Graciela Maturo

La vuelta al origen como hermenéutica de la historia. El ciclo novelístico del descubrimientoGraciela Maturo
Codirectora de la cátedra Luis de Tejeda, Universidad del Salvador (Argentina)

1. Introducción

Ante todo quiero agradecer la honrosa invitación que me han cursado la Real Academia Española y el Instituto Cervantes a la celebración, por cuarta vez en el nuevo milenio, de tan importante iniciativa cultural como es el Congreso Internacional de la Lengua.

No me parece necesario, pero tampoco será ocioso, recordar ante este selecto auditorio la absoluta continuidad de la lengua con la creación literaria. En efecto, como han sostenido Benedetto Croce, Karl Vossler, Julius Stenzel, Dámaso Alonso y los más relevantes humanistas de todos los tiempos, el lenguaje viviente se hace creación al ser exigido en su máxima potencialidad semántica, sonora y expresiva, e incluso al engendrar formas tan complejas de la escritura como las que provee la literatura moderna. En suma, no es posible pensar, con un criterio humanista, que el lenguaje de la cotidianeidad sea «usado» por el escritor, sino más bien que la lengua, en sus casi infinitas posibilidades, comprende distintos niveles de comunicación y expresión, desde los más corrientes de la comunicación ordinaria hasta las formas más refinadas del arte literario, apto para una comunicación sutil e insustituible.

La literatura se constituye, pues, en un reservorio precioso de la lengua, y con ello, es obvio subrayarlo, de la identidad cultural de un pueblo, o de un conjunto de pueblos que hablan el mismo idioma, sin relegar en esta generalización los matices y las diferencias que se van dando en la inculturación y la mestización de esos pueblos, tal como ha ocurrido en los cinco siglos de vida histórica de las naciones hispanoamericanas.

Acervo mítico y reflexión personal se fusionan en la novela, género propio de la Modernidad, que sobre la base del roman o de otros géneros simbólicos relaciona la experiencia de un sujeto con su observación del mundo y de la historia. Es notable (y paradójico) que siendo un género por excelencia personalista, la novela moderna llegue a ser, por ello mismo, la expresión más acabada de la identidad de un pueblo. Es su lengua puesta a andar desde la conciencia de un individuo concreto, que por abordar los planos profundos de su propia esencialidad y temporalidad alcanza a expresar total o parcialmente un sentir social, una atmósfera de época, un estado de la conciencia histórica de su comunidad.

En tal convicción es que propongo abordar brevemente el ciclo novelístico hispanoamericano llamado del descubrimiento de América, como un momento significativo de la autocomprensión cultural e histórica de nuestros pueblos y como una herramienta valiosísima en el momento en que estos se vuelcan a su proyecto más ambicioso: la integración regional.

2. La novela hispanoamericana como instrumento de autocomprensión

La comunidad hispanoamericana , y con mayor extensión la iberoamericana, la América Latina en suma, se ha expresado profusamente en los géneros del habla escrita que (accediendo a una denominación propia del devenir europeo de los últimos siglos, aunque con matizaciones nuevas y originales) llamamos literarios. Entre ellos cabe una especial atención, claro está, a la novela, por sus esenciales rasgos de libertad y reflexividad, y a su peculiar especie americana, la «crónica», que abarca en su variada riqueza e hibridez genérica el testimonio, la carta, el diario, el relato de viaje, el alegato histórico, la descripción del territorio y sus habitantes, etcétera.

La novela hispanoamericana tiene pues un doble arraigo, en el género homónimo europeo, renovado en el periodo denominado por Jakob Burckhardt Renacimiento y, en la crónica, protocuento o protonovela americana, originada en el Mundo Nuevo.

Entiendo que en el ciclo novelístico del descubrimiento de América, también llamado de la nueva novela histórica, ha prevalecido la conciencia de ese doble arraigo. Sus autores han vuelto, en acto genuinamente hermenéutico, a las fuentes literarias americanas, para ofrecer un signo inequívoco de madurez filosófica y autoconciencia cultural.

Como ha dicho Alejo Carpentier,1 maestro entre maestros, no toda novela corresponde a una novelística. Para reconocer una novelística se hace preciso atender a aquellos fenómenos grupales, epocales, que han removido el imaginario colectivo, recogiendo un estado de conciencia generalizado. En esta línea ubicamos el ciclo del descubrimiento de América, como uno de los acontecimientos de mayor significación cultural del subcontinente en el último siglo transcurrido.

Desde que el idioma español empezó a resonar en estas latitudes, en medio de cruentos procesos militares o diálogos incipientes como los registrados por Bernardino de Sahagún, el hablante indiano empezó a exponer por escrito su asombro ante un nuevo entorno y a preguntarse por su propia identidad, elaborando paulatinamente un proyecto de vida que puso en cuestión aun la legitimidad de la conquista, lo que originó (no debe olvidarse) un formidable proceso de revisión histórica, jurídica y religiosa para el Occidente expansivo.

El español indiano y su descendiente criollo o mestizo percibieron muy pronto la ambigua continuidad-discontinuidad del Reino de Indias (las Indias Occidentales) con relación a la matriz hispánica y latina. La expresión literaria fue una lúcida y creciente afirmación de la identidad mestiza americana.

La efemérides del Quinto Centenario, convocada por distintos actores a partir de 1980, fue sin duda determinante del ciclo novelístico al que aludimos. Historiadores, filósofos y novelistas lo vivieron como un acceso a la adultez: revisaban la historia de América, abrían o reabrían un proceso de crítica y reconciliación con los orígenes, sugerían caminos de renovación e integración.

No me es posible (ni sería oportuno que lo hiciera) referirme ahora con precisión abarcadora a este ciclo novelístico, cuyo prolijo relevamiento realizó, en 1993, el profesor Seymour Menton;2 solo recordaré que esa catalogación reunía un número de obras literarias que igualaba o sobrepasaba los días del año. De ese amplio corpus, rico en variedades tonales y formales, tomaré, de forma necesariamente rápida, a título de ejemplo, tres novelas: El arpa y la sombra, de Alejo Carpentier;3 Maluco, de Napoleón Baccino,4 y El largo atardecer del caminante, de Abel Posse,5 a fin de extraer algunas constantes culturales y filosóficas de interés para nuestro tema.

3. Las novelas del descubrimiento

El lugar que ha ocupado en esa etapa la última novela de Alejo Carpentier, El arpa y la sombra (1979), es eminente y fundante. Podría ser considerada la iniciadora del ciclo, sin ignorarse por supuesto el lugar precursor de otras novelas del siglo (por ejemplo La gloria de Don Ramiro, de Enrique Larreta) o aun de siglos anteriores, que avanzaron una perspectiva global identitaria.

El arpa y la sombra puede ser visualizada como culminación de la conciencia americanista de Carpentier, desplegada a lo largo de una obra extraordinaria por su densidad filosófica y su perfección formal. La labor del escritor cubano es acaso el discurso más agudo y coherente sobre la identidad, los orígenes y el destino del hombre hispanoamericano.

Como es sabido, Carpentier tomó como punto de partida de esta novela un frustrado proceso eclesiástico de canonización dedicado a Cristóbal Colón en el siglo xix; tal motivación es el pretexto de un enjuiciamiento moral, histórico y poético al almirante, y en general a la conquista. Recordemos que el libro, de barroca estructuración, ensambla tres instancias y perspectivas distintas en una superunidad que solo la lectura reconstruye. Toman esas partes sus denominaciones de un hagiógrafo llamado Buraggine. La primera, titulada «El arpa», narra el viaje de Mastai Ferreti, luego pontífice de la Iglesia, por tierras de Argentina y Chile. La segunda, de complejo tramado psicológico, se titula «La mano» y nos acerca el discurso interior del almirante Colón, moribundo, que reflexiona desde su última hora (y también desde la hora presente de autor y lector) sobre el devenir hispanoamericano, sin omitir aspectos confesionales y autoacusatorios. Es destacable, en esta instancia, la inclusión de fragmentos del texto colombino, releído y trabajado por el escritor.

La tercera parte de la obra, titulada «La sombra», es la fantasmagórica representación de un proceso de ultratumba al que es sometido Colón, ya descarnado, por personajes de distintas épocas, munidos de toda clase de argumentos a favor y en contra de su canonización, la que es finalmente desautorizada por la burocracia eclesiástica.

Para la mirada del novelista cubano, no es la figura del almirante, ni tampoco la acción militar o civil de la Corona, lo que justifica el hecho fundante del encuentro de milenarias culturas en la cuarta región del planeta, sino la significación intrínseca del acontecimiento y su consecuencia en el tiempo. Así lo sostiene la novela, constituida en velado alegato, en el complejo tejido de sus figuras y discusiones. Reconocer esa significación es tarea de gavaldas, es decir, de poetas, de quienes escriben en este lado del mundo. La tesis profunda de Carpentier es, una vez más, una revalidación del pensamiento simbólico, suprarracional.

Salta a la vista, en estas páginas, la significación profunda de los hechos que le fue dado protagonizar al almirante, más allá de sus virtudes, errores o merecimientos personales. La historia aparece para Carpentier (lo sabemos ya desde que escribiera El Reino de este Mundo, y lo indicara expresamente en su prólogo revelador)6 como un tejido mágico, superior a las voluntades individuales, cargado de sucesos maravillosos, es decir, misteriosos, aterradores, admirables. Su comprensión histórica pasa por el surrealismo y el realismo mágico; acaso también, en el fondo, por el profetismo teológico.

La lectura de los aedas, iniciada para el Occidente por la Ilíada, triunfa sobre la dimensión positiva de los hechos y pone a la vista la significación de «procesos de larga duración», como los llamaría Ferdinand Braudel, o de momentos conmocionantes que articulan la historia de los pueblos, como lo revelara Arnold Toynbee. Tal el «descubrimiento» del Nuevo Mundo, descubierto para la historia y para sí mismo al ser incorporado al complejo impulso civilizatorio occidental y al proyecto universalizante del cristianismo.

Por su parte, el escritor uruguayo Napoleón Baccino Ponce de León aporta al ciclo del descubrimiento su obra Maluco. La novela de los descubridores (1990).El héroe elegido es ahora Hernando de Magallanes; el subtexto, la relación del caballero italiano Antonio Pigafetta.7

El punto de vista de Baccino se desplaza hacia un personaje marginal, el grumete y bufón Juanillo Ponce, quien, anotamos, es portador de uno de los apellidos del autor. Juanillo es el narrador de una épica degradada, trasladada a un plano paródico y humorístico pero no exenta de dramatismo. Representa un punto de mira omitido en la historia oficial, el del pobre, el marginal, que desafía con su verdad a otros cronistas e historiadores citados o no en el texto. Su discurso es cáustico y directo, cuestionador de lo convencional y aceptado, audazmente «carnavalizado» para hacerse contemporáneo del lector moderno.

La historiografía nos ha transmitido que, bajo la égida de Hernando de Magallanes, cinco navíos partieron de Sevilla en 1529 con 237 hombres, de los cuales solo 18 volvieron, tres años después, a la Península, al mando de Sebastián El Cano. Baccino se documentó ampliamente, pero solo en las digresiones deja entrever esa información. El hilo narrativo se desenvuelve dentro de una continuada metáfora poética, que abarca y entremezcla los tiempos.

Hernando de Magallanes, y detrás de él Carlos V, son los mandantes del acto épico desatado sobre el primero como un castigo fatal. Su empresa, asumida destinalmente, se halla cargada de sombríos presagios, sufrimientos y decepciones: el paraíso imaginado no existe; los barcos se destruyen, rajados por el invierno, podridos por la humedad; la navegación se estanca por la falta de viento. Solo un delirante podía desafiar los datos de otros navegantes, la racionalidad de lo posible. La muerte aguarda al conquistador, despótico, desventurado, poseído por su propio sueño.

En una entrevista con Marcelo Intili, ha confesado el autor su descreimiento de las ideologías. Construyó una visión imaginaria sobre la expedición de Magallanes que adquiere la fuerza sugestiva de una imagen simbólica. Mira la historia humanamente, con una mirada fenomenológica que aproxima sucesos y actores. En seguimiento de Carpentier, acepta la libertad instauradora de la novela.

El largo atardecer del caminante, publicada en 1992, no es la única obra de Abel Posse dedicada a la relectura de textos coloniales o a la interpretación de la época. Han cautivado al novelista las figuras de Colón y Lope de Aguirre, los sucesos de la conquista y la mestización, la polémica sobre el «buen salvaje», la discusión histórica y filosófica sobre la historia de América.

En esta obra, que ingresa con fueros propios en la peculiar posmodernidad americana (a la cual preferimos llamar transmodernidad, pues América dista de ser protagonista de la etapa moderna, sin rechazarla), nuestro escritor ha elegido o se ha dejado elegir por la seductora figura de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, cuya relación, titulada luego Naufragios y acompañada por los Comentarios que suscribió su secretario. Pero Hernández8 constituye una de las piezas insoslayables para comprender el pasado americano. También su presente.

El novelista trabaja sobre los textos de quien fuera segundo adelantado del Río de la Plata: lo visualiza empáticamente, ya anciano, recluido en Sevilla y escribiendo una supuesta continuación de aquel relato de milagros y aventuras que fundó el «robinsonismo» europeo y americano.

Posse aborda desenfadadamente la mezcla de tiempos, la hibridación del discurso poético con el crítico-reflexivo, el humor, la parodia, la farsa, la alegoría. Su reflexión es desestabilizadora y constructiva. Como otras novelas del descubrimiento, también esta asume una doble o múltiple referencialidad y amplía el espectro histórico hacia el presente del autor, del lector. El punto de vista autoral se entrecruza con el de su personaje, también escritor, cuyo texto es recuperado y glosado en forma permanente. El discurso se vuelve omnipresente, abre una lúcida consideración de temas y conflictos americanos, poniendo en evidencia la continuidad de los tiempos.

4. La vuelta a los orígenes y el diseño del futuro

Las novelas que hemos escogido a modo de ejemplo son ciertamente disímiles, de diversa tonalidad, estructuración y lenguaje, pero tienen innegablemente rasgos comunes que las emparentan con otras del mismo ciclo. Es lo que Alejo Carpentier, según decíamos, ha llamado una novelística.

Cabe reflexionar en el proceso de modernización iniciado por España y Portugal sobre la base de culturas prehistóricas americanas. En la América Latina, una población actual fundamentalmente mestiza, junto con la vocación amalgamante del arte y la literatura, desmiente las versiones de exterminio difundidas por la «leyenda negra» de España, sin borrar desde luego los excesos y las incomprensiones. El presente de los autores aludidos, como el que corresponde a los lectores actuales, muestra la imagen de una América Latina pauperizada, desmemoriada y fragmentada, parcialmente modernizada y debilitada en su identidad, colonizada por los señuelos de la globalización tecno-económica. En ese panorama, sin embargo, vuelve a surgir la reflexión histórica, el proyecto político, el tema de la identidad, que hoy se traducen en el proyecto de la integración regional. Releer las novelas del descubrimiento en este nuevo contexto es escuchar un llamado a la autocomprensión, mediada por el acto imaginario de la creación poética, y un llamado a la reintegración de naciones que compartieron un origen histórico.

El novelista, pensador original, constituido en los años ochenta-noventa en un reflexólogo cultural y político, ha abandonado las posturas ideológicas y preferido la recreación mágico-realista, la compenetración poética con el tiempo histórico y la responsabilidad, a veces manifiesta, de continuarlo. De ahí que a este ciclo de novela histórica convenga, como he afirmado en otros trabajos, la denominación de novela hermenéutica, ejercicio de autocomprensión histórica, búsqueda de sentido.

Los novelistas del descubrimiento han imaginado las tensiones permanentes del devenir de nuestros pueblos, las verdades disimuladas, los alegatos. Retoman el discurso de lo silenciado y lo convierten (implícita o explícitamente) en bitácora del americano actual, abocado a la construcción de su propio proyecto histórico.

Existe en las crónicas de Indias cierto paralelismo epocal con el Quijote,pero mucho más amplio y sostenido es el paralelismo suprahistórico que guardan con la creación cervantina las «novelas del descubrimiento». Es que en ellas prevalece el espíritu poético, la ética del vivir por encima de los triunfos mundanos, la vigencia de un legado humanista que reconcilia libertad y fidelidad. El ethos fundacional revierte los «naufragios» en triunfos, la derrota en aprendizaje, las decepciones en rumbo moral.

La gesta conquistadora es enfocada sin los prejuicios que cimentaron la «leyenda negra» ni las ingenuidades propias de una apologética superficial. Debe computarse igualmente en esta toma de conciencia el reconocimiento del relato imaginario como instrumento de comprensión que ayuda a superar antinomias racionalistas o aporías insalvables.

Se colocan estos creadores a la sombra del giro literario asumido por ciertos filósofos del siglo xx, como Martin Heidegger9 y Paul Ricoeur.10 Si el primero ha posibilitado la dignificación del discurso poético como instancia de revelación o alétheia, el segundo (al ocuparse específicamente del género novela) ha afirmado los fueros de la «inteligencia narrativa», cuya operación de puesta en intriga sería de suyo revelatoria. Este cambio de posición valoriza al mito y la novela en la tarea de la autocomprensión de los pueblos.

A la utopía heroica la sustituye otra modalidad que es el compromiso con lo propio, mediado por la vuelta a los orígenes. La recreación de las «fábulas maestras», para decirlo en términos de Foucault,11 profundiza los temas de la identidad. El espíritu utópico de los novelistas no arraiga en certezas dogmáticas, sino en una incertidumbre acuciante y proyectiva próxima a la esperanza. Se trata de una búsqueda de sentido a la que cabe calificar de poética y filosófica.

La novela del descubrimiento es a mi ver claro ejemplo de una ética y un talante indiscutibles que se manifiestan polifónicamente con notables constantes de identidad. Al reinterpretar la historia, permite la proyección del futuro. Es la experiencia vivida la que en definitiva permite vislumbrar un horizonte de expectativa, siempre abierto, abonado por la imagen mítica. Lejos de ser un mero ejercicio imaginario, la «nueva novela histórica» conforma un espacio de iluminación y proyección política.

La utopía, o mejor, la eutopía de América, renacida en el último cuarto del siglo concluido, se proyecta con fuerza constructiva sobre el comienzo del milenio y acompaña una etapa de singular autoconciencia cultural e histórica.

América Latina viene hallando el rumbo de sus orígenes, el que señala la lengua heredada, que suena con variados matices de norte a sur del subcontinente, lengua que se modifica sin perder su estilo vital.

El destino actual de los pueblos latinoamericanos no puede ser otro que asumir plenamente su compleja identidad y restablecer una comunidad de naciones. A la globalización tecno-económica que avanza uniformando a los pueblos, el pensamiento de sus novelistas, filósofos y políticos contrapone una conciencia humanista, de vocación auténticamente universal, capaz de aceptar instrumentalmente los beneficios de la revolución tecnológica sin renunciar a un estilo de vida, una identidad, un destino.

Notas

  • 1. Carpentier, Alejo: «La novela Latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo», en: A. Carpentier y otros: Historia y ficción en la narrativa hispanoamericana,Caracas: Monte Ávila, 1984, pp. 19-48.Volver
  • 2. Menton, Seymour: La nueva novela histórica de América Latina (1979-1992), México: FCE, 1993.Volver
  • 3. Carpentier, Alejo: El arpa y la sombra,Buenos Aires: Planeta, 1998.Volver
  • 4. Baccino, Napoleón: Maluco, la novela de los descubridores, Buenos Aires: Seix Barral, 1990.Volver
  • 5. Posse, Abel: El largo atardecer del caminante, Buenos Aires: Emecé Editores, 1992.Volver
  • 6. Carpentier, Alejo: El Reino de este mundo, México: Edición y Distribución Iberoamericana de Publicaciones,1949.Volver
  • 7. Pigafetta, Antonio: Primer viaje en torno del globo. Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina, colección Austral, 1941.Volver
  • 8. Cabeza de Vaca, Álvar Núñez: Naufragios y Comentarios, Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina, colección Austral, 1949.Volver
  • 9. Heidegger, Martin: Arte y Poesía, México: FCE, 1958.Volver
  • 10. Ricoeur, Paul: Temps et Récit, París: Editions Du Seuil, 1983-1985.Volver
  • 11. Foucault, Michel: La arqueología del saber, traducción de Aurelio Garzín del Camino, México: siglo xxi, 1994.Volver