La variación gramatical en el mundo hispánico Guillermo Soto Vergara
Academia Chilena de la Lengua (Chile)

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1) ¿Cuáles son, en su opinión, los aspectos de la variación gramatical en el mundo hispanohablante que han sido mejor estudiados y cuáles necesitan más investigación?

La pregunta sobre los aspectos de la variación gramatical más estudiados en el mundo hispanohablante puede abordarse desde distintas perspectivas. Al menos dos. Por un lado, qué fenómenos específicos de variación gramatical son los más estudiados y cuáles, de entre los menos investigados, requerirían una mayor atención. Por otra parte, la pregunta puede tener que ver no ya con la cuestión empírica de los fenómenos estudiados, sino con la actividad científica misma de investigarlos, por ejemplo, si hay un desarrollo no solo descriptivo, sino también teórico, y, específicamente, qué tipo de teorías, o si ha habido avances metodológicos relevantes y cosas de ese tipo o si los distintos factores vinculados con la variación dialectal, tanto internos como externos, han sido igualmente estudiados. Me detendré en un principio en la primera interpretación de la pregunta, específicamente, en el contraste entre el español americano y el peninsular. No pretendo, por cierto, entregar una lista exhaustiva de fenómenos, por lo que hablaré tan solo de algunos que han merecido bastante estudio. Desarrollaré muy brevemente dos de estos fenómenos, que forman parte del sistema verbal, mientras que solo nombraré los otros. Posteriormente, me referiré a aspectos que creo que valdría la pena estudiar más. En este caso, volveré sobre la segunda interpretación de la pregunta.

Son varias las indagaciones sobre aspectos de la variación del sistema verbal en el mundo hispanófono, lo que no quiere decir ni que se lo haya investigado en demasía ni que se hayan investigado todas sus propiedades. Me detendré, como dije, en dos. En primer lugar, destacan los estudios sobre los modos verbales; en particular, la distribución entre el modo subjuntivo y el indicativo. Generalizando, se suele señalar cierto avance del indicativo en desmedro del subjuntivo en América respecto de España, particularmente en ciertos contextos de subordinación. Se trata, por cierto, de una aseveración muy gruesa. Nicole Delbecque (2009:401), en un estudio sobre el subjuntivo en cláusulas de complemento, afirmaba que, «a pesar de su amplitud, la base empírica actualmente disponible aún no alcanza para averiguar la validez de esta conjetura». Hay que tener en cuenta los contextos lingüísticos específicos, como hace la propia Delbecque, así como diferencias regionales menores y distinciones sociales y de estilo, es decir, se debe contar con datos categorizados diatópica, diastrática y diafásicamente; la ausencia de esta información, plantea Delbecque, no permitiría responder satisfactoriamente la pregunta y pondría en duda la posibilidad de cuantificaciones. Con todo, estudios de ciertos contextos específicos en que se han controlado factores sociales pueden entregar información relevante al menos sobre estos contextos. Takagaki, Ueda y Tinoco (2020), por ejemplo, considerando solo el contraste entre uso de tiempos del indicativo y del subjuntivo en unas pocas cláusulas sustantivas dominadas por verbos de emoción y evaluación, muestran una gran diferencia en los porcentajes de aceptabilidad de las construcciones en la península y en el continente americano1. Mientras el porcentaje de aceptabilidad del presente de indicativo en España alcanza el 3,8 %, en América es del 20,7 %; en el caso del pretérito perfecto compuesto del mismo modo, en España es del 0,4 % y en América, del 20,1 %; finalmente, si bien en España el porcentaje de aceptabilidad del pretérito perfecto simple del indicativo aumenta a 17,1 %, en América llega al 52,1 %. Con todo, en América los autores observan un contraste entre la situación de Santiago de Chile, menos proclive a estos usos, y la de, por ejemplo, Buenos Aires, que lo es más, lo que da cuenta de variación al interior del español americano, aunque, al menos respecto de estos fenómenos, la hipótesis del avance del indicativo se sostenga.

Otro aspecto del sistema verbal bastante estudiado es la variación del contraste entre pretérito perfecto compuesto y pretérito perfecto simple del indicativo. En este caso, se observan áreas en que el uso del pretérito simple es ampliamente mayoritario, como en el noroeste de España, en México o en el Río de la Plata, junto a zonas en que es el perfecto compuesto el que ha avanzado en desmedro del simple, como, en general, en la península ibérica y en la zona andina (Egido Fernández y Morala Rodríguez, 2009; Quesada Pacheco, 2003; y Soto, 2014, entre otros). En un estudio reciente, Veiga (2019), desde una perspectiva funcional, ha distinguido dos subsistemas, uno en que predomina la oposición entre ambas formas y otro en que ocurriría lo que denomina una desgramaticalización, es decir, en que desaparecería la oposición entre ambas formas. En el subsistema en que predomina la oposición, pueden, a su vez, distinguirse la variedad favorable al compuesto, correspondiente al español peninsular general, de la favorable al pretérito simple, que constituye el uso más común en América. Por su parte, en el subsistema en que se habría dado la neutralización, distingue entre las variedades en que ha triunfado el pretérito simple, a saber, el español rioplatense y el del noroeste de España, de aquella en que ha triunfado el pretérito perfecto compuesto, que correspondería, en general, al español andino. El esquema, por supuesto, supone cierta generalización a partir de datos empíricos que son más diversos. Interesante resulta, por otra parte, que tanto el avance del indicativo como el del compuesto no se den del mismo modo en las distintas áreas geográficas. Así, si se puede afirmar que el significado hodiernal y de proximidad temporal es relevante para dar cuenta del avance del perfecto compuesto en España, este no tiene el mismo peso en el caso del español boliviano, donde el hecho de que el evento pasado haya ocurrido el mismo día de la enunciación o en un tiempo próximo a ella no es el factor desencadenante del uso. También es distinta la situación de Ciudad de México respecto de Buenos Aires en lo relativo a la disminución de la frecuencia del perfecto, toda vez que, mientras en el primero es común el uso de pretérito simple en usos continuativos al punto que se ha dicho que es el uso por excelencia del compuesto en dicha variedad, en el español bonaerense escuchamos oraciones como «hasta ahora jugó bien», dicho de un futbolista mientras se desarrolla aún el partido. El estudio de la variación entre perfecto compuesto y simple tiene, además, interés porque se trata de un fenómeno que puede observarse en otras lenguas romances e incluso en lenguas de otras ramas del indoeuropeo. La investigación detallada de la distribución de ambos tiempos muestra que la hipótesis de la deriva aorística, propuesta por Harris (1982) para las lenguas románicas, no es evidente en el espacio hispanófono, en consonancia con la posición más matizada de Squartini y Bertinetto (2000) respecto de la situación en las lenguas romances, en particular el italiano.

Hay, por supuesto, estudios más acotados ya de un tiempo específico, como el imperfecto de subjuntivo y la variación entre cantara y cantase (Kany, 1970 [1945]), ya de ciertos tiempos verbales en ciertas zonas y con determinados valores, como sucede con el significado evidencial del pluscuamperfecto en el español andino (Caravedo, 1996; Mendoza, 1992)2 y, en una construcción específica, había sido, en el español del Paraguay (Blestel, 2015). En ambos casos se han propuesto, además, explicaciones derivadas del contacto con lenguas indígenas, las que también se han traído a colación para el perfecto compuesto y para usos no canónicos en el español andino. Además, se han estudiado el uso del condicional y el subjuntivo en construcciones condicionales, el contraste entre el futuro sintético y el analítico, la pluralización de haber existencial, los verbos pronominales y las perífrasis verbales, entre otros (Kany, 1970 [1945]; RAE y ASALE, 2009, para visiones sintéticas).

Fuera de los tiempos y modos verbales, también se ha indagado bastante el uso de los clíticos. En este caso, destaca el estudio del leísmo, el loísmo y el laísmo, es decir, del uso etimológico o no etimológico de estos pronombres átonos de tercera persona, tema profusamente indagado desde el siglo XIX. A esta línea de estudios, hay que agregar las investigaciones sobre duplicación de clíticos, es decir, construcciones del tipo me voy a irme; sobre el le invariable (le dio el regalo a las niñas); la discordancia de número en el pronombre acusativo (El regalo se los di ayer a ellos) y el uso de dativos éticos, entre otros fenómenos (Kany, 1970 [1945]; RAE y ASALE 2009, para visiones sintéticas). En otro orden de temas, hay diversos estudios sobre los usos preposicionales. En particular, han sido muy explorados el queísmo y el dequeísmo (me alegro que vs. me alegro de que; pienso que vs. pienso de que) (Corchado, 2021).

Abundan también los estudios sobre los pronombres y formas de tratamiento de la segunda persona, en particular el uso de y usted y el voseo pronominal, así como el verbal. También se ha indagado la posición del sujeto en cláusulas interrogativas y la presencia y ausencia de sujetos pronominales, entre otros temas (RAE y ASALE 2009, para una visión sintética).

Como puede advertirse, existe un amplio rango de fenómenos estudiados en mayor o menor grado, algunos desde hace mucho tiempo. Esto no significa, sin embargo, que no ameriten más estudio, pues en muchos casos la información de que disponemos es aún incompleta y no contamos con explicaciones satisfactorias de las causas de los fenómenos. Por otro lado, otros temas, como la estructura argumental de los verbos parece haber recibido menos atención, aunque, como señalo más adelante, se han observado fenómenos de transitivización de verbos intransitivos.

Más allá de la carencia en estudios de ciertos fenómenos, estimo que, al menos, dos aspectos de otra índole merecerían mayor atención. Por un lado, creo que sería conveniente extender los estudios de contacto entre el español y lenguas indígenas —que se han centrado prioritariamente en ciertas zonas, como el área andina o Paraguay—, aprovechando herramientas analíticas de la lingüística de contacto. Algo se ha hecho en el último tiempo con el contacto español mapudungun, por ejemplo (Hasler, Olate y Soto, 2020). Por otro lado, pienso que podría ser muy provechoso una mayor relación de las investigaciones dialectológicas con métodos y teorías tanto de la tipología como de la lingüística de corpus, temas sobre los que volveré más adelante.

2) Sabemos que los términos «español rioplatense», «español centroamericano», «español caribeño», «español peninsular», etc. resultan ser a veces demasiado simplificadores, ya que existe variación, tanto geográfica como social, en el interior de las áreas geográficas a las que corresponden. Ello hace pensar que la antigua cuestión —suscitada desde hace tiempo por no pocos investigadores— sobre dónde hemos de detener la introducción de variables sociolingüísticas sigue siendo actual. ¿Cuál sería su respuesta particular a esta pregunta?

Desde la propuesta original de Pedro Henríquez Ureña (1993 [1921]) ha habido un gran número de propuestas de zonificación del español de América, esto es, de identificación de áreas dialectales. Estas propuestas, sin embargo, han descansado, según señalaba Moreno Fernández (1993: 13), en materiales «parciales, escasos, de procedencia metodológica diversa y de rigor inconstante», deficiencia que resulta especialmente notoria en el ámbito de la gramática (Hernández Alonso, 1998), aunque mucho se ha avanzado en los últimos años. Más aún, las áreas pueden presentar internamente una gran variación, incluso sin considerar la variación social, como se advierte, por ejemplo, en Chile, que, grosso modo, suele conformar una sola área dialectal3. En este país, el español del archipiélago de Chiloé y zonas de influencia chilota presenta características que no se dan en el resto del país, como, entre otras, la ya señalada construcción transitiva de verbos intransitivos: María lo cayó (el vaso), Yo los crecí a mis hijos (Makuc, 2008). Al pasar, y en relación con la pregunta anterior, el estudio de las variantes acusativas e inacusativas de los verbos bien podría ser terreno fructífero para mayores indagaciones dialectológicas. El punto es que, en efecto, las áreas identificadas por las propuestas de zonificación pueden terminar simplificando en exceso realidades más complejas y diversas.

Por otro lado, la misma distribución de las isoglosas no resulta definitiva, como tantas veces se ha dicho. Valga aquí recordar la afirmación pesimista de Bernard Pottier (1992: 289): «cuanto más sabio o serio el investigador, menos posibilidades tendrá de presentar una división utilizable del continente americano». Creo, sin embargo, que las nuevas herramientas metodológicas, derivadas de nuevas tecnologías del campo digital, ya nos han ido ayudando a caracterizaciones finas, a partir, por ejemplo, del análisis de grandes corpus etiquetados que cuentan con metadatos que recogen distintas variables sociales y geográficas. Así, por ejemplo, Buenafuentes y Sánchez (2020) muestran la utilidad del CORPES XXI para el contraste entre comparativos sintéticos y analíticos y la discordancia de género y número en el pronombre acusativo, un tipo de estudio cuya relevancia solo podemos esperar que crezca a medida que los corpus del español vayan también creciendo y complejizándose en su diseño. La dialectología tradicionalmente ha operado con cuestionarios que han servido de base a la elaboración de mapas. Esta metodología, que sigue siendo útil y que también se beneficia de los cambios tecnológicos que venimos experimentando en las últimas décadas, puede complementarse con estudios de corpus y con herramientas más elaboradas de análisis cuantitativo, procedimientos que, por lo que se viene viendo, seguirán desarrollándose en los próximos años. Esto supone, por cierto, trabajos colaborativos de lingüistas con especialistas de otros campos, cuestión sobre la que volveré más adelante.

Desde otro punto de vista, la cuestión de las zonas dialectales puede tener sentido no ya solo desde una perspectiva ética, sino émica —para usar la distinción de Pike—, como muestra un reciente trabajo de Quesada Pacheco (2014), que estudia la división dialectal del español de América a partir de la percepción de los propios hablantes, empleando la metodología de la dialectología perceptual. Valga aquí recordar las palabras de Guillermo Guitarte (1988), quien, oponiéndose a un enfoque puramente geográfico que reduce la lengua a un sistema de isoglosas, planteaba, respecto del denominado español de América —categoría todavía menos definible, probablemente, que nociones intermedias como el español rioplatense o el caribeño—, que este no constituía «una realidad geográfica, sino una realidad histórica» (p. 494) y agregaba: «el español de América debe existir, porque americanos y españoles tienen conciencia de que hablan distinto» (p. 495).

3) El estudio de la variación gramatical exige acceder a variables históricas (procesos de gramaticalización, diferencias en la evolución del español clásico en América, etc.) y también a diferencias tipológicas (fundamentalmente, préstamos y calcos de otras lenguas como efectos del contacto lingüístico). Estos factores amplían considerablemente el horizonte de cualquier investigador que aborde los fenómenos de variación, a la vez que complican inevitablemente su tarea. Sin embargo, otros lingüistas entienden que es posible estudiar la variación gramatical concentrándose en las estructuras gramaticales que se ven afectadas, sin atender necesariamente a su posible origen y sin intentar explicar su distribución geográfica. ¿Cuál es su punto de vista?

Pienso que la existencia de distintas perspectivas de análisis enriquece el estudio del lenguaje. Por esta razón, no creo, en principio, que deba imponerse un solo prisma. Es posible desarrollar estudios que se concentren puramente en las estructuras gramaticales consideradas sincrónicamente y otros que indaguen en su historia, que relacionen la variación dialectal con la tipología o que indaguen en el papel del contacto en determinadas variedades del español. Con todo, estimo que un estudio que busque no solo caracterizar estructuras, sino explicar los procesos que entran en juego en la variación dialectal del modo en que esta efectivamente se ha dado en español debe adoptar, por lo general, una perspectiva más amplia que el puro análisis formal de estructuras gramaticales e indagar el rol que, por ejemplo, la historia y el contacto han tenido en la configuración dialectal del español. Evidentemente, esta es una tarea que, por la diversidad de saberes y métodos que implica, no puede hacer un solo investigador: se trata de una empresa interdisciplinaria en que lingüistas de distinta formación, y aun especialistas de otras áreas, concurren a explorar los fenómenos, aportando desde sus propias especialidades. En la medida en que la caracterización y explicación de la variación dialectal del español es un problema relevante en sí mismo, que puede contribuir también a nuestra mejor comprensión de la variación y el cambio en el lenguaje así como de su relación con distintos fenómenos sociales, pienso que la conformación de equipos interdisciplinarios que hagan posible este tipo de estudio constituye un reto actual para los estudios dialectológicos. Es una tarea que, por experiencia propia, sé que no es nada fácil; sin embargo, me parece necesaria. Por otro lado, hoy, con el desarrollo tecnológico, particularmente en el campo digital, es posible emplear metodologías que, como ya dije, construyan y analicen grandes corpus, considerando un creciente número de metadatos. También el uso de herramientas de análisis estadístico favorece la búsqueda de correlaciones entre diversos factores y supongo que la interacción con matemáticos permitirá avanzar más aún en nuevos instrumentos de análisis.

4) Se dice a veces que las opciones lingüísticas que se consideran desprestigiadas, desacreditadas o simplemente incorrectas lo son porque las academias de la lengua lo estipulan así. Lo cierto es que las diferencias relativas al descrédito de ciertas expresiones lingüísticas se dan igualmente en los países en los que no existen academias de la lengua. Por otra parte, existen opciones gramaticales y léxicas que están desacreditadas en unas áreas hispanohablantes, pero no en otras, lo que no parece deberse al influjo de las academias en esos territorios. ¿Cómo cree usted que deben enseñarse en la escuela las diferencias de (des)prestigio a las que se acaba de aludir?

En primer lugar, me parece que la idea de norma es consustancial a las lenguas y, por lo mismo, anterior a las academias de la lengua y, más ampliamente, a las distintas instituciones sociales y culturales que en una sociedad determinada puedan tener o atribuirse un poder prescriptivo. El razonamiento es sencillo: los signos lingüísticos son convencionales e, independientemente del mayor o menor rol que le concedamos a la iconicidad en su génesis y funcionamiento —factor que no hay que despreciar de ningún modo—, «el vínculo entre el significante y el significado es arbitrario» en el signo lingüístico, como ya decía Saussure (1995 [1916 ]: 100). Esto significa que lo que hace que un signo opere como tal en una lengua es, volviendo con Saussure, un «hábito colectivo», expresión que considera, aquí, sinónima de la de convención. Por supuesto, los hábitos pueden variar, dejarse de lado, pero, mientras existen, en la sociedad tienen, por así decirlo, un poder normativo que los propios hablantes se preocupan de sostener. Las personas tienden a adecuar su conducta lingüística a los hábitos de su comunidad, es decir, a hablar como los otros hablan, y, junto con ello, a criticar a quien se aparta de esos hábitos. El psicólogo cognitivo Michael Tomasello ha escrito que «los niños no solo se atienen a las normas sociales, sino que, casi desde el mismo momento en que comienzan a acatarlas, también se ocupan de hacerlas cumplir» (2010: 59), comportamiento que sería importante en el desarrollo o adquisición del lenguaje. Entonces, en un sentido muy elemental, la norma, el ajuste de la propia conducta a la norma y la preocupación porque otros la cumplan, parecen ser indisociables del hecho de que existan lenguas.

La cuestión se complejiza cuando en una lengua reconocemos distintos hábitos sociales, es decir, distintas formas de hablar, lo que responde, en principio, a la existencia de distintas comunidades, diversos grupos, clases sociales, etc. En este caso, el hablar de tal o cual manera, realizar ciertas pronunciaciones, decir ciertas palabras o emplear determinadas construcciones gramaticales puede comunicar la pertenencia a tal o cual grupo social y las personas, por pertenecer a ese grupo social, pueden ser discriminadas o excluidas por quienes pertenecen a un grupo con más poder. El grupo dominante en la sociedad puede considerar que su manera de hablar es mejor que la de otros, como la de las clases bajas, por ejemplo, o la de los campesinos o los iletrados, y esto, simplemente, porque se trata de otro grupo, un ellos distinto a nosotros.

Todo este excurso me sirve para indicar que el mayor o menor prestigio que tenga cierta construcción gramatical en una sociedad dada no depende, en principio, de la existencia de alguna institución que así lo determine y puede vincularse, más bien, a las relaciones de poder existentes en una sociedad conformada por distintos grupos que tienen distintos modos de hablar. En Chile, por ejemplo, me parece que la pronunciación con hiato de desahucio, es decir, (de.sa.ú.cio), empleada por las personas de clases sociales más altas, tiene más prestigio social que la pronunciación etimológica (de.sau.cio), utilizada frecuentemente por quienes pertenecen a las clases populares. Frecuentemente, en reuniones sociales, los chilenos discuten sobre si debe decirse anteojos o lentes, pollera o falda, teatro o cine, oposiciones que no son, en el fondo, otra cosa que meros índices del grupo social al que pertenece el hablante.

Creo que contra el fondo de los fenómenos lingüísticos y sociales que he esbozado mínimamente, podemos comprender mejor el papel de las academias de la lengua. Se trata, como lo veo, de un rol que no se puede disociar de los procesos de estandarización, esto es, de la adopción y desarrollo, a través de políticas lingüísticas, de una variedad codificada de la lengua, que sirve de modelo y permite la comunicación más allá de las diferencias regionales (Garvin y Mathiot, 1984 [1956]). La variedad estándar tiende a ser la variedad de los medios de comunicación de masas, de los órganos del estado, de la ciencia y de la educación. Cuando se plantea que las academias de la lengua desempeñan un papel normativo, este rol dice relación con la variedad estándar, que no es, por así decirlo, mero resultado de las fuerzas lingüísticas y sociales dejadas al laissez faire, como veíamos al principio, sino fruto de una planificación lingüística, de políticas públicas dirigidas a tener una variedad de lengua común que favorezca la comunicación más allá de grupos particulares y pueda adaptarse a las exigencias de la comunicación lingüística en el mundo moderno. Como es evidente, puede haber estandarización sin academias de la lengua; no puede, en cambio, haber academias de la lengua sin estandarización, pues el fin de estas, allí donde existen, radica, en gran medida, en contribuir a este proceso.

Así visto el problema, el juicio de corrección que, a mi entender, le compete tratar a las academias, es el que se refiere a la variedad estándar, una variedad que, aunque normalmente surgida a partir de otra ya existente, va desarrollando propiedades específicas, tales como una mayor intelectualización y cierta flexibilidad normativa que permite su modificación y expansión (Garvin y Mathiot, 1984 [1956]), y que se emplea preferentemente en la comunicación pública.

Por supuesto, el origen de la variedad estándar no es neutro desde el punto de vista social y es esperable que se vincule con los grupos más educados o ilustrados de una sociedad, que típicamente son los superiores; «el habla de la gente educada», como escribía Bello. En este sentido, el español estándar no es fruto de una invención de laboratorio, sino que es también un fenómeno histórico, con los condicionantes que eso acarrea. Creo, por esto, que es importante poder distinguir, en la medida de lo posible, entre aquello que tiene que ver propiamente con los fines de la lengua estándar de aquello que es simplemente marca de la variedad de lengua de un grupo social determinado. En el mismo sentido, es también importante considerar que la variedad estándar se emplea preferentemente en ciertos usos lingüísticos, por lo que la cuestión de la adecuación de una expresión lingüística al estándar no siempre es pertinente.

No me he referido hasta aquí al problema de variantes que puedan ser prestigiosas en una variedad y no en otra. Eso no tiene nada de extraño, por lo que dije al inicio. Lo que es prestigioso para unos puede no serlo para otros porque el prestigio, en principio, tiene causas meramente sociales que no tienen que ver con propiedades intrínsecas de las lenguas y lo que un grupo social puede considerar correcto o prestigioso, otro puede pensar que no lo es. Los sociolingüistas hablan incluso de prestigio encubierto para referirse a expresiones del dialecto vernáculo que, alejándose del estándar, se valoran positivamente porque se vinculan con la identidad y la solidaridad de grupo. Ahora bien, visto el problema respecto del estándar, el fenómeno tiene que ver, me parece, con la existencia de variantes en su interior, es decir, que en un área se considere que cierta construcción B no es parte del estándar y que en otra área se estime que sí lo es. Como el español es una lengua pluricéntrica, es decir, una lengua que tiene varios polos o centros en que se desarrollan procesos de estandarización, me parece que es esperable que existan diferencias al interior del español estándar, es decir, que este sea diverso y que, por ejemplo, no todo lo que se considera estándar en Buenos Aires se considere del mismo modo en Madrid. Pienso que la escuela debería procurar que los alumnos tuvieran conciencia del carácter pluricéntrico del español y, por tanto, de la legitimidad de estas variantes en el estándar tal y como este se da en tal o cual área. En todo caso, tengo la impresión de que estas diferencias no son demasiadas y que el trabajo conjunto de las asociaciones de la lengua contribuye a una mayor unificación del estándar.

5) Una pregunta frecuente en los estudios sobre la variación lingüística es la relativa a los límites que debemos suponer en tales procesos. Los llamados microparámetros suelen atender a diferencias de escala reducida en las lenguas de una determinada familia, o entre las variedades de una misma lengua. En lo que respecta al español, es esperable la variación en el uso de los tiempos, los modos, los determinantes, los pronombres átonos o la concordancia, pero lo cierto es que también se registra variación en las estructuras argumentales y en diversos aspectos de la subordinación. ¿Entiende usted que la variación gramatical en el mundo hispánico es esperable en determinados dominios de la gramática o piensa, por el contrario, que no hay por qué suponer que se circunscribe necesariamente a ellos?

Como decía antes, en el español de Chiloé se observa el uso causativo de verbos inacusativos, y al menos desde Henríquez Ureña se reconoce en el español del Caribe una mejor tendencia a la expresión del sujeto pronominal, particularmente notoria en la segunda persona, donde se ha llegado a afirmar que su presencia sería obligatoria, lo que parece relacionarse con la debilidad del morfema verbal de persona en esa variedad. El mismo rumbo seguido por el perfecto compuesto en el español andino escapa a la situación más extendida en América y demanda una explicación particular, posiblemente por contacto. En este sentido, no creo que pueda predecirse la variación en el español americano. Por supuesto, hay cambios que no parecen razonables. Por ejemplo, creo que no sería esperable encontrar una variedad del español con orden de palabras libres, una variedad no configuracional, como dicen los generativistas; o una variedad donde no existiese género gramatical.

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Notas

  • 1. El estudio contrasta el uso de indicativo y subjuntivo en cláusulas subordinadas encabezadas por expresiones como es interesante que, me alegra que y es una lástima que. Los resultados se obtuvieron a partir de encuestas en centros urbanos de España y América; capitales nacionales, en este último caso. Volver
  • 2. También se ha propuesto que el perfecto compuesto podría asumir valor evidencial ya narrativo ya no resultativo, preferentemente en la zona andina (RAE y ASALE 2009). Volver
  • 3. Hay menos consenso en las zonificaciones propuestas respecto del extremo norte de Chile. De ahí el grosso modo. Volver