El español, intercultural y mestizo desde sus orígenes Arsenio Escolar
(España)

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En las últimas décadas del siglo pasado, la civilización subió un nuevo peldaño. Como en muchos otros anteriores —la rueda, la imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, la telegrafía sin hilos...—, era una innovación tecnológica lo que nos llevaba a la humanidad a un nuevo ecosistema, a un nuevo paradigma. Hablamos, es evidente, de internet, de la red informática mundial y descentralizada que ha cambiado tantas cosas en nuestras vidas. Desde que surgió ese nuevo hábitat, casi nada hacemos como lo hacíamos hasta entonces. Ni trabajar, ni comprar, ni vender, ni viajar, ni consumir, ni entretenernos, ni formarnos, ni relacionarnos, ni enamorarnos, ni informarnos...

Hasta la eclosión de internet, los medios de comunicación teníamos un ámbito de acción muy corto. El ámbito de la prensa impresa lo marcaba la distribución física de los productos impresos. Los diarios llegaban donde llegaban sus furgonetas de reparto durante la noche, en el corto periodo de tiempo que transcurría desde el cierre de la edición en la redacción y el arranque de la rotativa central, a altas horas de la noche anterior, hasta la apertura de los quioscos en la madrugada siguiente. Otro tanto ocurría en la radio y la televisión. Su ámbito llegaba hasta donde alcanzaban la capacidad o la licencia de sus ondas, en la inmensa mayoría de los casos a un territorio geográfico limitado.

Con internet, hasta el más humilde diario local o las más pequeñas emisoras de radio o de televisión se han convertido con su edición digital en medios potencialmente globales. Cualquier habitante del planeta, esté donde esté —siempre que tenga cobertura, eso sí—, puede acceder al instante a sus contenidos y en igualdad de condiciones temporales que el que viva en la misma manzana donde trabaja y publica la redacción. Las posibilidades de audiencia, de influencia y de mercado de los medios se han convertido así, de pronto, casi en infinitas. Ya no hay una frontera o una distancia física que salvar cada noche. Los límites del mercado, de la influencia y de la audiencia solo los pone el idioma en que se publica ese medio. El de la lengua del medio de comunicación es el nuevo territorio. Y nuestra lengua, el español, que ya era global por la extensión territorial de sus hablantes, se ha convertido en doblemente global, en absolutamente global.

Mucho antes de ser global, el español ya era intercultural: lo es desde hace siglos. Nuestra lengua nace a finales del primer milenio en un territorio de frontera, en una pequeña comarca del norte de la península ibérica, un estrecho cajón limitado al norte por la cordillera Cantábrica, al oeste por el río Pisuerga, al este por los montes vascos y al sur por un gran espacio despoblado al que muchos años después los historiadores llamarán el desierto del Duero. Es una tierra de frontera dura, fría, belicosa. En ella convergen las tres grandes cuencas hidrográficas de la Península: la mediterránea (allí mana el Ebro), la atlántica (el Pisuerga, nodriza del Duero) y la cantábrica (el Nansa). Estamos también en un vértice político, en la frontera donde han chocado docenas de pueblos desde hace muchísimo tiempo. Los iberos con los celtas; los vascones con los pelendones; los cántabros con los romanos; los romanos de la Hispania Citerior con los de la Hispania Ulterior; los alanos con los suevos; los visigodos con los godos; los cristianos del reino de León con los cristianos del reino de Navarra; los cristianos de uno y otro reino con los musulmanes del emirato (luego califato) de Córdoba.

Desde siempre, este ha sido un lugar complicado para vivir, un peligroso far west. Ha conocido tantas guerras que en los años en que surge nuestra lengua se está llenando de fortificaciones, de recios castillos de piedra. Tantos hay, que han dado nombre a la región: Castilla.

¿Quién vive en ellos y en las aldeas que han crecido a sus pies? Gente ruda, poco culta, mal latinizada. Labran algunas tierras; pocas, porque nunca se sabe si las continuas guerras permitirán que las cosechas lleguen a término. Engordan algún ganado. Manufacturan algunos productos muy básicos. Comercian un poco. Y sobre todo, hacen la guerra.

Son gentes ásperas, endurecidas y... malhabladas, muy malhabladas. Sus tatarabuelos de muchos siglos atrás aprendieron tan mal el latín que circulaba un chiste en Roma: «Beati hispani quibus bibere et vivere idem est» («Dichosos los hispanos, para quienes beber y vivir es lo mismo»). No se decía sólo porque les gustara el trago, sino también porque eran los únicos habitantes del imperio que no distinguían, al pronunciarlas, las b de bibere y las v de vivere. Interculturales sin saberlo, nuestros protagonistas de finales del primer milenio han corrompido aquel latín vulgar y lo han mezclado con viejos términos prerromanos que aún conservaba su atávica memoria y con otros germánicos de su reciente pasado godo y con otros más de los francos y los occitanos traídos por los peregrinos del camino de Santiago y los monjes cluniacenses y aun con otros que han aprendido de los árabes, con los que de continuo guerrean y pactan y a los que cobran o pagan parias, y de los mozárabes, que han desalojado el Duero y se han refugiado en este rincón más norteño y un poco más seguro...

Aportados todos esos componentes y agitado el cóctel, no sólo mezcla bien, sino que diríamos que entra en ebullición y cambia muy deprisa. El castellano sonoriza más consonantes latinas que sus vecinos el aragonés o el gallego. Diptonga de manera más arriesgada. Elimina muchas más vocales postónicas. Introduce muchos más sonidos guturales y velares, de los que suenan en el fondo de la garganta. Llena sus vocablos de sonidos vibrantes, de erres casi impronunciables para los hablantes de las regiones limítrofes. Y toma préstamos muy pronto de las lenguas vecinas, en especial —como decíamos antes— del árabe del otro lado de la frontera. Intercultural desde sus más remotos orígenes, así es el español.

Fijémonos sólo en los préstamos, de un vistazo sucinto. En la Alta y la Baja Edad Media, del árabe. En el siglo XV, durante el Renacimiento, del italiano. Desde su salto a América, en 1492, de las muchísimas lenguas con las que entra en contacto en un territorio enorme en el que nuestro idioma acabará convirtiéndose en una especie de coiné, en una lengua común. En el siglo XVII, de las lenguas centroeuropeas con las que también entra en contacto al convertirse el español, gracias a la expansión política y a los grandes escritores de nuestros Siglos de Oro —Cervantes, Quevedo, Lope, Gracián, Calderón...— en la lengua de prestigio en media Europa. En el XVIII, con la llegada al trono español de una dinastía de origen galo, del francés. En el XIX, el XX y lo que llevamos del XXI, del inglés, del que toma muchos vocablos surgidos de la revolución industrial, del transporte, del turismo, de la economía, de las nuevas tecnologías.

La nuestra, en conclusión, es una lengua de mestizaje y de interculturalidad desde siempre. El español es un idioma esponja, mestizo desde niño. El conjunto de los hispanohablantes pertenece a culturas muy diferentes, a ámbitos culturales y geográficos diversos, y el crisol del idioma común ha fomentado esos intercambios desde antiguo. Ahora probablemente el mundo digital será un acelerador de esos procesos. Todo irá mucho más deprisa.

Volvamos al periodismo. Como decíamos antes, la revolución de internet ha convertido en globales incluso a los pequeños medios. Nuestra voz llega mucho más lejos. Yo edito tres pequeños medios de comunicación especializados en lengua, sobre todo la española, y en literatura en español. La revista trimestral impresa de divulgación Archiletras, la revista semestral impresa de investigación Archiletras Científica y el sitio en línea archiletras.com.

La mayoría de nuestros contenidos están en español de Castilla, pero también los hay de autores que escriben en otras variedades dialectales del español. También entre nuestros lectores hay una enorme variedad. Buena parte de los suscriptores de nuestras ediciones en .pdf y de los visitantes de nuestro sitio en línea están en América. Como nosotros, muchos otros medios de comunicación, grandes, pequeños y medianos, generalistas o especializados, están escritos en las distintas variedades del español y llegan, ahora más que nunca, a toda una enorme y variada audiencia hispanohablante. En la reciente final de la Copa del Mundo de fútbol, yo leí las crónicas de medios escritos en español de Castilla, pero también leí la crónica de Clarín en español rioplatense.

Y ahora la pregunta del millón, y ya acabo. Este acelerón de la interculturalidad gracias al alcance potencialmente global de los medios digitales, ¿reforzará la unidad de nuestro idioma y potenciará sus diferentes variedades dialectales o resquebrajará aquella y diluirá estas? Creo que ocurrirá lo primero: que nuestras variedades dialectales seguirán pujantes y que al mismo tiempo se mantendrá la unidad de nuestro idioma. Pero no me atrevería a afirmarlo categóricamente. Las lenguas son seres vivos, y su evolución y sus caminos son muchas veces inescrutables.

Decía al principio que en el nuevo ámbito digital en que vivimos no hacemos nada como lo hacíamos hasta ahora. Ni trabajar, ni comprar, ni vender, ni viajar, ni consumir, ni entretenernos, ni formarnos, ni relacionarnos, ni enamorarnos, ni informarnos... Quizás las lenguas tampoco evolucionen como hasta ahora.

Gracias