La industria del libro: una mirada desde ChileBernardo Subercaseaux S.

Más allá de compartir la lengua, y frases de buena crianza, la industria del libro en español es un negocio y, como todo negocio, es competitivo y, cuando se da la ocasión, mercantilmente rapaz. La época de oro del libro en Chile fue entre 1935 y 1950, cuando España y Europa pasaban por grandes dificultades y Argentina y México no tenían todavía una política de protección del libro. Editoriales chilenas como Ercilla y Nascimento llegaron a tener sucursales en varios países de América Latina, tradujeron y editaron obras como La montaña mágica de Thomas Mann y, gracias a la guerra, sin permiso y sin pagar derechos de autor.

El paisaje editorial actual es muy diferente: un mercado pequeño y algo deprimido en que la exportación de libros es casi nula, en que el mercado hispanoparlante está copado por industrias que fueron oportunamente favorecidas por políticas públicas de fomento del libro, estoy pensando en España, Argentina, México y, más recientemente, Colombia. Políticas que en nuestro país nunca hubo y para las que es probable que ya sea tarde, pues hoy el horno no está para esos bollos. Como todas las industrias culturales, la del libro se encuentra en la encrucijada de la difícil y compleja relación entre el mercado y la cultura, en tiempos en que el mercado y las gerencias comerciales no le dan importancia a la función cultural y social que la industria debería cumplir.

En el mercado del libro chileno —con un promedio que no alcanza a los 3000 títulos anuales, de los cuales entre 12 % y 14 % son autoediciones (la mayoría de poesía)— ocupan un lugar preponderante cinco o seis filiales de grandes conglomerados transnacionales, de holdings que son producto de compras y fusiones realizadas en las últimas décadas, nos referimos al grupo alemán Bertelsmann que adquirió la propiedad de varias editoriales españolas, europeas y argentinas, y está presente en Chile a través de Random House Mondadori; al grupo Hachette Livre de Francia (que participa en la propiedad de Salvat), al grupo Océano que trae a Salamandra y a Gedisa, y en el campo educativo el grupo Prisa a través de Santillana. En general son filiales que operan con autonomía local pero con un férreo control financiero por parte de la casa matriz, lo que se traduce en altas exigencias de rentabilidad anual. Una de las consecuencias de este modelo de negocios es que las filiales se ven restringidas al ámbito nacional, obligadas en mercados pequeños a publicar libros que sean «sandías caladas», también a tener una fuerte presencia en otras instancias de la cadena del libro, como la distribución y el merchandising. Uno de los resultados más negativos de esta modalidad es la balcanización que se observa en la industria y consumo de libros en América Latina, paradójicamente en circunstancias en que las nuevas tecnologías permitirían como nunca antes un mercado latinoamericano no restringido solo al ámbito nacional. Esta balcanización contrasta con la creciente globalización de los autores más significativos de la literatura latinoamericana actual, como es el caso de Roberto Bolaño, que nace en Chile, se forja en México y triunfa desde España. También del peruano Santiago Roncagliolo. Incluso algunos autores caribeños como el dominicano Junot Díaz escriben en inglés, la lingua franca de la globalización.

Forman también parte del paisaje editorial cuarenta y cinco editoriales independientes asociadas en una agrupación con el mismo nombre, editoriales que publican entre veinte y noventa títulos anuales, son editoriales que se arriesgan publicando géneros que no abordan las editoriales transnacionales como la poesía, el ensayo y estudios académicos. Son editoriales de poca capacidad económica, que a menudo deben entrar en coediciones o recibir algún aporte, empresas que tienen grandes dificultades para cancelar los derechos de autor, pero que sin embargo juegan un rol importante en la difusión de la diversidad creativa y pensante que se da en el país. Hay también unas pocas editoriales nacionales de mayor trayectoria en el tiempo o subvencionadas por universidades, editoriales que no forman parte de la agrupación de Editores Independientes.

Completan el paisaje, y en un signo a mi juicio muy auspicioso, unas cuarenta microeditoriales instaladas en los últimos años. Son microeditoriales porque publican entre uno y quince títulos anuales y, en ocasiones, ninguno. Son autogestionadas por colectivos de jóvenes que no sobrepasan los treinta años, tanto de Santiago como de provincias (difieren en ello del resto de las editoriales que funcionan solo desde la capital). Varias de estas microeditoriales son posibles gracias a la paradójica combinación entre manualidad artesanal y nuevas tecnologías. El día de mañana una imprenta láser será una máquina autosuficiente de uso personal, con costura de pliegos incluida. Son microeditoriales que alimentan su «alternativismo» privilegiando la expresividad estética y social, situándose en las antípodas de la concepción comercial del libro, así lo indican algunos de sus nombres legales: Nutrición para el alma; Simplemente Editores; La polla literaria; Rabiosamente Independientes o Chancacazo y Pantalón Corto.

Producto de las nuevas tecnologías y de las redes sociales estos jóvenes se la juegan por el libro en soporte papel, de hecho se han unido en una agrupación que se llama la Furia del Libro. Respecto a los criterios editoriales, uno de ellos dice «a diferencia de otras editoriales publicamos solo obras que nos apasiona leer»; «nos moviliza la ética del hazlo tú mismo», y no tener que pasar por «la imprenta y por un caballero con los dedos cortados» (Encuentro chileno de Editores Independientes). Las microeditoriales se abren a la diversidad creativa y algunas de sus publicaciones se han alzado con uno de los premios importantes del país. Un fenómeno similar al de las microeditoriales chilenas se está dando, entiendo, en países como Argentina y Perú. ¿Crecerán acaso estas microeditoriales y dejarán de ser lo que son? ¿O desaparecerán quedando solo como un recuerdo de juventud? ¿Conformarán tal vez una red latinoamericana de microeditoriales? Difícil saberlo, solo el tiempo lo dirá, en todo caso se trata de un fenómeno auspicioso y esperanzador en un mercado pequeño y algo deprimido, dominado por las transnacionales y por una concepción predominantemente mercantil del libro (cabe señalar, empero, que las grandes editoriales también publican libros culturalmente valiosos; y las microeditoriales, algunos que pueden no serlo).

Un tema que se discute es el alto precio del libro tanto nacional como importado, se argumenta que Chile es uno de los pocos países en que el libro paga un IVA de 19 %, uno de los más altos del mundo. Se vincula también al alto precio de los libros el crecimiento de la industria de la fotocopia, sobre todo, en las universidades, además, incide el desequilibrio en el comercio internacional particularmente entre España y Latinoamérica. En el año 2004, por ejemplo, según datos del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), España exportó a América Latina 236 millones de dólares en libros mientras que solo importó de la región 7,5 millones de dólares (Panorama de la edición en Iberoamérica). Ello se traduce en que nos encontramos con obras como 2666 de Roberto Bolaño que cuesta en Argentina, donde se la edita con derechos solo para ese país, 23 dólares, mientras en Madrid cuesta 44 dólares y en Santiago 50 dólares, la explicación es que a Chile se la trae desde España (Pablo Slachevsky, 2007).

En la industria del libro sin embargo no hay unanimidad sobre el tema del precio, hay sectores que argumentan que se trata solo de un problema de prioridades, pues en conciertos de Iron Maiden, de Madonna y de Shakira o en partidos internacionales de fútbol se forman largas colas con jóvenes de todos los sectores sociales pagando por una entrada un valor bastante más alto que el costo promedio de un libro.

El mundo del libro, como ha señalado Roger Chartier, no es endogámico y está estrechamente vinculado a otros dos mundos: al mundo del texto y al mundo de la lectura. La industria del calzado tendrá siempre una demanda asegurada puesto que no se puede andar por la vida a pies pelados, pero sí se puede andar por la vida sin leer o casi sin leer libros. En todos los estudios o encuestas de la última década los indicadores muestran una sociedad chilena predominante no lectora (de libros) y desmotivada por esta práctica. Las razones por las cuales no se lee son, según estas encuestas, falta de tiempo y desinterés. Revelan también una muy baja valoración social del libro. Resulta curioso que una encuesta a los sectores medio altos indicó que el lugar en que los hombres leen es de preferencia el baño (Observatorio del Libro y la Lectura), dato revelador sobre el sitial que se le otorga a la lectura, mientras las mujeres lo hacen en el campo y en la playa durante las vacaciones. Las encuestas revelan también un aumento permanente en el uso de Internet y del chateo (Índice de lectura, Fundación La Fuente). La raíz de todos estos males termina siendo siempre, y con razón, las insuficiencias de la educación. Desde esa constatación se apunta entonces al Estado y a la mala formación de profesores.

El Estado chileno en los últimos cuarenta años ha sido en los hechos un agente que por acción u omisión ha favorecido la privatización y mercantilización de la educación en todos sus niveles, jibarizando la educación pública, lo que explica las movilizaciones estudiantiles de los últimos años. Pero con respecto al libro no solo eso: en el período que va de 1973 a 1983 vivimos un régimen de censura previa, incluso en 1984, cuando se levantó la censura, el diario de gobierno cuando se aproximaba la pascua publicó una pieza editorial que quisiera compartir con ustedes:

El acto de regalar un libro —decía el editorialista— tan simple en apariencia, tan inofensivo, envuelve riesgos que no se pueden pasar por alto. No siempre un libro, por el solo hecho de serlo, satisface el propósito ideal que generalmente le suponemos. Porque no siempre resulta un agente confiable de cultura o un recurso no contaminado de salud mental. A veces, más a menudo de lo que quisiéramos, encontramos libros que so pretexto de divulgar situaciones o teorías novedosas desvirtúan el recto juicio de las cosas o ensucian el cauce limpio y natural de la verdad (Editorial La Nación).

Por cierto, hoy en día con las redes sociales y los libros electrónicos esa perla no tendría sentido. Si bien se piensa que los libros en soporte papel viven hoy una situación de crisis (aunque los editores y los escritores siempre han sido habitúes de El Muro de los Lamentos), vivimos, decíamos, un cambio de época en el que los textos virtuales y los libros en soporte electrónico han aumentado exponencialmente. Hay quienes apuestan todas sus fichas a esta transformación. De hecho con los e-books el tema del precio deja de ser un problema, cualquiera que tenga un iPad o un computador puede leer cientos o miles de libros gratis o adquirirlos por 1,99 dólares. Cada vez más algunas editoriales chilenas están armando catálogos paralelos, uno de libros virtuales y otros de libros impresos. En una visita reciente a Chile, Robert Darnton, estudioso del libro y director de la Biblioteca de Harvard, señaló las ventajas que implican las grandes bibliotecas digitalizadas para los estudiantes «los libros digitales permiten [dijo] hacer búsquedas por palabra y así se pueden revisar cientos de libros al mismo tiempo, algo que es imposible con los ejemplares impresos» (El Mercurio). Sin duda, estos cambios son beneficiosos para el público lector y para los estudiantes. En la medida que avanzamos hacia un mayor acceso a las nuevas tecnologías, ellas contribuyen a democratizar el campo de la lectura.

Junto con alegrarse por estas novedades cabe, sin embargo, ser cautos. Hay quienes argumentan que la lectura en formato virtual es en su mayor parte un vitrineo de contenidos desechables, una lectura de escaso aporte cultural. Con respecto a las palabras de Darnton cabe distinguir entre información y conocimiento, que son conceptos que implican prácticas lectoras diferentes. Manejando cien libros al mismo tiempo se puede obtener información, pero no conocimiento. Con respecto al modelo de negocios y a los derechos de autor de los e-books hay todavía mucho que aclarar, es posible que el día de mañana, como ya ocurre con ciertos productos virtuales, los e-books sean utilizados como vitrinas de publicidad. En fin, los que perdimos la virginidad con los libros de papel, tenemos todo el derecho a seguir siendo alguna vez en la vida leales a nuestro primer amor, que en mi caso fue la obra casi completa en papel envejecido y amarillento de Pío Baroja.

Bibliografía

  • Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe, (2007), Panorama de la edición en Ibero América. Bogotá: Biblioteca Digital.
  • Consejo Nacional de la Cultura (2012), Encuentro Chileno de Editoriales Independientes. Propósitos y experiencias. Consejo Nacional de la Cultura: Santiago.
  • El Mercurio (2013), «Las bibliotecas se ajustan a las nuevas formas de estudiar de los alumnos», El Mercurio (13 de septiembre 2013).
  • La Nación (1984), «Página editorial», La Nación (31 de mayo de 1984).
  • Observatorio del Libro y la Lectura (2013), «¿Dónde lees tú?» Informe Encuesta Feria del Libro 2012. Santiago de Chile: Observatorio del Libro y de la Lectura.
  • Slachevsky, P. (2007), «Diversidad y alteridad. El desafío de las industrias culturales en América Latina», en el I Encuentro Internacional Diversos y Alternos: la Gestión Cultural en América (del 27 de febrero al 2 de marzo de 2007).