Álvaro Porto Dapena

El español en contacto con el gallegoÁlvaro Porto Dapena
Catedrático de Lengua Española de la Universidad de La Coruña (España)

Es difícil entrar en la cuestión de la relación entre dos lenguas que conviven —en este caso el español y el gallego— sin caer en ciertos lugares comunes, herir susceptibilidades ajenas y mostrar, por otro lado, las propias convicciones o preferencias políticas e ideológicas. Mi propósito al tocar tan comprometido y espinoso tema es, por supuesto, abordarlo desde el más escrupuloso respeto hacia quienes tengan opiniones y sensibilidades distintas a la mía, así como hacerlo con la máxima serenidad y desapasionamiento, con el propósito a su vez de buscar y —espero— conseguir la mayor objetividad posible.

Para empezar quisiera evitar el viejo tópico de ver y presentar en términos bélicos la relación entre español y gallego, lenguas que quiero profundamente y, por lo tanto, no me puedo imaginar en lucha fratricida por la supervivencia, lucha que muchos describen con patético dramatismo al observar que una de ellas, el gallego, lleva por el momento las de perder, batiéndose en retirada, mientras el español o castellano, lengua evidentemente importada e impuesta, trata de eliminar y suplantar precisamente aquello que más nos caracteriza a los gallegos, que es nuestra lengua autóctona. Aparte de la inexactitud de esta especie de metáfora, pues no creo en absoluto que ambas lenguas hayan de ser incompatibles y que, por lo tanto, la permanencia de una tenga que suponer la muerte o desaparición de la otra, lo peor es que para muchos ya no se trata de una simple metáfora, sino de la más pura y dura realidad que hay que asumir e intentar modificar a toda costa, favoreciendo, naturalmente, el gallego. Ya no hay, para ellos, lugar a una convivencia pacífica y armónica, como propone Regueiro Tenreiro (1999), porque buscar un equilibrio entre lengua estatal y lengua autonómica tal como pretende la legislación vigente, sería quimera inalcanzable y de alguna manera equivaldría a claudicar en favor del español y, consiguientemente, del cada vez mayor deterioro del gallego, habida cuenta de que, según esa opinión, está demostrado que una sociedad nunca puede ser bilingüe —puesto que el bilingüismo es una prerrogativa estrictamente individual—, sino diglósica y, por lo tanto, siempre con una clara subordinación de un sistema lingüístico al otro.1 Vistas así las cosas, parece que lo único que cabría hacer es declararle la más encarnizada guerra al español, esto es, a la lengua invasora.

Es evidente que, de existir alguna guerra, ésta no podría nunca producirse entre las lenguas, sino en todo caso entre quienes las hablan o quizás más bien, también en sentido figurado, entre los usuarios y las lenguas mismas, las cuales por supuesto en este caso no tienen ningún mecanismo de defensa. A una lengua, en efecto, se le puede declarar la guerra no usándola, actitud que por cierto hoy se detecta en Galicia, pero en ambas direcciones, esto es, tanto respecto al gallego, con su ampliamente generalizado rechazo social al asociarse con frecuencia su uso con el atraso cultural y económico, como —por parte de ciertos grupos radicales— respecto al castellano, en la creencia de que, renunciando a la lengua del Estado, se contribuirá más y mejor a la dignificación, limpieza y desarrollo de la lengua propia. Para algunos lo que ha dado en llamarse normalización lingüística no debería consistir en otra cosa que en la total suplantación del castellano por el gallego en todos los órdenes y niveles de la vida social, sin importar, curiosamente, el consiguiente empobrecimiento cultural que supondría la pérdida del conocimiento de una de las lenguas más habladas del mundo. Sería de todas maneras poco objetivo por mi parte sostener que en Galicia no existe ningún conflicto lingüístico; el conflicto existe, pero, obviamente, no es achacable a las lenguas en sí mismas, sino en todo caso a ciertas actitudes y prejuicios de los propios usuarios, que es precisamente contra lo que conviene luchar: una actitud negativa hacia el gallego no se puede combatir con a su vez idéntica actitud hacia el castellano, así como tampoco una actitud positiva hacia el español no tiene por qué conllevar una actitud negativa hacia el gallego y viceversa. Estoy convencido de que hoy la inmensa mayoría de los gallegos somos partidarios, según nos garantiza nuestro Estatuto de autonomía, de la necesidad de conocer y emplear las dos lenguas oficiales de la Comunidad, el español y el gallego;2 el primero por ser una lengua universal, que no solamente sirve para caracterizarnos como españoles, y el segundo por constituir quizás aquello que representa nuestra mejor seña de identidad gallega.

1. ¿Español o castellano?

La tan traída y llevada normalización lingüística, que cada uno entiende un poco según sus conveniencias y aspiraciones, creo que tiene como principal objetivo la superación del conflicto entre las dos lenguas, conflicto que, por cierto, se plantea, aunque sólo aparentemente, ya en la propia denominación de la lengua del Estado, lengua que nuestra Constitución rehúsa llamar, como es hoy más común, español, utilizando en su lugar la denominación más arcaica de castellano, con la intención, claro está, de evitar el conflicto que supone oponer español a gallego, catalán o vascuence, que también son lenguas españolas, sin haber tenido en cuenta que, como bien demostró G. Salvador (1987) y mucho antes A. Alonso (1943), la palabra español posee un valor muy distinto utilizada como denominación de la lengua general de España que como simple adjetivo indicador de una relación con nuestro país. Si así no fuera, ¿qué sentido tendría hablar del español argentino o del español de España, por ejemplo? Y, evidentemente, conviene observar que en el caso del gallego también existe un gallego exterior, esto es, un gallego que no es gallego, entendido este adjetivo en el sentido de ‘perteneciente o relativo a Galicia’.

En el caso concreto de mi comunidad autónoma hay que notar que, tradicionalmente, el aparente conflicto se ha venido solucionando en el mismo sentido de nuestra Constitución de 1978, esto es, utilizando como denominación preferida la de castellano, sobre todo en aquellos contextos en que aparece nombrado el gallego. Lo corriente todavía hoy es decir, por ejemplo, que en Galicia se habla castellano y gallego, o que el castellano es una lengua más extendida que el gallego. Entendidas, sin embargo, nuestras lenguas como sendas materias de estudio en los distintos niveles de la enseñanza, existe la tendencia a utilizar el término exclusivo de lengua frente al de gallego para las respectivas asignaturas, de modo que un profesor de lengua es el que da clase exclusivamente de español, al lado del profesor de gallego.

La denominación de español o lengua española se está extendiendo, sin embargo, cada día más, entre intelectuales y, sobre todo, en círculos de ideología nacionalista. Y ello, naturalmente, por razones muy distintas: en el primer caso porque, en una interpretación correcta de la palabra español(a), ésta se toma como indicadora de una lengua histórica que, habiendo tenido su origen en Castilla, se extendió no sólo por la Península Ibérica, sino por otras partes del mundo, como es el caso de Hispanoamérica, y tal denominación, por otro lado, sirve muy bien para caracterizar nuestro idioma frente a otras lenguas de gran extensión geográfica como el inglés, ruso, chino, alemán, etc. La preferencia, sin embargo, por parte de nacionalistas obedece, por el contrario, a la misma razón por la que, en general los no nacionalistas —tachados peyorativamente por aquéllos de españolistas— prefieren en general la denominación de castellano, es decir, porque español contrasta plenamente con gallego, palabras que, según los primeros, ponen más claramente de manifiesto la existencia de dos naciones diferentes.

Por supuesto, desde mi punto de vista, castellano y español, aunque con algunas connotaciones especiales, son absolutamente sinónimos y, como tales, los voy a utilizar aquí a lo largo de esta breve exposición.

2. Igualdad de gallego y español ante la ley

Castellano o español y gallego son iguales ante la ley. En concordancia con el art. 3 de la Constitución de 1978, según el cual, por una parte «el castellano es la lengua española oficial del Estado y, por consiguiente, todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho de usarla» y, por otra, «las demás lenguas españolas serán asimismo oficiales en las respectivas comunidades autónomas», el Estatuto gallego de 1980 establece en su art. 5 que Galicia posee dos idiomas oficiales, el castellano y el gallego, sin preferencia alguna por ninguno de los dos, aun cuando se declara la intención de potenciar el uso del gallego en todos los ámbitos de la vida pública, cultural e informativa, hay que sobreentender que con la intención de igualar en este aspecto gallego y español. El Estatuto se vio desarrollado más tarde en la Ley de normalización lingüística de 1983, por la cual se regula el uso y enseñanza de la lengua gallega en condiciones bastante favorables en comparación con el español, sin duda debido al estado de abandono y dejadez a que aquella había llegado, a causa de las desfavorables políticas en materia lingüística llevadas a cabo desde el siglo xv hasta prácticamente nuestros días.

Así pues, gallego y castellano son iguales ante la ley, lo que significa que ambas lenguas —cosa que por otra parte parece lógica— gozan de la misma valoración y reconocimiento por parte de los poderes públicos: en teoría todo el mundo tiene derecho y obligación de conocerlas y utilizarlas en cualquier momento o circunstancia. No obstante —quizá, como he dicho, para compensar la poca atención prestada por la Administración en épocas anteriores— ésta adopta como idioma exclusivo, tanto en el ámbito local como autonómico, el gallego, lengua en la que se vienen redactando las leyes, normas y en general cualquier tipo de escrito o documento de carácter público.

Naturalmente, se está todavía lejos de alcanzar los objetivos propuestos en todas estas disposiciones legales, porque, como es bien sabido, las lenguas no se establecen ni se regulan por decretos ni leyes emanadas del poder político o administrativo. Éstos en todo caso sirven únicamente para establecer el marco adecuado y favorecer determinados comportamientos lingüísticos, y en este sentido hay que decir que el influjo de la Administración a propósito de la normalización lingüística de Galicia ha hecho ciertamente mucho, aunque, por otro lado, falta todavía un gran camino por recorrer. No cabe duda de que en Galicia se está efectuando, merced a la nueva situación política, un muy interesante cambio en el terreno lingüístico: el gallego ha dejado de ser, como hasta hace bien pocos años, una lengua exclusiva de campesinos y marineros, o de unos cuantos intelectuales preocupados por la creación literaria en lengua vernácula, para convertirse, por otro lado, en la lengua de la Administración local y autonómica, así como de los políticos y, cada día más, de los medios de comunicación. Pero a su vez esto no supone, a mi juicio, ninguna merma para el español, lengua que sigue gozando de un muy fuerte prestigio en todos los ámbitos sociales.

3. Aspectos sociolingüísticos

Desgraciadamente, no son muchos los estudios sociolingüísticos sobre Galicia. Los pocos que se han hecho son todavía parciales y tienen como objetivo describir el grado de difusión y uso del gallego. En este sentido hay que destacar los trabajos realizados sobre todo por M. Fernández y G. Rojo, así como el esfuerzo de la Xunta y de la Real Academia Galega por disponer de un mapa sociolingüístico de Galicia. No se ha hecho, sin embargo, absolutamente nada en torno al español, debido sin duda a que se ha dado por supuesto que la lengua oficial del Estado gozaba de muy buena salud, frente al gallego, lengua sin duda amenazada cuya revitalización era —y sigue siendo— objetivo primordial y preferente tanto por parte de la intelectualidad gallega como de las fuerzas políticas. No hay que olvidar, en efecto, que desde los Reyes Católicos hasta prácticamente la Constitución de 1978 la lengua gallega ha permanecido reducida al ámbito exclusivamente oral al menos hasta el siglo xix, en que se produce un resurgimiento literario, identificándose las más de las veces con las clases menos favorecidas, campesinas y marineras.

Según las encuestas llevadas a cabo para el Mapa sociolingüístico de Galicia, en la actualidad sabe hablar gallego el 87 % de la población, lo lee un 50 % y lo escribe tan sólo un 35 %. Ya se sabe que lo entiende prácticamente el 100 %, dada la proximidad con el castellano, que a su vez es también entendido por idéntico porcentaje de personas, situación que nos corrobora por cierto la última encuesta realizada por el CIS en 1998, según la cual entiende el castellano un 99,8 %, y el gallego, un 98,9 %.3 En lo que se refiere, por otro lado, al número de usuarios del español, es de suponer que, contando, naturalmente, los que no lo emplean habitualmente, debe de alcanzar igual o superior porcentaje al de quienes pueden hablar gallego, y, por supuesto, el dominio de la lectura y escritura de la lengua del Estado ha de alcanzar un porcentaje necesariamente superior al del gallego, puesto que el español ha sido para la inmensa mayoría de los hablantes la lengua en que han sido alfabetizados. Y así, efectivamente, nos lo corrobora la misma encuesta del CIS, según la cual habla español el 97,4 %, lo lee el 94,4 % y lo escribe el 92,5 %. Dado que la comprensión de ambos idiomas es, en general, común a todos los gallegos, podemos colegir que éstos son todos potencialmente bilingües, aun cuando lo sean tan sólo propiamente, esto es, de una forma activa aquellos que utilizan normalmente las dos lenguas —considero que al menos un 50 % de los habitantes de Galicia—, entre los que habría que distinguir por una parte los que las usan indiferentemente, esto es, que son bilingües en el sentido más estricto de la palabra, hasta, por otro lado, aquellos que, respondiendo a una situación claramente diglósica, tienen el español como lengua alta o principal, esto es, para la comunicación más formal, en tanto que el gallego representa la lengua baja o, como suele decirse, la lengua de andar por casa.

Esta última postura, mantenida a lo largo de varios siglos y fomentada por una política centralista y uniformadora de tantos y tantos años, prevalece todavía hoy muy enraizada en el sentir del común de los gallegos, sobre todo entre las capas menos favorecidas de la sociedad, donde todavía hablar la lengua del país es síntoma de ignorancia, zafiedad y atraso, frente al castellano, que es la forma de expresarse la gente fina, esto es, cultivada y de buena posición social y económica. Así las cosas, no es extraño que una madre de una aldea, acostumbrada a hablar en gallego con sus parientes, amigos y vecinos, prefiera, sin embargo, enseñar como primera lengua el castellano a su hijo, aun cuando esta lengua sea la que usa con personas extrañas o de más elevada posición social. El proceso de desgalleguización —y consiguiente castellanización— parece así un proceso prácticamente imparable, que lleva a las predicciones más pesimistas en relación con la conservación del gallego;4 no obstante, según un estudio de M. Fernández (1983) sobre el ritmo de desgalleguización en los últimos cincuenta años, pese a que ésta continúa lo hace a un ritmo cada vez más lento.

Sin duda el proceso de regalleguización impulsado sobre todo a partir de la Ley de normalización lingüística está constituyendo un indiscutible freno al de desgalleguización. Pero conviene no olvidar que los mayores pasos que se están dando en este sentido se producen más bien entre hablantes que han tenido como lengua inicial el español y no el gallego. Es cierto que los medios de comunicación, especialmente la TVG y RG, que tienen todas sus emisiones en gallego, así como la inclusión del gallego en los planes de enseñanza primaria y secundaria, están sin duda favoreciendo el mantenimiento del gallego en el medio rural; pero tengo la impresión de que ese influjo es mucho menor que en otros niveles culturalmente más elevados —por ejemplo en la Universidad y en el medio urbano en general—, donde la castellanización es, lógicamente, más intensa. Es, efectivamente, en estas capas más desarrolladas culturalmente en las que se está verificando un proceso de regalleguización más intensa y donde, precisamente, las actitudes frente al gallego son ahora mucho más positivas que hace unos cuantos años. Prueba de lo que estoy diciendo es que la modalidad de gallego relativamente estandarizada que se enseña en los colegios, se transmite a través de los medios de comunicación y es, en general, utilizada por hablantes de gallego cultos, en la práctica no está influyendo para nada en la forma de hablar tradicional de aldeas y pequeños pueblos. Pero, como digo, en las ciudades y zonas aledañas de su influencia cada vez se habla más esta especie de coiné galaica (a veces galaico-portuguesa o hispano-galaica), que con sus virtudes y defectos parece que está en vías de erigirse en norma lingüística, en detrimento, desde luego, de las hablas populares, de carácter particular y localista, pero sin duda muchos más lozanas, naturales y espontáneas, a veces incluso utilizadas literariamente.

No voy a entrar aquí, como es lógico, en los problemas hoy planteados en torno a la fijación de una norma oral y escrita del gallego, cuestión que, como es sabido, mantiene divididos a los estudiosos en reintegracionistas o lusistas, partidarios de un acercamiento, sobre todo en el terreno gráfico y léxico, del gallego al portugués, y aislacionistas, que se inclinan más bien por una ortografía tradicional semejante a la castellana, fijada por la Academia Galega y defendida por la Xunta. Lo que en todo caso me interesa subrayar es el alto grado de castellanización que, sobre todo en el aspecto fónico, suele presentar este gallego de libro en relación con el popular, especialmente en boca de hablantes que han tenido el castellano como lengua inicial: suele utilizarse, por ejemplo, el sistema vocálico castellano de cinco vocales, en lugar de las siete tradicionales del gallego, se realiza como s (predorso-alveolar) la prepalatal fricativa sorda, llegándose incluso a veces a la realización de la -n velar intervocálica de unha como alveolar lo mismo que en español. Entre locutores de radio y televisión no es infrecuente observar una entonación neutra o más propiamente castellana que nada tiene que ver con el característico acento gallego, etc. Qué duda cabe de que en personas que hablan así debe valorarse —como hacemos con un extranjero— el esfuerzo por expresarse en la lengua autonómica, así como, sobre todo, su actitud positiva hacia ésta; pero mucho me temo que, por su posición social de prestigio, tales personas puedan ser imitadas en el futuro, fijándose así un tipo de gallego bastante artificial y, desde luego, en mi opinión muy poco recomendable.

Así como, en general, existe en Galicia una consciente y expresa voluntad por hablar bien —o lo mejor posible— el español, no ocurre lo mismo con el gallego, para el que en general todo vale sin que ello produzca el más mínimo complejo ni trauma en quien sabe que está realizando mal la lengua: a un niño se le corrige, por ejemplo, cuando, expresándose en castellano, comete algún desliz que suene a galleguismo, y desde luego cualquiera que utilice la lengua del Estado con abundancia de elementos gallegos puede provocar fácilmente la hilaridad de sus oyentes. No ocurre lo mismo, sin embargo, cuando, hablando gallego, se utilizan consciente o inconscientemente palabras o elementos claramente castellanos, porque sorprendentemente para muchos esto significaría hablar bien, mientras que, por el contrario, el uso correcto del gallego equivaldría a hablar mal. Yo mismo muchas veces hablando con la gente me veo obligado a utilizar conscientemente ciertos castellanismos, en lugar de una palabra o expresión más genuinamente gallega, para que mi modo de hablar no resulte extraño ni chocante a mis interlocutores. Es curioso a este respecto señalar que el castellano extremadamente agallegado recibe en Galicia el nombre peyorativo de castrapo; pero no existe para el caso del gallego muy castellanizado un término equivalente. Yo creo, sin embargo, que sería conveniente inventar una denominación específica —propondría galdrapo— para esa mezcla de gallego y castellano que cada día más escuchamos a través de los medios de comunicación de Galicia. Recuerdo que hace ya unos cuantos años, para incitar al uso de la lengua autonómica, se repitió hasta la saciedad aquel famoso eslogan de Falemos galego; parece que quienes difundían tan sana consigna se contentaban con que la gente simplemente intentara hablar en la lengua de Rosalía, aunque lo hiciera mal; pero creo que hoy ya no podemos ni debemos contentarnos con eso: hay que conseguir que la gente hable gallego, pero que lo haga bien, y, por lo tanto, que hablar bien el gallego sea, como en el caso del castellano, signo de distinción y cultura. Ello traería, lógicamente, consigo una dignificación y verdadera igualación del gallego con respecto al castellano.

4. La cuestión de los topónimos

Pienso que un objetivo fundamental de la Ley de normalización lingüística ha de ser, precisamente ése: no sólo conseguir que el gallego se hable más y, desde luego, mejor, sino que, como consecuencia de esto, los hablantes tengan y sientan por su lengua vernácula una alta estima y positiva valoración, igualando de esa forma el gallego con el castellano. Es evidente, por otro lado, que éste, en la larga convivencia con el primero —y siempre en superioridad de condiciones—, ha influido intensamente sobre él, produciéndole daños que convendría asimismo reparar en lo posible, desechando castellanismos y sustituyéndolos por elementos más genuinamente gallegos. Es de todas formas ésta una labor que, aunque no siempre se ha hecho bien, ya fue emprendida, mucho antes del advenimiento de la democracia en España, por las varias generaciones de escritores en gallego que se han venido sucediendo a partir del siglo xix, lo que dio lugar al nacimiento de una variedad literaria, que, por alcanzar la máxima diferenciación respecto del castellano, pretendía el enxebrismo, esto es, la puesta en circulación de formas castizas o más genuinamente gallegas, formas que, cuando no se podían rescatar de alguna habla local en que todavía subsistieran, se llegaban incluso a inventar por aplicación de las leyes de evolución o correspondencia fonética con el castellano, surgiendo así lo que ha dado en llamarse superenxebrismos5 —del tipo cadeirádego ‘catedrático’ o primaveira ‘primavera’—, palabras que, evidentemente, nunca habían existido en gallego y muchas de las cuales han alcanzado hoy una relativamente amplia difusión sobre todo en el registro escrito. Hay que notar, sin embargo, que este procedimiento de inventar palabras mediante la aplicación de equivalencias fonéticas no es cosa exclusiva de escritores, sino de la generalidad de los hablantes, lo que explica galleguizaciones como conexo (cast. conejo) por coello, o reduxo (cast. redujo) por reduceu, etc. y lo mismo, en castellano, las siempre ridiculizadas formas aceche por aceite interpretada como palabra gallega, o peloro (gall. pelouro ‘pedrusco’), atribuidas al castrapo.

Un importante conjunto de palabras que en Galicia han recibido quizás un mayor y desde luego más pertinaz influjo —sobre todo en su fonética— por parte del castellano es el representado por la toponimia. Los nombres de lugar, que en esta comunidad autónoma poseen una especial importancia y riqueza debido a la típica dispersión de la población, han sido castellanizados en un alto porcentaje, castellanización que, aun siendo achacable en muchos casos a los propios nativos, ha sido sobre todo la Administración, representada muchas veces por funcionarios no gallegos, la que la llevó a cabo oficializando nombres que resultaron ser auténticas aberraciones lingüísticas y dándose a veces la absurda situación de existir dos o tres nombres distintos para un mismo lugar, utilizados a su vez en diferentes circunstancias: pensemos en Ferrol, que es como llaman y han llamado siempre los ferrolanos a su ciudad, junto a la forma oficializada El Ferrol o, en la etapa franquista, El Ferrol del Caudillo. Pero hay aberraciones como Torres del Este (en gallego Torres do Este ‘torres de Honesto’), Mesón del viento (en gallego Mesón do Bento, aunque escrito normalmente con v, ‘mesón de Benito’), Niño del águila (en gallego Niñodáguia ‘nido del águila’), La Barquera (en gallego Abarqueira ‘abarquera, de abarca’) y cosas por el estilo.

Precisamente, para subsanar todos estos entuertos e inconvenientes, la Ley de Normalización Lingüística establece en su art. 10 la restitución de las formas gallegas de los topónimos como únicas oficiales, circunstancia que no ha dejado de crear conflictos y polémicas, como es el caso de La Coruña, topónimo que mantiene enfrentado al alcalde, partidario de la forma castellana, con el artículo la, con los partidarios de la forma gallega, A Coruña, que cada día se va extendiendo más. Ello determina, por otra parte, que en la prensa diaria, escrita en español, sea ya normal leer Ourense, Vilagarcía de Arousa, As Pontes, O Carballiño en vez de las formas Orense, Villagarcía de Arosa, Puentes, Carballino, que responden a una fonética castellanizante.

El problema, sin embargo, subsiste, porque muchas veces los mismos partidarios de la galleguización no se ponen de acuerdo a la hora de fijar la forma definitiva del topónimo. Sin ir más lejos, el mismo nombre Galicia lo reconstruyen algunos bajo la forma Galiza, utilizada anteriormente por algunos autores, como Castelao6. Y el problema llega al colmo del desbarajuste cuando, a su vez, el topónimo se halla implicado en los desacuerdos gráficos entre reintegracionistas, que escriben por ejemplo A Corunha, y aislacionistas, que prefieren la grafía A Coruña, con ñ, que por cierto suena a España.

Desde mi punto de vista, la cuestión de la toponimia es algo que, tanto en Galicia como en el resto de las comunidades autónomas con lengua propia, se ha desmadrado y está pidiendo, por ello, una profunda y serena revisión. Aunque lo que voy a decir no entra quizá —todavía— dentro de lo que, al menos desde el punto de vista de la política autonómica, se califica como políticamente correcto, pienso que deberían mantenerse como oficiales no sólo las formas de los topónimos en la lengua autóctona, sino también las correspondientes a la lengua general de España cuando presenten una fisonomía diferente, hayan sido consagradas suficientemente por el uso y, desde luego, no constituyan, como los casos extremos que he mencionado, ninguna aberración de tipo lingüístico. Desde luego, no hay razón para que, hablando español, haya que decir A Coruña, Ourense, Pontedeume, que son formas, desde luego, ineludibles en gallego, en lugar de La Coruña, Orense y Puentedeume, que, dado su indiscutible y frecuente uso, deberían ser respetadas en castellano. No hay que olvidar que un topónimo puede presentar, según la lengua de que se trate, una conformación fonética diferente y, por lo tanto, será perfectamente legítimo usar en cada lengua la forma correspondiente; así como no tendría sentido escribir —y menos pronunciar de acuerdo con la fonética del lugar— en español New York, London, Holand o Bordeaux, en lugar de Nueva York, Londres, Holanda y Burdeos, tampoco lo tiene pretender imponer la forma autóctona de los topónimos gallegos —y catalanes o vascos— a la lengua del Estado. Además de lo artificial que resulta imponer una forma no usual, y sin pensar en el caso extremo de que el topónimo posea en su forma autóctona fonemas inexistente en español (así, Sanxenxo, Xove, Freixeiro, con prepalatal fricativa), no cabe duda de que sería imposible repetir la pronunciación exacta, aun en los casos en que no exista más que una sola forma idénticamente escrita para ambas lenguas: sin duda nadie está obligado a pronunciar Barcelona como lo hacen los catalanes, por ejemplo.

Como apunte final quisiera decir que quienes defienden con mayor ardor la fijación, también en castellano, de los topónimos gallegos en su forma gráfica y fonética autóctonas, no suelen ser coherentes en sus reivindicaciones cuando, hablando en gallego, utilizan para topónimos ajenos formas galleguizadas —que por cierto nunca se utilizaron y, por lo tanto, no están consagradas por el uso— tales como A Rioxa por La Rioja, Baraxas (que en todo caso debería ser Barallas)7 por Barajas, Osca por Huesca y cosas por el estilo. Y no es que esté en contra de estas galleguizaciones, que, aunque sean artificiales, resultan perfectamente viables y, lógicamente, correctas, como a su vez —insisto— deberán serlo, hablando en castellano, La Coruña, Sanjenjo o Santiago pronunciado con diptongo y no con hiato como es lo habitual en Galicia.

5. El español en Galicia: características fónicas

Quisiera ocuparme ahora de las características más sobresalientes que la lengua española presenta en la comunidad gallega, cuestión de la que se han ocupado diversos autores, desde en cierto modo el mismo P. Feijoo, en el siglo xviii, hasta, en nuestros días, X. Alonso Montero y Constantino García, entre otros.8 Conocido es de todo el mundo —y, desde luego, más fuera que dentro de Galicia— la peculiar manera que los gallegos tenemos de pronunciar y, sobre todo, de entonar el español, lo que da lugar al característico acento gallego. Se debe éste, como es obvio, a influjo, en el nivel fónico, de la lengua autóctona, cuya entonación y realización de fonemas sigue siendo prácticamente la misma al pronunciar el español. El influjo —no hace falta decirlo— se produce también en los otros niveles lingüísticos, esto es, en el gramatical y, sobre todo, el léxico. Conviene, sin embargo, deshacernos de algunos tópicos, como, por ejemplo, la tendencia a creer que todos los gallegos tenemos el mismo acento y, en general, que utilizamos de manera muy similar la lengua de Cervantes. Como es lógico, existen muchos grados de galleguización del castellano —del mismo modo que también existen muchos grados de castellanización del gallego—, por lo que resulta imposible hablar de un español de Galicia homogéneo, como si de una única variedad lingüística se tratase. Podemos, en todo caso, pensar que nos hallamos ante un dialecto integrado por toda una serie de variedades, geográfica y diastráticamente distribuidas.

Como ya señalé anteriormente, existe en Galicia una clara voluntad de corrección por parte de los hablantes al expresarse en castellano —cosa que normalmente no ocurre al utilizar el gallego—, circunstancia que nos lleva a afirmar que por lo general la gente no es consciente del influjo del gallego sobre su peculiar manera de realizar el español. Aunque, a decir verdad, también aquí hay que señalar grados: en el plano léxico, por ejemplo, no siempre el hablante es absolutamente inconsciente de los galleguismos que usa, cuando, por el contrario, a veces echa mano de ellos para buscar, por ejemplo, una mayor expresividad o, simplemente, porque desconoce la palabra adecuada en castellano; pero la inconsciencia alcanza sin duda su grado máximo en el nivel fónico, tendiendo en este caso a identificar el sistema fonológico del español con el del gallego. Y de manera muy parecida ocurre en el plano gramatical, por ejemplo a la hora de utilizar las formas verbales o ciertos giros y expresiones exclusivas de la lengua autóctona.

En el nivel fónico, como características del español hablado en Galicia, cabe destacar en primer lugar la adopción del sistema vocálico propio del gallego, lengua que, como es sabido, conserva las siete vocales del latín vulgar occidental, al distinguir, con valor fonológico, entre cerrada y abierta en las series de abertura media tanto anterior (/e/, /?/) como posterior (/o/, /?/). Y así, en el castellano de Galicia, hay palabras homógrafas que, según su diferente pronunciación, tienen sentido diferente, de modo que, por ejemplo:

te

  • pronunciado [te] ‘infusión’
  • pronunciado [t?] ‘letra t’ o ‘pronombre personal’

sosa

  • pronunciado [sosa] ‘producto químico’
  • pronunciado [s?sa] ‘sin sal’

Es curioso señalar que esta situación, que hasta hace relativamente pocos años era prácticamente general en la realización del castellano de Galicia, incluso en boca de quienes lo hablaban de forma exclusiva y como lengua inicial, hoy ha cambiado sobre todo en las ciudades, donde incluso los que, por regalleguización, utilizan el gallego, adoptan, por el contrario, en éste el sistema vocálico castellano de cinco vocales, generalmente con una e y o neutras —esto es, ni abiertas ni cerradas— que, cuando se corresponden con una vocal abierta del gallego, da la impresión de que es cerrada, y viceversa, cuando tratan de realizar una cerrada, parece abierta. Desde luego, en lo que a mí se me alcanza, la utilización del sistema de siete vocales en el castellano de Galicia era todavía prácticamente general en los años sesenta, por lo que los hablantes de mi generación, educados en español y con éste como primera lengua, no tienen hoy ninguna dificultad en distinguir entre cose, imperativo de coser (con o cerrada) y cose, presente de indicativo del mismo verbo (con o abierta). Frente a ellos, sin embargo, observo que, en general, los estudiantes universitarios de las últimas generaciones, con el castellano como primera lengua, pero que cursaron estudios de gallego tanto en primaria como en bachillerato, presentan serias dificultades para distinguir entre abierta y cerrada tanto en e como en o.

Siguiendo con el plano fonológico, otro caso de no coincidencia entre español y gallego es el representado por la serie de consonantes velares, que en el segundo se reducen a un par de fonemas, concretamente /k/, coincidente con el español, y /g/, que, al menos teóricamente, se corresponderá con las realizaciones de /g/ y /x/ castellanos. Pues bien, la realización como fricativa o aspirada sorda, propia sobre todo del gallego occidental, da lugar al conocido fenómeno de la geada, de modo que muchos hablantes —incluso expresándose en castellano— dirán jato por gato, rejar por regar, ajua por agua, aljo por algo, etc. Ahora bien, dado que la geada es un fenómeno rústico que ha venido recibiendo la condena prácticamente unánime de los gramáticos gallegos, no sólo es comúnmente evitada por los gallegohablantes, sino también por éstos cuando se expresan en castellano. Así pues, la adopción en éste de semejante pronunciación, que implica por cierto la desfonologización de la oposición española g/x, es propia de un castellano rústico, de personas que no se expresan normalmente en la lengua del Estado y, evidentemente, con un nivel cultural muy bajo. Digamos que un español con geada no pasaría de ser considerado más que una muestra del despectivamente denominado castrapo. Y lo mismo, naturalmente, hay que decir de la gueada, que, aunque menos frecuente, no consiste en otra cosa que en la utilización de [g] por ultracorrección, como Gosé por José, guefe por jefe, debago por debajo, y, naturalmente, cónyugue, que, inexplicablemente, se detecta incluso fuera de Galicia, por cónyuge.

Al lado de la geada, que supone, como acabamos de ver, la desfonologización de la oposición g/x en castellano, hay que tener en cuenta asimismo el fenómeno del seseo, propio también, aunque con menos extensión, de la zona más occidental de Galicia y que, usado en castellano, implica la desfonoligización de la oposición s/q. Como es obvio, la utilización del seseo en el castellano de Galicia, es propia tan sólo de la Rías Bajas y, por supuesto, de hablantes relativamente incultos.

Ya en el nivel fónico más concreto, esto es, en el puramente fonético cabe situar otros fenómenos típicos del español de Galicia debidos a influjo del gallego. Me limitaré a señalar unos cuantos que me parecen más sobresalientes, al menos a oídos de hispanohablantes no gallegos:

  1. En relación con el vocalismo hay que notar en primer lugar la tendencia a cerrar excesivamente la vocal átona o en posición final absoluta, pronunciación que, para un castellano, correspondería al campo de dispersión de /u/, circunstancia que lo lleva a interpretarla como u; en realidad, fonéticamente, se trata de una u abierta, que en Galicia se siente, sin embargo, como realización de /o/ cerrada.
  2. Algo semejante hay que decir de la o y e átonas, que por influjo de una ú e í tónicas se cierran especialmente, de modo que muchos hablantes, incluso en castellano, tienden a decir frigurífico por frigorífico, custumbre por costumbre, dicir por decir, visícula por vesícula, etc. Como esta pronunciación se considera a veces un tanto rústica, se produce, sobre todo hablando castellano, el fenómeno contrario, consistente en abrir excesivamente dicha vocal; así, mientras se considera propia de paletos la pronunciación de Coruña con una o muy cerrada (por influjo de la ú acentuada), las personas cultas prefieren generalmente el uso de la o abierta.
  3. Evidentemente, en la pronunciación rústica y vulgar se dan por lo general los mismos fenómenos que en idéntico registro de otras zonas de fuera de Galicia, relativos sobre todo a la vacilación en el timbre de vocales inacentuadas o a la pronunciación relajada y pérdida de pretónicas y postónicas.
  4. Como es bien sabido, muy característica del español hablado en Galicia es la pérdida de ciertas consonantes implosivas, pronunciación que, mientras en el resto de España se siente, salvo excepciones, como característica vulgar, en este caso es utilizada incluso por personas cultas, de modo que, también entre éstas, es frecuente oír reto por recto, sumarino por submarino, astenerse por abstenerse, retil por reptil, etc. Todo lo más a veces puede oírse una consonante muy relajada y, desde luego, mucho menos perceptible que en la pronunciación no gallega.
  5. Finalmente, otra característica digna de reseñarse es la correspondiente a la pronunciación de la -n final absoluta, que tanto en gallego como en castellano presenta siempre carácter velar lo mismo que ocurre, por ejemplo, en andaluz, aunque sin la fuerte nasalización de la vocal anterior que a veces se detecta en este último caso. Esto quiere decir que así como el archifonema del español estándar tiene como realización prototípica —esto es, no influida por la consonante siguiente— una n alveolar, el hablado en Galicia presenta la -n velar, que además en gallego, donde posee idéntica realización, aparece también en posición intervocálica con valor fonológico, o lo que es lo mismo, como representante de un fonema independiente de /n/, /m/ y /ñ/.

Por supuesto todas estas características unidas a la especial y peculiar entonación de que, también por influjo del gallego, es objeto el español hablado en Galicia, configuran el característico acento, cuya valoración por cierto tanto dentro como, sobre todo, fuera de Galicia merecería todo un estudio sociolingüístico que, obviamente, está por hacer. La identificación en general de este acento tanto en la literatura española escrita como oral con personajes ridículos, insignificantes, de escasas luces, torpes e incultos y de una ingenuidad rayana con el retraso mental han llevado a ver este acento como síntoma y hasta expresión de esos mismos defectos, lo que explica que todavía hoy un joven gallego con marcado acento de su tierra tenga serias dificultades —si no está dispuesto a desertar lingüísticamente— para abrirse camino en el mundo de la televisión, del teatro o de la radio. Me pregunto por qué en el contexto peninsular el acento gallego ha de despertar sentimientos tan distintos en comparación, por ejemplo, con el andaluz, identificado más bien con el gracejo, la desenvoltura y lo ingenioso. Son, ciertamente, tópicos; pero que, por desgracia, todavía funcionan y… hacen daño.

6. Características gramaticales

Desde el punto de vista gramatical el español hablado en Galicia presenta también algunas peculiaridades debidas asimismo a interferencias con el gallego, peculiaridades que, desde el punto de vista morfológico, atañen casi exclusivamente al cambio de género en algunos sustantivos, al uso del sufijo diminutivo -iño, al sistema verbal y poco más, y, desde el punto de vista sintáctico, se refieren a ciertas construcciones y clichés tomados, lógicamente, de la lengua autóctona.

Excusado es decir que en gallego existen multitud de sustantivos cuyos equivalentes castellanos poseen un género distinto, lo que lleva fácilmente a la confusión, la cual, evidentemente, presenta muy diversos grados según el nivel cultural del hablante. Así, sustantivos como puente, leche, sal, cal, ubre presentan esta peculiaridad, lo que lleva a algunos hablantes a decir la puente, el leche, el cal o el ubre de la vaca. Cabe destacar especialmente la interpretación generalizada de doble como neutro, en lugar de masculino, en, por ejemplo,

Su marido tiene lo doble de años que ella.

Aunque el sufijo diminutivo -iño no posee en gallego ningún contenido tanto de carácter denotativo como expresivo que no tenga en castellano el equivalente -ito, la fuerza expresiva de aquél es indudablemente mucho mayor que la de éste para un gallegohablante, lo que le lleva a utilizarlo a veces cuando se expresa en español. Como es lógico, el uso es especialmente frecuente en el lenguaje afectivo, muy especialmente entre las mujeres, de modo que, con frecuencia, pueden oírse expresiones como:

¡Ay, hijiña, no te preocupes!
El pobriño no podía con su alma.
Calienta aquí las maniñas
.

No hace falta subrayar que se usa con preferencia en nombres propios de persona e incluso de lugar: Pepiño, Josefiña, Ferroliño.

Los demostrativos este y ese presentan a veces las formas de plural estes y eses, propias del gallego, cuyo uso, en principio restringido al castellano de personas de baja cultura, se encuentra, sin embargo, de vez en cuando en los exámenes de alumnos de bachillerato e incluso universitarios y, es cierto que anormalmente, puede oírse entre personas de formación universitaria. Por otro lado, a propósito del demostrativo aquel, cabe destacar el frecuente uso de la expresión de aquella (<gall. daquela) equivaliendo a ‘entonces’ tanto en su sentido temporal como, a veces, consecutivo o continuativo:

De aquella la gente se divertía más que ahora.

En relación con los pronombres personales, cabe destacar ante todo que en Galicia no existe laísmo ni loísmo y tan solo esporádicamente puede registrarse —casi siempre en la lengua escrita— algún caso de leísmo de persona. Por otro lado, en un nivel lingüístico bajo y, por lo tanto, constituyendo una característica identificada como propia del castrapo, hay que señalar el uso de la forma átona vos, propia del gallego, en lugar de os, en expresiones como:

Vos lo ruego.
Echábavos de menos
.

Más extendido, desde luego, se encuentra el uso del dativo ético del tipo de:

Te estoy muy fastidiado.
No te me vayas sin avisar.
Os ha tenido mucha suerte
.

etc., que se detecta fácilmente en la conversación incluso de personas relativamente cultas.

Y, finalmente, un uso también frecuente es el de las formas del pronombre de tercera persona lo(s), la(s), en lugar del neutro lo, en concordancia con el sujeto, como representantes fóricos del atributo o predicado nominal en expresiones como:

Me pareció ver a Filomena, pero no la era.
Tus niñas cambiaron tanto que no las parecen
.

Un caso típico de interferencia es el que se da en el uso de las formas verbales, interferencia que actúa en los dos sentidos, esto es, en el castellano partiendo del gallego y, a veces, en el gallego partiendo del castellano. Como es sabido, frente a este último, el gallego carece de tiempos compuestos con haber —aun cuando a veces se oyen en boca de muchos hablantes—, lo que determina la tendencia en el español de Galicia a eliminar dichos tiempos, y así los pretéritos perfecto y pluscuamperfecto de indicativo suelen ser sustituidos, respectivamente, por el pretérito perfecto simple o indefinido y el pretérito pluscuamperfecto etimológico en -ra. Por eso lo más frecuente, incluso entre gente relativamente culta, es oír expresiones del tipo:

Esta mañana estuve en el gimnasio.
Me dijo que estuviera en el gimnasio
.

En el subjuntivo, las formas en -ra y -se del imperfecto suelen emplearse como únicas formas de pretérito, tanto para indicar simultaneidad con éste como anterioridad o posterioridad: el subsistema no presenta más que dos posibilidades, cante y cantara o cantase. Así:

No creo que viniera (por haya venido).
No creía que muriera (por hubiera muerto) su amigo.
Quería que lo acompañase.

Un vulgarismo frecuente, sin duda favorecido por el gallego, es el uso de formas como dijistes, vinistes, oístes, propio, lógicamente, de las clases populares, entre las cuales se detecta también esporádicamente la utilización del infinitivo personal, en contextos del tipo:

Celebramos el patrón para estarmos todos juntos.

Este último uso, no obstante, ya se consideraría dentro del ámbito del castrapo, al igual que la sustitución del morfo -mos de primera persona por la variante -nos en formas como decíanos por decíamos, veníanos por veníamos, estábanos por estábamos del imperfecto de indicativo (y también en el condicional: estaríanos, vendríanos).

Siguiendo con los usos del verbo, hay que señalar también la existencia de ciertas perífrasis desconocidas en el español estándar, como, por ejemplo, dar + participio (de carácter terminativo), tener + participio (frecuentativa), estar a + infinitivo (con sentido progresivo o indicando inminencia), en expresiones como

Tiene tanto trabajo que no da hecho. (‘no da abasto’)
Ya te tengo dicho que no hagas eso. (‘te lo he dicho muchas veces’)
Felisa está a venir. (‘está a punto de venir’)

En relación con las partículas cabe destacar, finalmente, el uso de luego con valor consecutivo o continuativo, presente sobre todo en la expresión ¿y luego?, portadora de un sinfín de matices9, junto con el de las preposiciones sobre todo en casos de régimen verbal. Pueden darse varios casos. Se usa distinta preposición que en castellano normativo en quedar de + infinitivo:

Quedó de venir temprano. (en lugar de en)

Se elimina la preposición en otros casos, como en ir (a) + infinitivo:

Voy trabajar toda esta semana en la biblioteca.

O, también, se utiliza preposición en contextos que no admite el estándar:

Este año el Deportivo quedó de segundo en la Liga.
No se dan de cuenta que la vida es muy complicada
.

Es típica la expresión para el año en vez de para el año que viene o para el próximo año:

Mi tío de Montevideo vendrá para el año.

7. Consideraciones en torno al léxico

Es, no obstante, en el nivel léxico donde se producen las mayores interferencias entre gallego y español, y, obviamente, también en las dos direcciones: por una parte el gallego ha recibido un enorme aporte de palabras castellanas —a veces conviven los dos vocablos, gallego y español, aunque con especialización semántica—,10 pero a su vez también, aunque en menor medida, el castellano de Galicia presenta un relativamente amplio vocabulario de galleguismos, de los que por cierto la mayor parte de las veces no son conscientes los hablantes y, cuando lo son, su adopción responde a necesidades expresivas o a desconocimiento de la palabra castellana correspondiente. Evidentemente, el grado de galleguización léxica no es ni mucho menos uniforme, pues depende del lugar y, sobre todo, del nivel cultural de los hablantes y, como es natural, corresponde sobre todo a palabras relacionadas con realidades y aspectos de la vida más específicamente gallegos. El DRAE por cierto recoge parte de este vocabulario, aunque sin duda está pidiendo una profunda revisión en este aspecto.

Así como en relación con los castellanismos del gallego el pueblo no los suele adaptar fonéticamente, sino que los reproduce con los mismos fonemas aunque éstos no existan en la lengua autóctona, no ocurre lo mismo con los galleguismos del castellano, que, por el contrario, pasan con frecuencia por esa adaptación fonética (y morfológica), de modo que tenemos, por ejemplo, silvera (<gall. silveira) ‘seto’, revieja (<gall. rebella por etimología popular) ‘rebelde’, tojo (<gall. toxo) ‘aulaga’, hormiento (<gall. formento) ‘levadura del pan’, birojo (<gall. birollo) ‘bisojo’, jurelo (<gall. xurelo) ‘jurel’. Existen, con todo, múltiples préstamos sin adaptación; pero en ese caso el hablante suele ser consciente del galleguismo, que sin duda mantiene, como he dicho, por razones expresivas o por desconocimiento del correspondiente vocablo castellano: carallada y trapallada ‘tontería’, larpeirada ‘golosina’, larpeiro ‘goloso’, caldeirada ‘guiso de pescado’, carvallo (frente al cast. carvajo) ‘roble’, enxebre ‘típico, castizo’.

El desconocimiento de la palabra castellana se da sobre todo en las nomenclaturas referentes a la fauna y flora, así como también a las herramientas o utensilios del campo, de la pesca e incluso de ciertos oficios. Así, por citar tan solo algunos casos, nombres de árboles y plantas o frutos como pésego y pesegueiro ‘pérsico’ (fruto y árbol, respectivamente), abruño y abruñero o abruñeiro ‘ciruela y ciruelo silvestres’, ameneiro ‘aliso’, aveleira ‘avellano’, taray ‘tamarindo’, cenceno o enceno ‘flor del maíz’, bimbio ‘mimbre’, xesta ‘retama’, etc. Nombres de pájaros como verderol por verderón, peizoque ‘petirrojo’, rula ‘tórtola’, pombo ‘paloma torcaz’, pega ‘urraca’; o de peces como pota o choupa ‘volador’, meiga ‘gallo’, robaliza ‘lubina’, parrocha o xouba ‘sardinilla’, escarapote ‘pez sapo’, mincha ‘bígaro’, y muchos otros cuyo equivalente castellano desconozco yo mismo o, simplemente, no existe (merlón, pancho, liberna, escacho, samartiño, con un gran etcétera). Finalmente, herramientas utilizadas en el campo, muchas de las cuales, por no existir en Castilla, carecen de denominación equivalente a la gallega; así, raño, fouce, sacho, caínzo, apeares, picaña o picaraña ‘pico’, enciño ‘especie de rastrillo’, corripa o tañeira ‘adral del carro’.

No hace falta, sin embargo, acudir al léxico especializado para detectar la presencia de galleguismos léxicos en el castellano de Galicia. Sería prolijo enumerar aquí tan sólo los que se utilizan corrientemente. Me limitaré —y ya para no extenderme más— a tan sólo unos cuantos usados incluso en el habla de personas cultas: colo ‘regazo’, nascarillas ‘fosas nasales’, neno ‘nene’, esmagar ‘chafar, aplastar’, pota ‘olla’, cambota ‘campana de la chimenea’, charamuca ‘chispa’, grima ‘miedo’ y grimar ‘pasar miedo’, perrencha ‘perra o llanto de un niño’, parvo ‘tonto’, levedar ‘fermentar la masa del pan’, corruncho o recuncho ‘esquina, hueco’, trapallada ‘tontería’, escarallar y escangallar ‘estropear’, esbardallar ‘decir tonterías’, bardallas ‘desaliñado’, orvallo ‘lluvia menuda’ y orvallar ‘llover menudo’, guerreiro ‘amigo de guerrear’, peto ‘hucha’, petar ‘dar golpes’, (pan) reseso ‘viejo, duro’ y un gran etcétera. A veces el galleguismo consiste en atribuir un significado especial o distinto del que posee verdaderamente en castellano; así, es frecuente utilizar el verbo sacar por quitar y, al contrario, quitar por sacar; pito además del significado castellano puede ser también ‘polluelo de gallina’ y ‘agüilla que cae de la nariz’, esgarrar ‘echar las flemas’, pocillo ‘tazón pequeño’, etc.

He aquí apenas una pequeñísima muestra de vocabulario que, por las obvias limitaciones de espacio, no puedo ampliar ahora. Es, desde luego, una lástima que nadie hasta este momento se haya preocupado por recogerlo en un diccionario especial de tipo contrastivo en el que apareciesen no sólo las palabras, inexistentes en el español del resto del mundo hispánico, de procedencia claramente gallega, sino también aquéllas que, existiendo en la lengua de Estado, presentan —sea o no por influjo del gallego— algún significado especial o, por lo menos, un uso diferente. Y ya con referencia no sólo al léxico, sino a los otros aspectos diferenciadores del castellano de Galicia, pienso que es hora de que esta variedad merezca, en general, una mayor atención por parte de la dialectología española, centrada más bien en las variedades correspondientes a regiones no bilingües.

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Notas

  • 1. Ver, por ejemplo, M. P. García Negro (1991), p. 92 y ss.Volver
  • 2. Y así, en una encuesta del CIS realizada en octubre de 1998, a la pregunta 32 acerca de cómo debería impartirse la enseñanza básica en Galicia, más del 50 % contestan que la mitad en castellano y la otra mitad en gallego, y sólo un 6,5 y 7,2 %, respectivamente, sostienen que debería utilizarse exclusivamente el castellano o el gallego.Volver
  • 3. Los datos, sin embargo, de esta encuesta son más optimistas en cuanto al conocimiento y utilización del gallego; según ella lo habla el 89,2 %, lo lee el 68,4 % y lo escribe el 52,9 %.Volver
  • 4. Pensemos, por ejemplo, en X. Alonso Montero (1973).Volver
  • 5. Cfr. X. Alonso Montero (1966), p. 323 y ss.Volver
  • 6. Este mismo verano saltaba a la prensa la noticia de que un grupo de intelectuales gallegos había solicitado la oficialización de la forma Galiza, argumentando que ésta aparece en escritos medievales. De prosperar tal petición, no pasaría de ser una restitución que hoy se sentiría como artificial, dada la inexistencia de semejante forma en el habla espontánea; por otro lado se podría contraargumentar que también en escritos medievales aparece la grafía Galicia, que desde luego no es ningún castellanismo.Volver
  • 7. También Texas, pronunciado con prepalatal fricativa, que debería ser Tellas.Volver
  • 8. Me refiero sobre todo a M. Rabanal (1957), Alonso Montero (1966), C. García (1986), C. García y M. Blanco (1998), así como Acín Villa (1996), y N. Vázquez Veiga y C. Fernández Bernárdez (1996), entre otros. Con anterioridad se ocuparon de la cuestión, por ejemplo, E. Álvarez Giménez (1870) y A. Cotarelo Valledor (1927).Volver
  • 9. Véase el trabajo de Vázquez Veiga y Fernández Bernárdez (1996).Volver
  • 10. Es el caso, por ejemplo, de moa ‘muela de afilar’ y muela ‘muela de la dentadura’, pa ‘pala del horno de hacer pan’ y pala ‘pala en general’, castiñeiro ‘castaño como árbol’ y castaño ‘madera de castaño’, etc.Volver