» y, mucho más escasamente en Lima, «liberalismo»; liberalismo era palabra usada con pinzas en el periódico que nos ocupa (Rivera, 2017: 234 y ss.) 6; si bien había en Lima una Junta de Censura, que podía sancionar los denominados «abusos de la libertad de imprenta». En el régimen de La Serna la Junta de Censura local fue lo bastante generosa (es decir, «liberal») como para acoger en sus oficinas las colaboraciones de los que entonces pasarían a ser «los enemigos internos», vale decir, los agentes opuestos al liberalismo. La Junta de Censura, cuyos miembros eran mayoritariamente conservadores, no solían poner obstáculos para la circulación de papeles públicos. Nunca antes, como ha observado Víctor Peralta, hubo una situación semejante7.
El arzobispo, los curas y los comerciantes fueron poderosos agentes de opinión que mostraron no estar en absoluto contentos con la camarilla militar y liberal de La Serna; mostrarían incluso su descontento con la mismísima idea de la libertad de opinión y la circulación de ideas. Una guerra de palabras era agitada por las «pasiones caldeadas entre liberales y serviles» (El Triunfo de la Nación, 18: 2); no había duda de que «todos españoles, todos buenos, todos compatriotas, vasallos de un mismo rey y profesores de una misma religión», escribe un colaborador que firma «El celoso y amante de la verdad». El tema de fondo es definir el sintagma «el verdadero amor patriótico» (El Triunfo de la Nación, 15: 2). Es deseable considerar cómo la idea del vínculo con la patria en este texto, dirigido a «los peruanos» en referencia siempre a «el Perú» (El Triunfo de la Nación, 15: 2-3) hace compatible el amor a la patria con la idea de formar esta parte del cuerpo de la nación española, incluso al margen de la postura más bien vacilante en torno del lenguaje constitucional. Es relevante subrayar que el firmante es con mucha probabilidad un comerciante local y, muy posiblemente, no nacido en el territorio del reino. «Los enemigos internos» eran la prueba de que se requería uniformidad en torno de los principios que habían justificado el golpe del virrey La Serna, a quien Pezuela llamaba «el virrey usurpador» (Pezuela, 1821: 22). El golpe militar fue cuestionado una y otra vez en las colaboraciones y cartas admitidas por el mismo El Triunfo de la Nación.
En este contexto esbozado, la retórica de la línea editorial de la prensa se afirmaba como defensora del «gobierno liberal» (El Ingenuo)8 (el de La Serna) contra el «servilismo», «la esclavitud» o la «servidumbre» de quienes, claramente, habían suscrito y apoyado en Lima la restauración del régimen anterior en 1816; sin duda «la esclavitud» no estaba para nada conforme con las libertades ofrecidas por el gobierno constitucional y sus suscriptores ya andaban molestos desde la era del virrey Pezuela por motivo semejante. «El Quejoso», el curioso pseudónimo de un partidario de la era abierta por La Serna no duda en designarlos como «los que escriben en contra de la Constitución» (El Triunfo de la Nación, 17: 2).
Como una nota interesante, las disputas de vocabulario en El Triunfo de la Nación revelan que los «serviles» opuestos a La Serna se consideraban a sí mismos «liberales»9, considerando «liberal» como vinculado a «ilustrado»; esto revela una semántica sobre lo liberal vinculada a la ilustración, vale decir, a la difusión del conocimiento. En la fuente a que nos remitimos es de especial interés la idea de ilustración como referida a un conocimiento social, vale decir, del conjunto de la comunidad, aunque no por eso popular o público; ser liberal o ilustrado en un enemigo interno aludía a una capacidad moral dependiente de conocimientos que, de manera abreviada, podemos considerar elitistas, y que se asocia con el uso polémico de los términos «misterio», «filosofía» y «metafísica» usados, ya de manera denigratoria ya de manera positiva, para definir y dar autoridad a la postura contra la publicidad en el debate como el resultado de un conocimiento socialmente reconocido (El Triunfo de la Nación, 27: 4). En este sentido podemos hablar de liberales ilustrados, pero de Antiguo Régimen. En el contexto de enemigos internos, estos términos se vinculan con los demás debates políticos, como en el campo económico, relativo a tener las fuentes para saber cómo funciona el comercio y en qué contexto hay o no hay libertad de comercio.
La segunda semana de febrero el prospecto de El Triunfo de la Nación advertía ya que
La libertad política de la imprenta, a pesar de haber quitado al pensamiento las trabas la superstición y el despotismo para impedir la ilustración, no por eso ha concedido una facultad ilimitada para escribir cuanto estuviese a nuestro antojo»; se reconocía el riesgo de que la libertad de imprenta pudiera «exaltar las pasiones y formar dentro de la misma sociedad una guerra literaria mil veces más funesta y más cruel que la de la bayoneta y el cañón.
Nunca en la historia de la formación del espacio público de la Lima española las palabras habían sido con tanta evidencia motivo de genuina guerra de vocabulario, considerando el rol de las balas y los cañones en medio de lo que era una guerra exterior y tenían todos el fundado temor de que deviniera en guerra civil (Mera, 2005).
El Triunfo de la Nación fue virtualmente una plataforma pedagógica para la implantación del lenguaje político del Trienio Liberal en un ambiente en que este lenguaje no parecer haber sido familiar; la misión educativa y política del periódico requería justamente por ese motivo de la permanente definición de las voces en pugna con los enemigos internos, con cuyo lenguaje había ahora que competir por la lealtad de los limeños. Se trata de una genuina guerra de paradigmas de lenguaje político. En este periódico puede documentarse debates explícitos sobre conceptos o voces, definidas y redefinidas muchas veces tanto por Guillermo del Río como por los colaboradores de una facción o su contraria. Algunos términos fueron «opinión pública», «libertad de comercio», «liberal», «soberanía», «americano», «nación», «patria» y «patriota»; inclusive debe agregarse en esta lista palabras que adquirieron significado político y se hicieron a la vez discutibles, como «español» y «peruano»; no digamos nada del propio sintagma «libertad de imprenta», cuya discusión, como hemos anotado, fue uno de los ejes transversales de El Triunfo de la Nación.
Si bien, como es de esperarse, las disputas sobre vocabulario político no irían a cesar en julio, estaba en cambio en camino algo quizá más interesante; una resemantización de este mismo sintagma «libertad de imprenta» que hiciera de ésta algo más restrictivo. Este tema, que retomaremos más adelante, se vincula con otro: la plataforma educativa de El Triunfo de la Nación se estrella por acoger dentro de ella la voz de sus adversarios, que se atribuían ser «los verdaderos patriotas», motivo por el cual la guerra funesta se hace una pugna por definir quién es o no un patriota verdadero.
En una lucha de vocabulario, en esta «guerra literaria mil veces funesta» fue un elemento fundamental determinar la identidad de las partes beligerantes. Dentro de esta guerra el concepto «patriota» es esencial; en el contexto de guerra interior y exterior, hay más de una identidad patriota; es decisivo determinar aquí quiénes serían «los verdaderos patriotas». Los principales de entre éstos son, como ya sabemos, los «serviles», una de cuyas características es negar la imprenta libre, por lo que se les denominará «hombres del misterio»10.
En febrero quien trae a cuento especialmente esto es un colaborador cuyo pseudónimo era «El Constitucional»; este colaborador, que a lo largo de la existencia del periódico iba a ir marcando posiciones polémicas y haciendo precisiones de lenguaje, se dedicó a publicar con bastante insistencia —y desde el número inicial— extractos de periódicos peninsulares alineados con el Trienio Liberal, muy en especial los que contenían referencias a militares liberales, con constantes referencias de patria y derivados semánticos vinculados a la idea de nación y, en general, al concepto de la nación española tal y como estaba definido en la Constitución de 1812 (Chust y Frasquet, 2003: 37-39). Es este mismo personaje el que introdujo la polémica de palabras para enfrentar a los colaboradores más bien disconformes con La Serna que aducían motivos patrióticos y fue sin duda uno de los más radicales polemistas en el este contexto. Escribe en abril que «Los hombres que se tenían por patriotas» no son otros que «los apoyos de la tiranía» y del «despotismo»; alude como prueba que «abogan por la Inquisición», la misma con la cual «desaparecerá la libertad de escribir»; concluye que con estos «patriotas» se acabará con «la Constitución de la monarquía» y «se atropellará a la sombra del misterio a los amigos del pueblo»; «Los que escriben contra la Constitución son verdaderos enemigos del pueblo» (El Triunfo de la Nación, 17: 4).
El Triunfo de la Nación no se limita a los «enemigos internos» sino que crea ese sintagma en relación con este otro: «enemigos externos»; respecto del conjunto del lenguaje del que el periódico era la plataforma es utilizado el más complejo sintagma «enemigos internos y externos»; ambos enemigos del «gobierno liberal» por rechazar la Constitución de 1812. San Martín había opuesto pronto a las gacetas de La Serna su propio equipo de prensa, especialmente en El Pacificador, periódico que salió inicialmente impreso en el pueblo de Huaura y que, como ya hemos subrayado, permitía la colaboración de los simpatizantes del depuesto Pezuela; el periódico de los enemigos externos llegó a publicar incluso una carta de este último, cuyos argumentos salían así a la luz para condenar el liberalismo golpista de su sucesor11. El Pacificador del Perú sería así un divulgador de la resistencia de los enemigos del régimen constitucional y, como vamos a ver ahora, el uso posiblemente clandestino de la imprenta por parte de los «verdaderos patriotas» que no se identificaban con la labor editorial de Guillermo del Río. Afirma este periódico, como un comentario: «El General La Serna empieza a recoger el fruto de la escandalosa revolución que hizo en el Ejército de Aznapuquio para deponer al virrey Pezuela»; «en otro número hablaremos largamente de esto», aclara el editor, «y por ahora publicaremos uno de los pasquines más expresivos, que le pusieron la semana pasada, del que ha llegado una copia a nuestras manos» (El Pacificador del Perú,1: 4). Acto seguido se hace mención del título del pasquín: La Serna, si eres fiel al rey, ¿cómo eres virrey?
El enemigo externo acoge al interno, que era descrito en El Triunfo de la Nación, como hemos anotado arriba, por medio de «la superstición y el despotismo». Es interesante subrayar que la voz libertad de imprenta incluía el intercambio, dentro de la opinión pública, de los enemigos internos y externos, tanto los llamados «extranjeros» como los que estaban inconformes con el régimen liberal y cuyos colaboradores en El Triunfo de la Nación eran acusados de absolutistas y que, valgan verdades, no eran para nada escasos.
En una ocasión encontramos una caracterización de los actores, en abril de 1821. Una nota firmada por el seudónimo «El Constitucional» señala entonces a «los enemigos del orden», «los verdaderos enemigos de la patria»; los describe como «hombres del misterio», «hombres que han adoptado la esclavitud por conveniencia», «hombres que han vivido del misterio, de los errores y la estupidez de los pueblos», al extremo de que parecen «asalariados de los enemigos internos y externos» (El Triunfo de la Nación, 17: 3). El contexto es una gran discusión que abarca varios números sobre la situación de la Iglesia en ese escenario de «guerra de palabras» que se había desatado con la libertad de imprenta. Esta situación se complicó por el inmediato requerimiento de parte de La Serna del despojo de los tesoros religiosos de las iglesias de Lima (Vargas Ugarte, 1958: 286) así como la irrestricta circulación de libros antirreligiosos que hacían parte del nuevo régimen. Los primeros días de febrero el metropolitano hizo imprimir una pastoral en la misma imprenta de Guillermo del Río (Heras, 1821; cf. Guibovich, 2013: 146 y ss.) condenando tres libros específicos: El citador, Las ruinas de Palmira y El sistema de la moral, obras de Guillaume Pigault-Lebrun, del conde de Volney y del barón de Holbach, respectivamente. Por la fecha de la carta, en la primera semana de febrero, así como por la fecha de impresión de las obras a las que arriba se alude, se infiere que estos volúmenes habrían llegado a Lima durante el gobierno de Pezuela en los barcos mercantiles ingleses o norteamericanos atracados en El Callao (los mismos de la disputa con los comerciantes) y que recién bajo La Serna se estaban poniendo a circular; los libros estaban impresos en español por la Librería de Rosa, una empresa vinculada a la masonería y cuya sede estaba, como no podría ser de otro modo, en Londres.
No es difícil inferir que la queja del metropolitano de Lima contra la circulación de libros franceses antirreligiosos se relaciona con la nueva política de La Serna en torno de la libertad de imprenta en la era del Trienio. Es muy notoria la línea editorial anticlerical que Guillermo del Río lleva en El Triunfo de la Nación, así como una tozuda confianza en el libre comercio con las naves inglesas y norteamericanas, a su vez en sereno trato con los enemigos denominados «externos».
La pastoral del metropolitano contra El citador y otros libros desataría en El Triunfo de la Nación una genuina guerra de palabras relacionada con los sintagmas «libertad de imprenta» y «libertad de comercio», pero más aún, contra las mismas ideas liberales en general. Aquí aparecen rasgos interesantes sobre cómo se caracteriza a los enemigos del «gobierno liberal». Los partidarios del control de opiniones y de comercio, a la vez amigos de la Iglesia y los comerciantes, defenderían un lenguaje de misterios, filosofía y metafísica; pronto este lenguaje daría ocasión para mostrar la identidad incluso específica de quiénes eran tomados por los enemigos internos de la patria, esto es, del Gobierno liberal de La Serna. «El Constitucional» describe en abril el vocabulario político de los enemigo: serían «como canes feroces» que «ladraban», atribuyéndose a sí mismos los adjetivos de «timoratos, religiosos, patriotas, sabios, enemigos del desorden, amantes de la prosperidad pública y defensores de la religión inmaculada de Jesucristo» para atacar luego a sus oponentes como «revolucionarios, enemigos del trono y el altar, herejes, libertinos, ignorantes, francmasones, ateístas y todo cuanto puede haber hasta en el infierno» (El Triunfo de la Nación, 17: 3).
En la polémica semántica sobre la identidad de enemigos internos y externos es notoria una cierta presencia de ilustración contrarrevolucionaria que no deseamos dejar de anotar12. Avanzando de mayo al mes de junio, El Depositario, periódico editado por Gaspar Rico y Angulo, adoptaría una posición parecida, atacando a los partidarios de San Martín a la vez que a sus aliados locales con la acusación de estar ligados a la masonería (Castro, 2009: 127 y ss.; El Depositario, 43, 20 de junio de 1821).
Debe anotarse lo interesante que resulta que los enemigos internos de La Serna, que se identifican con «misterios», «filosofía» y «metafísica», se hagan denominar también «patriotas». En la imprenta peruana, desde el periodo del virrey Abascal, era común usar «patriota» para referirse a la defensa de la monarquía, pero también a la del Perú como un reino con identidad propia, como puede documentarse en los registros de publicaciones de dicho periodo que colectaron el chileno José Toribio Medina a inicios del siglo XX, o Rubén Vargas Ugarte, medio siglo después (Medina, 1907; Vargas Ugarte, 1957). En los impresos posteriores a 1816 se documenta el uso de patria, patriótico, patriota o patriotismo relativo a la defensa del territorio o el reino, es decir, de los bienes de la vida en común (Velázquez Silva, 2017: 361 y ss.). La patria, el patriota, los patriotas son voces que en nada se relacionan con la independencia del Perú, sino con la defensa de su territorio, bienes o patrimonio locales; la semántica relativa a patria tiene por opuesto a «enemigos» y «extranjeros» que, como en el caso aquí anotado, pueden bien no ser afectos al régimen constitucional español y pueden, en lo relativo a la forma de régimen, ser adversarios de «españoles», significando a los peninsulares.
Es interesante anotar cómo la línea de El Triunfo de la Nación reserva para los agentes que representa el sintagma «verdadero patriota» en forma polémica y que, en cambio, para usos positivos prefiere la voz «nación», citando como fuente la definición que da de esa palabra la Constitución de 1812, de tal manera que «el verdadero patriota», cuando es un patriota liberal, se identifica con la nación española; lo mismo vale otros miembros de la misma familia semántica, como nacional. Los enemigos internos que se tienen a sí mismos como patriotas, en cambio, se han de referir a una conducta patriótica distinta de la de interés nacional, que se hace en este caso sinónimo de un interés español o liberal al mismo tiempo. Significar «verdadero patriota» va a ser una parte decisiva en la guerra de palabras en El Triunfo de la Nación, que se inicia ya desde el número 3, en la colaboración titulada: «Sobre los enemigos exteriores»; el autor explica que «cuando alguna nación trata de rescatar su libertad, debe desde luego vivir alerta para oponerse a las maquinaciones de sus enemigos interiores r exteriores». El desarrollo indica que los enemigos interiores se definen por oponerse a «la libertad» y ser, en cambio, «amigos del desorden»:
(...) al propio tiempo la historia de las grandes conmociones de los pueblos, que es necesario consultar a cada paso, nos enseña que en la lucha de la libertad contra el desorden siempre hay campeones que lidian en defensa de éste, tanto en el seno del pueblo conmovido como en el de otros desafectos o interesados en su continuación.
(El Triunfo de la Nación, 3: 4)
En febrero, La Serna da un golpe liberal, para «rescatar la libertad» de la «nación» y, súbitamente, en la prensa por él mismo patrocinada, su política y, más aún, su lenguaje, se define en oposición a un grupo social que es definido como «enemigo interno» o «amigo del desorden» y, como veremos, pretende ser también «patriota».
Un caso que puede citarse de «verdadero patriota» y «amigo del desorden» es el cura José Ignacio Moreno (1767-1841) (Alruve-Febres, 2022; Mendiburu, 1885; Rivera 2010; Rivera, 2013). El autor, célebre sabio y matemático de su tiempo, «una de las glorias del Perú contemporáneo» (Taurel, 1851: 92), es recordado hoy por haber defendido la idea de hacer del Perú independiente una monarquía. En su propio tiempo alcanzó notoriedad por iniciar a partir de 1822 una secuencia de folletos cuyo punto de partida es la pastoral del metropolitano de Lima a propósito de El citador y otros libros antirreligiosos antes mencionados13. Su obra, denominada Cartas Peruanas fue fundamental en su tiempo, prolonga la defensa de la pastoral de 1821 con seguridad hasta al menos 183414 en folletos de debate de fondo continuados como fascículos; la causa de las restricciones a la libertad de imprenta se asocia con una crítica implacable contra la Constitución de 1812 y las ideas liberales15.
Moreno puede ser identificado como un agente patriota bajo el nombre de enemigo interno de acuerdo con la línea editorial que Guillermo del Río había puesto a su periódico. Su trayectoria de opositor al régimen constitucional y defensor de los fueros tradicionales de la Iglesia bajo el Antiguo Régimen lo sitúan claramente como el signatario de un par de artículos remitidas a El Triunfo de la Nación que defienden la posición del arzobispo relativa a la circulación de libros; estas colaboraciones aparecen firmadas con el seudónimo Gaspar Tricio. La línea de Tricio es respaldada por otros textos de autor anónimo; estos no se limitan a defender la censura de la imprenta, sino que despliegan además un combate cerrado en favor de los derechos de los comerciantes locales contra el comercio inglés, asociando la libertad de comercio, la libertad de imprenta y la presencia, ciertamente no deseada, de naves anglosajonas en El Callao que introducían los libros prohibidos criticados por el metropolitano Bartolomé de las Heras. Gaspar Tricio es parte de un contexto que hizo posible discutir, en esto del «uso de las voces», «chillidos que no significan nada» (El Triunfo de la Nación, 27: 1), la voz «soberanía». La soberanía política se integra así con el tema de «los verdaderos patriotas», significando una facción identificada con la patria local, el reino o el virreinato; estos patriotas serían los defensores de los intereses religiosos y económicos de los peruanos, a quienes se menciona por su nombre, «peruanos», sin distinción de status; en este contexto, «patriotas» viene con «peruanos»: señala a los peruanos contra de los extranjeros, sean estos comerciantes o militares, ingleses o españoles.
Los verdaderos patriotas - enemigos internos incluyen en su vocabulario la defensa de la soberanía política local como opuesta a la de los españoles, especialmente la camarilla militar del golpe de Aznapuquio, conformada por peninsulares.
Es altamente significativo que las tropas de San Martín se hicieran llamar a sí mismas también patriotas, sin que esto mellara mucho el debate sobre verdaderos patriotas en El Triunfo de la Nación. Está fuera de discusión que las tropas de San Martín tenían también un lenguaje en que «patriotismo», «patria», «patriota» eran centrales y donde estos y otros términos eran resemantizados en un lenguaje de libertad; el referente de este nuevo lenguaje patriota era América o los americanos, como da testimonio el nombre de los periódicos: El Americano Neutral, impreso bajo La Serna, y luego El Americano, que saldría en agosto en la Imprenta de propiedad de Guillermo del Río. Volvamos ahora a El Triunfo de la Nación y el debate sobre quién es o no un verdadero patriota.
Para revisar el debate entre febrero y julio de 1821 vamos a recordar primero los usos de la voz patriota y relativas antes de que adquirieran el significado político que tienen en la prensa luego del golpe de Aznapuquio. El golpe de la camarilla de La Serna manifestaría una semántica centrada en identificar al «verdadero» y contrastarlo con su opuesto, el «servil» o, mejor, «el enemigo» o «los enemigos», significando rivalidad con el régimen liberal en general como «los que se acostumbraron a las máximas del antiguo régimen» (El Triunfo de la Nación, 18: 6). El debate sobre quién es o no un verdadero patriota atraviesa el conjunto de El Triunfo de la Nación y es, no tan en el fondo, su eje discursivo.
Debemos recordar que «patriota» en el vocabulario premoderno no es propiamente un concepto político y social, pues no es parte del plexo semántico movilizador propio de los lenguajes sociales modernos. «Patriota» o sus semejantes designa más bien lo relacionado con el interés particular de un cierto cuerpo social humano concreto en un determinado territorio éste o aquél y no implica rivalidad ni oposición política. Ya hemos señalado que el uso anterior a 1821, especialmente en el contexto de Pezuela, y antes, en el periodo del virrey Fernando de Abascal, adquiere un cierto matiz que enfatiza la idea de patria y de ser patriota como la defensa del territorio o del reino en general contra sus enemigos, sea propiamente militares o no en un contexto de guerra exterior (1816-1820). En este periodo en que no estuvo vigente el Real Decreto de Libertad de Imprenta, la voz mantiene un significado que no puede asociarse con el plexo semántico relativo a la liberad, lo liberal o el liberalismo; en la prensa posterior al golpe de Aznapuquio esto va a cambiar y la voz patriota o derivados va a sufrir una transformación semántica según los agentes que la usen para significar su ámbito de interés.
Volvamos ahora a «El Constitucional». Y desde el pseudónimo del autor se sugiere la polémica de los verdaderos patriotas; habría patriotas constitucionales y otros, como José Ignacio Moreno, que no lo serían. La posición de este colaborador de El Triunfo de la Nación responde a una semántica donde se hace ingresar a patriota dentro del plexo de vocabulario donde se hallan liberal, principios liberales, liberalismo, etc., y donde un verdadero patriota debe ser definido por su lealtad no precisamente al rey, sino al orden constitucional. Es muy notorio que en la polémica con Guillermo del Río y los contertulios de La Serna sus adversarios fueran señaladamente también objetores de la Constitución y, por lo mismo, solidarios con Pezuela y las «máximas antiguas». Este es el caso del «verdadero patriota» José Ignacio Moreno, que escribió con el pseudónimo, como ya sabemos, de Gaspar Tricio. En El Triunfo de la Nación Tricio cuestionó el régimen constitucional español que La Serna defendía; hizo causa común con los comerciantes de Lima contra los ingleses en El Callao, que los «verdaderos patriotas» insinuaban en el debate que eran cómplices de los enemigos externos; apoyó la potestad episcopal para prohibir la circulación de impresos y, más aún, salió solitario en defensa de la Inquisición. La postura hostil contra el constitucionalismo sería ratificada en 1822, esta vez como aliado de San Martín. Aquí este «verdadero patriota», el más grande difusor del pensamiento contrarrevolucionario en este periodo.
Un contemporáneo suyo describiría a este patriota como «muy conocido por su godismo, servilismo y por su oposición a todo lo que es digno y capaz de engrandecer al hombre» (Mariátegui, 1869: 117). En el marco de la polémica de 1821 es interesante anotar que el autor se consideraba a sí mismo como liberal, aunque no con las notas semánticas que deseaba el editor del periódico, que se encargó de adjudicar a la oposición los adjetivos de «servil», «esclavo», etc.16; era un liberal patriota, esto en oposición a un liberalismo no patriótico, sino, como se observa, constitucional español. Es interesante anotar que para el año siguiente el mismo personaje daría serios indicios de separar el alcance social de lo relativo a la «libertad» de ser «patriota» en el sentido de tener una identidad política peruana distinta de la española17.
El Constitucional se hallaba como parte de un debate que no fue en absoluto reprimido o cesado por Guillermo del Río, el editor, quien se encargaba de dar la posición oficial del periódico; es de notarse que los cuestionamientos en torno de los principios liberales no cesaron sino hasta cuando El Triunfo de la Nación y sus compañeros de ruta en la Lima de 1821 debieron cerrar sus oficinas. El Constitucional parece sugerir, sin embargo, que la libertad de imprenta, que alcanza a dar qué ladrar a canes feroces que se pretenden «patriotas», debía ser algo más restringida. «Imprudentes hipócritas, los verdaderos enemigos de la patria», «promovedores de la anarquía, resortes de la cruel guerra civil». Estos canes patriotas y religiosos fueron descalificados del mundo público como adversarios encarnizados de «la santa libertad de imprenta»; como antiliberales, es decir, opuestos a los principios o máximas liberales, con principios que se consideraba, por estar opuestos al orden constitucional, «máximas y doctrinas bárbaras». Desde el punto de vista del lenguaje social, se trata de una resemantización que tiende a restringir el alcance de la voz libertad de imprenta como un derecho aplicable solo para los amigos, para decirlo de manera clara y sencilla.
José Ignacio Moreno, connotado enemigo, no tardaría en entrar en contacto con el régimen de San Martín en calidad de un peruano patriota, sabio e ilustrado, aunque para nada liberal en el sentido en que San Martín o La Serna pretendían serlo.
Hemos intentado exponer algunos aspectos de la semántica política en un órgano particular de la prensa de Lima bajo el gobierno militar de José de La Serna desde su toma del control político del Perú en el golpe de Aznapuquio, el 29 de enero de 1821, hasta su salida de Lima la primera semana del mes de julio. En ese periodo La Serna trató de legitimar su mando con la difusión del lenguaje del Trienio Liberal, tratando de hacer una pedagogía política y social en clave liberal. Este propósito se vio facilitado por la comunicación del Real Decreto de Libertad de Imprenta de 1820, que hizo posible para el régimen de La Serna una intensa campaña de prensa, así como la difusión de libros que iban en el mismo sentido, desatando una «guerra literaria funesta», una guerra de vocabulario para cuya seguidilla se ha tomado como línea de seguimiento el periódico El Ttriunfo de la Nación.
Desde su prospecto El Triunfo de la Nación entabla un escenario bélico de guerra por el control del lenguaje social; hemos intentado sostener que el término central fue patriota o bien la familia semántica relativa a la patria, en una pugna por definir el uso «verdadero» del concepto. En un contexto de guerra exterior y necesidad de legitimar el golpe de Estado, se entabla una pugna semántica sobre quiénes serían los «verdaderos patriotas». Tal y como se observa en el periódico, los rasgos distintivos del patriotismo se relacionan desde un inicio con dos problemas de gestión pública; uno de ellos es la aplicación de la libertad de comercio, que contó con la oposición de los comerciantes de Lima y el Tribunal del Consulado; otro se relaciona con la libre circulación de libros, algunos de ellos de carácter anticlerical o antirreligioso, lo que desembocaría en un cuestionamiento de la libertad de imprenta tomada como un significado social. Unos verdaderos patriotas defenderían las libertades de comercio e imprenta; otros las restricciones de ambas libertades. En un inicio, ciertamente, el debate de semántica social que se habría de desatar, como ya se ha notado, no significaría una ruptura con el Rey o con la Monarquía Católica (Martínez Riaza 2014).
Unos patriotas se consideraban a sí mismo liberales o suscriptores del liberalismo relacionando la defensa de las libertades de comercio e imprenta con la Constitución de 1812 y, en general con los principios o las máximas puestas en marcha por el Trienio liberal, pero también y muy especialmente por la camarilla política que había depuesto al virrey Pezuela el 29 de enero. Estos mismos patriotas usaron una retórica cuyo énfasis, desde un inicio, se dio sobre la idea de la nación, empleando la voz nación tal y como se la concebía en el articulado de la Constitución de 1812; en la disputa sobre los patriotas y el patriotismo, defendieron un uso de patriota relacionado con la nación española, algo que aparece en la polémica incluso desde el título del periódico, El Triunfo de la Nación. Los patriotas que tenían el control de la prensa liberal, tanto la camarilla militar de La Serna como el editor Guillermo del Río, identificaban la patria con la nación española, vale decir, con un referente ceñido al uso moderno de los conceptos políticos en disputa, es decir, de manera abstracta y en manifiesta distancia con los problemas locales. Estos patriotas, sin embargo, debieron enfrentar a sus oponentes de prensa.
Desde un inicio, El Triunfo de la Nación sostuvo una guerra de palabras como una guerra política, una guerra con enemigos. Los más decisivos desde el punto de vista del lenguaje eran los así llamados «enemigos internos». Estos enemigos se consideraban también «verdaderos patriotas», lo que el contexto mismo de la disputa, la oposición a la libertad de comercio y de imprenta, implicaba la adhesión o el énfasis en lo que en el debate se llegaría a llamar el «patriotismo local», vale decir, un uso de patriota referido a cuestiones concretas. En el caso de la libertad de comercio, su uso por parte de naves inglesas y norteamericanas ancladas en El Callao, en detrimento de la riqueza de los comerciantes y productores locales; en el caso de la libertad de imprenta, su empleo para justificar la circulación de libros ingleses que esas mismas embarcaciones habían traído y que, a juicio de los llamados enemigos internos, ponían en riesgo o en peligro la patria, entendida como Lima o incluso el Perú. Desde el oscuro lenguaje premoderno, los colaboradores locales del periódico afirmaban, sin proponérselo, un sentido de patria en oposición al régimen constitucional; esto se vio reafirmado en un desplazamiento de la idea de patria hacia el concepto de soberanía sobre asuntos locales, que los verdaderos patriotas-enemigos internos debieron distinguir del modelo constitucional abstracto del liberalismo de sus oponentes.
Hemos querido ceder una sección a José Ignacio Moreno, filósofo político insigne a quien reconocimos en la retórica de los enemigos internos; filósofo contrarrevolucionario oscuro, canalizó el debate en torno de la libertad de imprenta para asociarlo con el de libertad de comercio. Esto dio ocasión para una extraña caracterización política que Guillermo del Río y la camarilla militar tras El Triunfo de la Nación dieron de los enemigos que se consideraban «verdaderos patriotas»: éstos, por su oposición al régimen de La Serna, terminaron siendo identificados como una facción que sería interesante llamar absolutista y cuyo núcleo estaba constituido por la ilustración oscura, es decir, de un conocimiento social que requería vigilancia de parte de una élite ilustrada. Debe anotarse que, a la llegada de San Martín, este personaje introdujo de hecho, aunque sin éxito, las ideas ilustradas oscuras para seguirse oponiendo a la libre circulación de libros y a la defensa de la patria como un principio político que debía ser diferenciado de la nación, que quedaría convertido en un concepto legal sujeto a definiciones constitucionales. En esto, como ya ha notado hace tiempo, el autor siguió la tendencia de vocabulario de inicios del siglo XIX peruano donde patria y nación se confundían, para preferir patria, palabra que hoy designa el colectivo de lo peruano.
Finalmente, debe destacarse que la guerra mil veces funesta sería algo paradójica respecto de otro tipo de enemigos, los redactores de El Pacificador, el periódico de José de San Martín. El Triunfo de la Nación exhibe el sintagma «enemigos externos» en referencia general claro está a los agentes de la guerra exterior, pero también a los textos impresos de circulación en Lima que le hacían frente y con los que, ciertamente tenía un vínculo semántico contencioso. En este sentido, hay que subrayar el sintagma «enemigos internos y externos», que identifica a los agentes en pugna contra el lenguaje liberal de Cádiz con los rasgos de la ilustración oscura, así como con los adjetivos hostiles de reconocimiento que se les dirige como aplicables en general, también, a los liberales de lo que la historiografía peruana denomina «la primera expedición libertadora». Respecto de ellos habría también metafísica, filosofía y misterio, francmasones, libertinos y amigos del desorden; lo habían entendido bien Bernardo Monteagudo y José Ignacio Moreno, que serían, apenas unos meses después, fracasados aliados (cf. Basadre, 1928; Hampe, 1999 y 2010).