La batalla por el uso democrático del idioma en InternetLucila Pagliai
Secretaría de Educación Superior. Ministerio de Educación. Buenos Aires (Argentina)

La lengua en Internet: una categoría política

Entrada la década de 1530, Juan de Luis Vives escribió a su amigo Erasmo: «Estamos en tiempos difíciles en que no se puede hablar ni callar sin peligro». Mutatis mutandi en las circunstancias a las que la cita de Vives refiere, lo cierto es que el nuevo paradigma de la sociedad de la información, sustentadora de la globalización de los intercambios y del gran negocio de la economía digital, está corriendo el riesgo de todo pensamiento hegemónico: el de convertirse en único, y como tal, proclive al entusiasmo acrítico de multitudes.

No sería éste el foro para plantear estas cuestiones si no fuera que este nuevo paradigma, basado en tecnologías de la palabra que aseguran la instantaneidad virtual, continua y sin fronteras de las comunicaciones, recolocó a la lengua en el lugar de instrumento privilegiado del cambio tecnológico, social, económico y cultural que todo nuevo paradigma conlleva.

Es en ese marco donde la cuestión de la lengua ha adquirido categoría política: la relación entre el inglés como lengua fundante y hegemónica que circula en la gran telaraña informativa, y la necesidad de expandir el acceso con equidad a otros pueblos y culturas, se ha constituido, por su importancia estratégica, en una cuestión central para los estados que no quieren quedar excluidos del mundo tecnológico digital, casi sinónimo de la noción de futuro.

En los últimos tiempos, no debe haber mensaje de los presidentes a las Cámaras, Proyecto de Ley, propuesta política o artículo periodístico sobre el crecimiento estratégico de una nación en el que la dirigencia de nuestros países no haga referencia al idioma español como herramienta y soporte de cultura que habilita nuevos espacios de integración entre América Latina, la Península Ibérica y Estados Unidos con su creciente población hispanohablante.

La concientización sobre las potencialidades del ingreso a la economía digital a través de la configuración de un «continente virtual del español» es, por lo tanto, una batalla ganada, al menos en el campo de la retórica.

Con la vista puesta en el orden globalizado, se vaticina también que en la década que estamos transcurriendo, tanto los productos culturales de base digital como el turismo serán los sectores de mayor crecimiento: el ocio y el espectáculo atraerán mayores inversiones destinadas a responder a la demanda creciente de una población henchida de superávit para esos menesteres.

Como todo invento generador de un cambio tecnológico, Internet es todavía un producto para elites, como lo fueron en sus momentos iniciales los libros impresos, el teléfono, el automóvil, el avión o los antibióticos. Sólo que ahora se trata de elites masivas —valga la contradicción— nucleadas mayoritariamente en el mundo desarrollado de habla inglesa, que se constituyen como elites a pesar de ser legión, frente a otras legiones aún mayores: las de los «desheredados y desconectados de la tierra».

Lo que agrega dramatismo inusual a la situación actual en relación con desarrollos tecnológicos anteriores, es la velocidad del cambio y el volumen del negocio. Ambos aspectos combinados han introducido dos categorías de efecto perverso en la fase actual del capitalismo occidental, atenazado por índices crecientes de desocupación y economías en crisis: el estigma sobre los no conectados a los que se excluye de futuro; y la rápida obsolescencia de equipos y programas que instala en los conectados la avidez de reemplazos, generalmente innecesarios, en una suerte de vértigo por pertenecer.

Si bien este fenómeno se registra en gran parte de los países del globo, su dramatismo se redobla en los países más desprotegidos y periféricos, portadores de las llamadas economías emergentes, expresión encubridora de la de países sumergidos cuyas sociedades —por vicios propios y ajenos— se ven acosadas por crisis ya estructurales.

Internet es sin duda una herramienta poderosísima en una sociedad que hace de la información y la comunicación su centro: todo aboga a favor de su utilización creciente, reflexiva y racional, también en las sociedades más desprotegidas; y para ello, habrá que ampliar cada vez más la base del acceso democrático con abaratamiento de costos y capacitación sistemática de usuarios apoyados por políticas económicas, de comunicaciones, lingüísticas y culturales acordes.

Pero no será vía Internet que nuestras economías vapuleadas y vulnerables de países emergentes salgan de sus crisis actuales: para hablar de teletrabajo y mercado virtual, primero hay que tener emprendedores que generen puestos de trabajo, no destruirlos; inversores que apuesten al desarrollo sustentable de una nación, no a depredarla; legisladores que legislen con una visión sistémica de la aplicación de sus leyes, no con perspectivas electoralistas o de enriquecimiento personal; funcionarios que crean en la república y el bien común, no en un estado anónimo y providente que está ahí para dilapidar los recursos cuya función es administrar.

Cada imperio impone su lengua: en el mundo hay 380 millones de anglófonos, la mayoría habita en los países más desarrollados del orbe y un alto porcentaje de ellos está conectado a Internet. Como mercado lingüístico, no nos necesitan: están en condiciones de dictar sus leyes, no de aceptar imposiciones para expandirse hacia otras culturas, aunque el negocio sin duda les interese. De los 280 millones de hispanohablantes, 200 están en América Latina, y el español es la segunda lengua del Brasil letrado: ¿cuántos de todos ellos tienen acceso a la Red?, ¿cuántos de todos ellos pueden tan siquiera pensar en Internet?

La potencialidad de una economía digital basada en un continente virtual en español está a la vista, pero seguirá siendo ilusoria mientras la mayor parte de sus ciudadanos no puedan planificar con certeza las condiciones de su cotidianeidad inmediata: dónde vivir, cómo curarse, qué educación dar a sus hijos, cómo sostener a sus mayores. El problema del ocio y el entretenimiento y la búsqueda consecuente de respuestas sociales y económicas rentables son propios de sociedades opulentas.

Sin embargo, no es allí —en el ocio y el entretenimiento ni en los variados intercambios entre particulares— donde hay que mirar el problema del español en Internet, sino en el gran espacio institucional de la educación y la cultura en tanto campo de las políticas públicas.

La lengua en Internet: cuestión pública, cuestión privada

En el Suplemento Informática del 7 de mayo de 2001 del diario de mayor tradición y prestigio en la Argentina y uno de los dos de mayor circulación —me refiero a La Nación de Buenos Aires—, bajo el título «Superfavoritos en la Web» apareció una breve reseña de los cien websites seleccionados por el equipo del Suplemento.

Un rápido análisis de estos sitios promocionados por La Nación como un valioso aporte del diario a sus seguidores internautas, permite sacar al menos dos conclusiones inmediatas: a) de los cien sitios de Internet seleccionados por los periodistas especializados, solo 15 son en español; b) el espectro de temas que ofrecen esos cien sitios apunta mayoritariamente al uso de Internet como recurso de entretenimiento o como semillero de nuevos programas y actualizaciones informáticas. Por orden de magnitud, los periodistas especializados —pertenecientes, insisto, a uno de los órganos de la prensa gráfica de mayor prestigio como formador de opinión— agrupan sus recomendaciones en los siguientes sitios, temas y contenidos:

  • 31 sitios de utilitarios e interfaces: diversos sistemas operativos (11), Internet (7), Software (6), Antivirus (3),Correo electrónico (2), Hardware (2).
  • 20 sitios de Literatura y arte, categoría en la que se incluyen, entre otros, sitios de revistas de ciencia-ficción, de estudios medievales, de la Frick Collection neoyorkina, de Sherlock Holmes, de la banda de rock Génesis, de Richard Wagner o del «Mozart Proyect».
  • 9 sitios de Deportes.
  • 6 sitios de Juegos.
  • 4 sitios de Cine.
  • 3 sitios bajo el rubro Diccionario (para viajeros, de términos profesionales y de varios idiomas, incluido el latín).
  • 3 sitios de Tiempo libre (informes meteorológicos, pesca y salidas en Argentina).
  • 2 sitios cada uno en los rubros Música digital, Espacio y Ciencia y técnica; categoría esta última que incluye las conversiones de pesos, medidas, volumen y temperatura, por una parte, y cómo funciona la radio, la televisión, la locomotora, etc., por la otra.

Para completar los cien sitios seleccionados, a estas categorías se agregan 18 sitios agrupados en el rubro Varios: en él se incluyen desde sitios de anagramas en inglés y cómics del gato Garfield hasta de fotos e informaciones sobre Argentina, pasando por el sitio de clásicos griegos y latinos de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, y uno de comercialización de vehículos deportivos; i. e., la Biblia junto al calefón en la conocida imagen discepoliana.

Buen ejemplo, también este, del fragmentarismo, la variedad y el modo de organización que postulan, ejercen y difunden los usuarios más calificados e influyentes de la Red Lo que, en la línea de lo que Marc Angenot define como «no lugares» de la posmodernidad (los aeropuertos, los supermercados, las autopistas), permitiría considerar a Internet como el «no lugar» de la «no jerarquización».

Antes de retomar la cuestión de la lengua española en Internet, me interesa traer aquí algunos datos —también de la Argentina— provenientes de una encuesta publicitada en agosto de 2001, sobre el universo de los usuarios de Internet que navegan en sus hogares. Esos usuarios —que ascienden a cerca del millón novecientos mil, es decir a poco más del 5 % de la población total del país—, reparten sus preferencias de la siguiente manera:

  • casi la totalidad de ellos se conecta a Internet para acceder a buscadores y portales (1 720 000 usuarios);
  • alrededor del 40 % navega en busca de entretenimientos (775 000 usuarios); un porcentaje apenas menor ingresa a Internet para conectarse con comunidades en línea (los célebres chats y foros de discusión, con 725 000 usuarios), y para obtener información y noticias (705 000 usuarios);
  • cerca del 15 % se interesa por los sitios de compras (275 000 usuarios), mientras que un número un poco menor accede a los sitios que la encuestadora agrupa en el rubro Adultos (211 000 usuarios);
  • menos del 10 % de los usuarios argentinos que se conectan a Internet desde sus hogares (175 000) está interesado en temas vinculados a la educación.

Más adelante volveré sobre esta cuestión al hablar de Internet como herramienta para la educación superior.

Es evidente —y obvio— que el uso mayoritario de la lengua que circula en la red es de índole privada: discutir en ese ámbito la calidad, la cobertura y la pertinencia lingüística sería como haber pretendido reglar el uso del español en las transacciones comerciales tradicionales, en los folletos de promoción, en los libros, en las conversaciones telefónicas, en los epistolarios o en cualquier discusión entre amigos o desconocidos.

La cuestión de la lengua se torna de índole pública cuando interviene el estado o la sociedad civil a través de sus instituciones educativas y culturales. Se trata entonces de una cuestión de política lingüística y cultural: es decir, de decisiones que toma la nación, concretadas a veces en legislaciones que afectan al conjunto de la sociedad (la enseñanza de lenguas extranjeras en los colegios, la utilización pública de términos extranjeros, por ejemplo); o en la adopción de determinadas políticas de promoción en el ámbito de los poderes del Estado (favorecer la difusión de publicaciones educativas en español, exigir la presencia de traductores en actos notariales públicos, organizar portales con eje en la problemática de la lengua, por ejemplo).

Es decir, que intervenir en el ámbito de lo público en la cuestión del uso del español en Internet acarrea los mismos problemas, las mismas vacilaciones y tribulaciones que acarreó hasta el momento ese tipo de intervención en cualquier otro medio masivo de expresión. Igual que lo ha sido hasta ahora con otros medios, también con Internet es en el gran abanico de la educación donde la intervención institucional no sólo es posible, sino necesaria.

Esta posibilidad de intervenir institucionalmente en la cuestión de la lengua a través de la educación conduce a una problemática central para el uso del español en Internet: el origen, la cantidad y la calidad de los contenidos que circulan en la Red.

Los discursos de Internet

Como es sabido, la lengua está hecha de distintos discursos que conforman la realidad: lengua y realidad son elementos inseparables de un continuum en el que se modelizan, articulan y constituyen los diversos lenguajes que circulan en una comunidad, configuradores como conjunto de las marcas de su cultura.

Internet es una herramienta pensada por anglófonos para anglófonos: interactúa sin conflictos con el modo de organizar la realidad de la lengua inglesa, responde a su sintaxis, refleja sus campos semánticos, la expresión de sus matices y sus códigos; en síntesis, es un hecho de la cultura que esa lengua soporta.

Toda comunicación, incluida la informática, está sustentada por un texto de variada complejidad: desde un código de contacto, una orden, una mímica, un icono, un cuadro de diálogo, una explicación o un comentario, hasta un texto literario sofisticado. Todo texto en el sentido de la pragmática del discurso es un proceso semiótico que incluye un yo/tú como sujeto de la enunciación. Todo proceso semiótico, incluida la comunicación informática, se hace posible a través de una mediación (el discurso narrativo, por ejemplo, no existe sin un narrador que lo relata).

Los lenguajes que circulan en las tecnologías de la palabra ofrecen en ese sentido ciertas peculiaridades discursivas que me interesa destacar, tanto en lo que hace a la interfaz del usuario con la máquina como a los registros que estandarizan el lenguaje de los intercambios.

En la pragmática del discurso de las interfaces operativas, la enunciación se plantea en un registro neutro mediatizado por la máquina, situado en el saber inapelable en tanto órdenes, cuadros de diálogo e instrucciones habilitantes, enunciadas por un sujeto anónimo, lejano, difícilmente corporizable, tal vez inexistente, al que el imaginario tiende a confundir con la máquina en tanto vehículo de la mediación.

Así como la lengua literaria da ingreso a distintas voces y discursos, la lengua peculiar de los usuarios de las tecnologías de la palabra, jugada en un espacio de libertad que se postula abierto, vocinglero, incluyente, deliberadamente anárquico y fragmentario, ha dado lugar a un discurso con una fuerte primacía de la voz joven, desenfadada, iniciática que apuesta a un saber diferenciado propio de cofradías, a un intercambio basado por definición en la exclusión de interlocutores, y como tal, proclive al escamoteo ideológico de prescindir de los que no saben, mientras se postula a la vez el uso democrático del instrumento de comunicación.

En lo que hace a los usuarios hispanohablantes de la red, esta dialéctica internauta entre saber y no saber apunta directamente a la cuestión del manejo de la lingua franca y a sus efectos sociales: al constituirse a partir de la frecuentación/no frecuentación más o menos fluida del inglés o de las jergas sobre él construidas, integra a la problemática de la traducción en el conflicto mayor entre pertenencia y exclusión.

Internet como acto de traducción

La traducción constituye un fenómeno y una actividad ligada al intercambio entre los pueblos y, como tal, además de los diversos aspectos técnico-lingüísticos que conlleva, constituye un hecho social, político y cultural. Para George Steiner, todo hecho de lenguaje involucra un proceso de traducción. Para Borges, ningún problema es tan consustancial con las letras como el que propone la traducción. Para Octavio Paz, «aprender a hablar es aprender a traducir; cuando el niño pregunta a su madre por el significado de esta o aquella palabra, lo que realmente le pide es que le traduzca a su lenguaje el término desconocido. La traducción dentro de una lengua no es, en ese sentido, esencialmente distinta de la traducción entre dos lenguas, y la historia de los pueblos repite la experiencia infantil (…)».

Algunos años antes, el lingüista Roman Jakobson había realizado importantes aportes teóricos en la misma línea de algunas de las apreciaciones de paz. Al concepto habitual de traducción entre dos lenguas, Jakobson agregó la noción de traducción «intralingüística» (la explicación, el comentario, es decir, formas de reemplazo de signos de una misma lengua a la que también alude paz); y otra noción de especial significación, la de traducción «intersemiótica», es decir, la transferencia o transmutación de signos de una lengua a un sistema de signos no verbales, que Jakobson, hacia 1960, ejemplifica con las artes plásticas y la música.

Extrapolando este concepto de traducción intersemiótica a las condiciones de productividad de la cultura actual, se abre la posibilidad de ampliar sus alcances a las tecnologías de la palabra, en tanto una de las manifestaciones de mayor dinamismo del polisistema cultural; es decir, que las transmutaciones y transferencias de los signos de una lengua a la complejidad de sistemas verbales y no verbales que conforman esas tecnologías, entrarían en el campo de la traducción intersemiótica.

Con esta visión enriquecida de los alcances de la noción de traducción, puedo avanzar en el abordaje de un hecho que creo central para el análisis de la lengua en Internet: la constitución misma de la red como fenómeno de comunicación se asienta en sucesivos actos de traducción.

Internet ha nacido y se ha expandido a partir del diseño y la puesta en acción de una tecnología de la palabra construida sobre las tres áreas en que Jakobson organiza el campo de los estudios teóricos de la traducción, y que acabo de mencionar:

  • la traducción intersemiótica en tanto proceso de traslación de un sistema de comunicación a otro —del electrónico a los protocolos, del digital al de la lengua inglesa— para establecer y programar sus mecanismos de operatividad y su integración en realidades virtuales cada más complejas;
  • la traducción intralingüística en tanto utilización de las posibilidades que ofrece el propio sistema lingüístico para definir los códigos de acceso, los enlaces, las marcas distintivas que habilitan la comunicación electrónica;
  • la traducción interlingüística, dado que esos mecanismos de operatividad y esos códigos y marcas, pensados y estructurados en el sistema lingüístico del idioma inglés, han sido expandidos en forma creciente hacia contextos culturales no anglófonos.

A partir de esta visión de la constitución de la Red como acto de traducción, no se trata sólo de indagar el aspecto lingüístico aplicativo (cómo se traduce algo), sino de la problemática de la traducción intersemiótica, en tanto pasaje entre varios sistemas diversos, incluida la traducción interlingüística; de las condiciones de traducibilidad de un texto, entendiendo como tal desde una producción escritural compleja hasta un mensaje, un gesto o las opciones y órdenes informáticas; de que la traducción —si bien amplía el horizonte de influencia del idioma original, en este caso, el inglés— es un hecho que modifica el polisistema cultural receptor, es decir, el de la lengua al que se lo traduce, en este caso, el polisistema cultural de la lengua española.

Todo texto —al que llamaremos original sin entrar en la complejidad de esa problemática— se halla inscripto en una tradición cuya receptividad e interpretación —es decir, su traducción— varía de acuerdo con el bagaje personal, social y cultural del traductor en tanto lector/intérprete de ese texto. Vista de este modo, la cuestión de la traducción es mucho más compleja que las dificultades operativas del pasaje de una lengua a otra a través de la gramática y el diccionario: el más simple acto de traducir trasciende ampliamente el plano habitual de las traslaciones lingüísticas para convertirse en vehículo de intermediación entre diversos sistemas y subsistemas.

En el caso del subsistema de los discursos operacionales de Internet, esta simple traslación entre los sistemas lingüísticos del inglés y del español ha atravesado desde el inicio por una complicación adicional: los traductores son ajenos a la problemática de la lengua. Son técnicos en informática, no en comunicación. Sus elecciones, como las de todo traductor —aunque lo sea como el burgués gentilhombre—, están guiadas por razones ideológicas que, en este caso, muestran un sometimiento a las estructuras, repertorios, normas y usos de la cultura tecnológica emisora.

Como todo traductor frente a un texto, también el traductor de las tecnologías de la palabra parte de ciertas «normas iniciales» y fija ciertas «normas operativas», dos categorías establecidas por Gideon Toury para la traducción literaria. Las «normas iniciales» se vinculan a la elección del traductor de situarse privilegiadamente en las normas y relaciones textuales de la lengua original, o en las de la lengua y la cultura receptora, o en una combinación de ambas. Las «normas operativas» se relacionan tanto con el profesionalismo y la conciencia lingüística del traductor como con su imagen del destinatario, y son aquéllas con las que encarará el proceso de traducción: mayor o menor cuidado en el manejo de la lengua, sustitución o literalidad, búsqueda de equivalencias semánticas y rasgos estilísticos, importancia de la claridad expositiva en los discursos instruccionales, etc.

Todo texto traducido —dice también Toury— existe como un «artefacto cultural» que reemplaza al texto «fuente» por una «versión aceptable» en la cultura receptora. En el mundo de habla hispana, la aceptación casi acrítica del repertorio de las traducciones informáticas, generalmente literales —y como tal, oscuras e iniciáticas debido a su pobreza y mala calidad, no a la profundidad de su plurisemia—, se relaciona con una constante en la historia de las lenguas: el prestigio del imperio que la lengua vehiculiza y representa.

Es evidente que, como señala Lefevere con respecto a la primacía de las lenguas coloniales en el siglo xix, las tecnologías de la palabra parecen haber reinstalado un cierto chauvinismo lingüístico, con el inglés como vehículo privilegiado de la Sociedad de la Información y la Comunicación, superior como tal a otras lenguas, en vocabulario, sensibilidad expresiva y riqueza verbal para representar el pensamiento hegemónico del mundo actual, en su versión más dinámica y poderosa.

En su modelo para investigar las presiones ideológicas que circulan en el sistema receptor de las traducciones en lo que hace a las elecciones —qué se traduce— y a los modos de traducir —cómo se traduce—, Lefevere introduce el concepto de «patronato» para designar «todo tipo de fuerza influyente con capacidad de alentar y propagandizar, pero también desalentar, censurar y destruir» esas elecciones. En su modelo —que Lefevere centra en las traducciones literarias—, los «patronos» pueden ser personas que actúan como mecenas, un Estado fuerte, grandes corporaciones, grupos religiosos, partidos políticos dominantes, instituciones públicas y privadas tales como empresas editoriales, fondos de promoción, subsistemas educativos, etc.

En la economía digital, las grandes corporaciones producen mayoritariamente para el mundo de habla inglesa y tienen patronos conocidos; los contenidos están pensados en su lengua y responden a las necesidades dinámicas del desarrollo sustentable y autogestionado de sus sociedades: de ahí su alto grado —inicial y creciente— de amigabilidad, tecnológica, lingüística, cultural y también económica.

Una pregunta inquietante que dejo planteada por su importancia crucial: ¿quiénes ejercen el patronazgo de la traducción al español en Internet y en el enorme mercado del cable y los multimedia?

Internet como herramienta en la educación superior

En el marco de una política de Estado, tres serían los requisitos básicos para no quedar excluido del nuevo mundo tecnológico: llevar terminales de la Red a la mayor cantidad de ciudadanos (es decir, expandir la cobertura de la conectividad); capacitar al mayor número posible de usuarios con eje en la institución educativa o en campañas de educación informal (es decir, expandir la cobertura asegurando la equidad); y democratizar el acceso a la Red a través de políticas que favorezcan la disponibilidad creciente en español de contenidos de calidad, actualizados y funcionales (es decir, aumentar la pertinencia de la Red para los diversos usuarios nacionales).

Para ser verdaderamente democratizadora, esta política de expansión del uso de Internet en nuestros países conlleva la toma de algunas decisiones vinculadas a la lengua en tanto factor privilegiado para su concreción. Dos de estas decisiones se relacionan con la traducción; es decir, con la importancia de disponer en lengua española de traducciones de calidad, realizadas con conciencia lingüística y profesionalismo: tanto de las interfases con la máquina como de materiales de interés producidos en otras lenguas. La tercera decisión es más ambiciosa: se trata de intervenir fuertemente en el negocio de los contenidos; es decir, incrementar la participación de las empresas españolas e hispanoamericanas en la producción de contenidos de calidad, y en la implantación de importantes centros de traducción de multimedios pensados desde y en la cultura de la gran nación hispanohablante.

Siempre me inquietó —por carencia nuestra— el acceso fabuloso, vía Internet, que tiene la gente de habla inglesa a sus grandes bibliotecas, a la compra de libros de todo tipo en ese idioma en inmensas librerías virtuales, semillero, además, de referencias actualizadas para la confección de sofisticadas bibliografías académicas. Lamenté, paralelamente, la falta de información semejante en nuestro idioma, el desconocimiento de nuestra propia producción científica y de divulgación, la relación radial de nuestros académicos con el norte desarrollado a expensas de la construcción de un espacio propio, sinérgico, de fluido intercambio circular. Lamenté, en síntesis, nuestro desinterés por nosotros mismos, nuestra desorganización, nuestra dependencia, la autogestión de nuestro desprestigio.

Pasando vertiginosamente de apocalíptica a integrada, creo, con entusiasmo, que Internet nos brinda en ese aspecto una gran oportunidad: estoy convencida de que, con acordar en conjunto mínimas políticas de información, basadas sobre todo en esfuerzos de coordinación con pequeñas inversiones de apoyo, podemos empezar a cambiar el rumbo.

Dado mi irreductible sesgo personal, pienso en el uso de la lengua en ciertos subsistemas culturales como las universidades, la actividad científica y sus apoyos logísticos; en la producción de trabajos y en la circulación de la información en los ámbitos académicos. Pienso, en síntesis, en la democratización del uso, para los integrantes de nuestra cultura, de aquella Internet básica, fundante, de los años 70, relanzada ahora como Internet 2, nueva herramienta poderosísima de la Sociedad de la Información y la Comunicación en sus niveles más sofisticados, pensada y estructurada —una vez más— desde y con la lengua inglesa para el desarrollo académico y científico del mundo anglófono.

Para acceder a las ventajas e intervenir como hispanohablantes en la dinámica de ambas Internet, hay un camino de dos vías: producir y traducir con calidad. Como es sabido, la lengua tiene un valor de uso y un valor de cambio, ligado este último al prestigio intelectual y social de la cultura de la cual es portadora: cuanto más valiosa, ponderada, confiable e instrumental —para propios y ajenos— sea la información en español que circula en Internet, más serán los usuarios calificados, mayor el impacto de nuestro idioma y más amplia la irradicación prestigiada de nuestras diversas riquezas culturales.

El mundo científico y académico tiene entre sus funciones primordiales emprender búsquedas inciertas, transitar senderos desconocidos, tentar nuevas vías y abrir caminos con miras a correr las fronteras del conocimiento. La incertidumbre permanente que esa función conlleva es razón y motor de las investigaciones y creaciones que allí se producen; es decir, lo contrario de la incerteza y el desasosiego estéril que provoca en sus integrantes perderse en el marasmo de la no jerarquización de los contenidos de una telaraña cibernética pensada para el ocio y el entretenimiento. El usuario académico de Internet ingresa una vez a un portal, no lo encuentra adecuado y simplemente no ingresa más.

De ahí la importancia de contar con portales institucionales en español claramente organizados, sin ofertas ni piruetas tecnológicas distractivas e innecesarias, con propuestas de rutas conducentes a sitios y enlaces que constituyan una fuente de contenidos de calidad, actualizados y funcionales a los intereses específicos del especialista, del investigador, del profesor o del estudiante universitario devenido en internauta.

La difusión de la producción académica en español: tres propuestas inmediatas

Después de todo lo expuesto a lo largo de este trabajo, es probable que las propuestas para la acción que voy a plantear aquí despierten ecos del comentario irónico que Horacio hace en su poética sobre los malos poetas altisonantes: los montes han estado de parto y ha nacido un ridículo ratoncillo.

Las líneas que propongo se concretan en acciones ya clásicas: no se trata tanto de innovar sino de trasladar críticamente a nuestro terreno prácticas conocidas que nos favorezcan. En ese marco, tres son las acciones inmediatas que propongo iniciar, profundizar o potenciar, según los casos y el estado del arte en la diversidad de nuestros países:

  1. La gran librería académica virtual.
  2. La biblioteca de las tesis defendidas.
  3. Los Observatorios de la lengua española en Internet.

1. La librería académica virtual

La producción académica iberoamericana merece tener su gran librería virtual, facilitadora de nuevos contactos y eventuales intercambios con los pares, semillero de búsquedas bibliográficas actualizadas con posibilidad de realizar adquisiciones vía Internet.

Toda universidad que se precie acaba por generar su propia editorial. A través de su sello se publica la producción de sus claustros y también la bibliografía (original o traducida) que allí se utiliza. La mayoría de estas editoriales publican revistas especializadas que recogen en números monográficos o misceláneos los artículos elaborados por el cuerpo docente, muchos de ellos provenientes de congresos nacionales o internacionales organizados por las distintas unidades académicas de la universidad.

Dependiendo de la universidad y del prestigio de su editorial, acceder a las publicaciones más allá del ámbito físico de la universidad es, en muchos casos, un acto de militancia. En el espacio Mercosur, podría tal vez mencionarse como ejemplos de excepciones relativas a la Editorial de la Universidad de Buenos Aires, a la Editorial de la Universidad de la República del Uruguay, o a la Editorial de la Universidad de São Paulo, que disponen de puntos de venta propios y circuitos de distribución, lo que hace que sus publicaciones se encuentren, probablemente, en otros lugares del país, además de en los locales de la universidad.

Mucha de esa literatura, especialmente la que aparece en las publicaciones periódicas, incluye resultados de investigaciones y aporta reflexiones interesantes, especialmente en las áreas de las ciencias sociales y de los estudios culturales relacionados con problemáticas regionales; y en el área de la innovación tecnológica aplicada a la resolución creativa de problemas de alcance local y regional, potencialmente transferibles a otras realidades con problemáticas semejantes. En esa línea me parece importante hacer una observación: por vocación y tradición, la investigación científica básica tiende a la universalidad y a difundir sus aportes en la lingua franca, de acceso fluido a los circuitos de reconocimiento internacional; de ahí que dependan menos de las editoriales universitarias o no las privilegien para la difusión de sus trabajos.

Sólo en el ámbito del Mercosur hay 111 universidades de gestión pública: 37 en Argentina, 72 en Brasil, 1 —la Universidad de Asunción— en Paraguay, y también 1 en Uruguay, la Universidad de la República con varias sedes de peso en el interior del país. Aunque sin duda de calidad e importancia diversa, la mayoría de ellas tiene editoriales universitarias y no pocas poseen un fondo bibliográfico diversificado y actualizado en distintas áreas del conocimiento. Se podría aventurar que en un cuarto de estas instituciones (es decir, alrededor de 30 universidades) se genera gran parte de la investigación académica y la producción científica de alto nivel de Sudamérica.

Numerosas editoriales universitarias de las universidades públicas de Iberoamérica ofrecen la posibilidad de comprar vía Internet. Sin embargo, llegar actualmente en la Red a estas editoriales requiere emprender, al menos en la Argentina, casi una investigación cibernética: por lo general, el ingreso al sitio correspondiente se hace vía la página institucional de cada universidad, que su webmaster organiza según le plazca; la búsqueda por «editoriales universitarias» conduce a una página con información incompleta y no actualizada; si la visita se intenta por el nombre de la editorial, hay que conocerlo previamente porque no todas se llaman como la universidad. Y, obviamente, una vez que se llega al sitio buscado, cada editorial ha organizado y promueve los contenidos de su fondo editorial de manera diversa. Por lo general, esta información incluye sólo el título de las revistas académicas que integran el fondo editorial y no sus índices desplegados, lo que impide tener acceso al tipo de publicación donde se vuelcan los trabajos más originales y el estado del arte de las investigaciones en curso.

Para comenzar, propongo una tarea simple y viable: armar en nuestros países, con las publicaciones de nuestras editoriales universitarias —incluidas las revistas desplegadas—, una base de datos referencial con recuperaciones por grandes áreas del conocimiento, temas, tipo de publicación, autor, título, editorial, año y lugar de edición. Se trata, por lo tanto, de reorganizar y volver dinámica la información de la cual ya se dispone en compartimientos estancos. Para ello, cada país interesado —en interacción con su comunidad académica— definirá los contenidos de la base y un sitio institucional como coordinador primario de acceso a la información. Por tratarse de un trabajo tendiente a aprovechar y potenciar esfuerzos institucionales, el diseño de la base habilitará al usuario a visitar los sitios de las respectivas editoriales universitarias, para buscar información más pormenorizada, acceder a los abstracts de las publicaciones y eventualmente encarar allí su compra vía Internet.

Sobre esta idea simple y conocida estamos trabajando actualmente en la Argentina desde la Secretaría de Educación Superior del Ministerio de Educación con la Gerencia de Contenidos del portal educ.ar para integrar en esta propuesta a las editoriales de las universidades nacionales primero, extendiéndola luego a aquellas universidades privadas con trayectoria académica y científica de probada calidad. Seguramente no todas las universidades invitadas querrán o estarán en condiciones de participar: validados con los actores el alcance y el diseño de la propuesta, comenzaremos tal vez con un núcleo duro de editoriales universitarias argentinas, al que se irán sumando el resto en la medida de sus posibilidades y de su interés. Paralelamente habrá que proponer a los países hispanoamericanos, a España, a Brasil y a Portugal la integración de sus editoriales universitarias en una propuesta semejante —si es que ya no la tienen—, ampliando paulatinamente los enlaces hasta llegar a constituir una gran librería académica virtual con la producción genuina de nuestras universidades y traducciones de envergadura que se manejan en sus claustros.

Se trata de apoyar la labor de las universidades con los instrumentos de que dispone el Estado, utilizando a Internet como herramienta privilegiada. Como ya he dicho, la tarea que proponemos a las universidades desde la Secretaría de Educación Superior apunta a lograr una fuerte sinergia institucional; deja en manos de cada editorial universitaria la responsabilidad de poner a disposición de los usuarios los materiales de su fondo editorial de acuerdo con el diseño de la base previamente consensuado; y toma a educ.ar como plataforma tecnológica de la «Librería académica virtual», lo que permite abaratar costos y agilizar el servicio, al mismo tiempo que ofrece a los anunciantes potenciales —librerías y editoriales comerciales— la visita fluida y constante de un público con el perfil adecuado a sus productos.

En ese sentido, me interesa destacar algunos datos del portal educ.ar, inaugurado hace poco menos de un año por el Ministerio de Educación de la República Argentina, constituido por tres Secretarías de Estado: la Secretaría de Educación Básica, la Secretaría de Educación Superior y la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación productiva. Los datos son a junio de 2001, corresponden sólo a los usuarios registrados y están sesgados hacia los ingresos provenientes del sector de la educación superior, es decir, de universidades y de institutos terciarios.

En tabla 1 se consigna la cantidad de visitas realizadas entre septiembre 2000 y junio 2001, a las portadas de educ.ar y de la Secretaría de Educación Superior/SES (estos datos no incluyen los usuarios que ingresan a otras secciones por la barra de navegación izquierda).

Tabla 1: Visitas a las portadas de educ.ar y de la SES.
Mes Portada educ.ar Portada SES
Septiembre 135 237 24 100
Octubre 101 405 13 935
Noviembre 88 755 11 743
Diciembre 65 199 7823
Enero 87 115 10 714
Febrero 94 032 13 540
Marzo 105 569 12 781
Abril 98 085 9510
Mayo 108 367 9327
Junio 109 458 9696
Total 1 013 222 123 169

Según datos de mayo de 2001, el rango mayoritario de edades de visitantes de educ.ar se sitúa entre los 21 y 50 años, con énfasis en la década de los 30 años; lo que inclinaría a pensar que el mayor interés por el portal se daría especialmente entre los docentes y estudiantes universitarios, y en menor medida entre los docentes primarios y secundarios: para el mismo período, las visitas al portal desde las escuelas fue de 86 783 visitas, frente a las 123 169 desde la página de la Secretaría de Educación Superior, de consulta frecuente por parte de los distintos estamentos de las universidades (autoridades, docentes, investigadores, estudiantes).

En la tabla 2 se muestra el porcentaje de usuarios de educ.ar provenientes de Argentina y de otros países.

Tabla 2: Porcentaje de usuarios de educ.ar provenientes de Argentina y de otros países.
País Porcentaje
Argentina 54,30 %
España 2,0 %
México 0,84 %
Uruguay 0,32 %
Colombia 0,22 %
Brasil 0,20 %
Chile 0,17 %
Estados Unidos 0,13 %
Perú 0,09 %
Venezuela, Francia y Canadá 0,06 %
Israel, Alemania y Reino Unido 0,05 %
Suiza, Italia, Holanda, Paraguay, Japón, Bolivia,
 Rep. Dominicana, Portugal y Suecia.
0,02 %
Origen desconocido 27,08 %

En el ámbito académico de nuestros países, los recursos tecnológicos existen, y los contactos vía la Red también, aunque son todavía esporádicos, infrecuentes y con objetivos difusos. Sólo nos falta incrementarlos incorporando a la red información útil, ponderada, confiable, sistematizada, accesible y amigable. El resto es una cuestión de tecnología informática conocida, de firmar o de poner en funcionamiento convenios interinstitucionales ya firmados; pero, sobre todo, es una cuestión de voluntad política para sumarse a este o a otro proyecto mejorado que responda a los mismos objetivos: difundir y promover en su propia lengua, la producción académica y científica de nuestros recursos humanos más calificados.

2. La biblioteca de tesis en Internet

Un trabajo de tesis —fruto de un proyecto de investigación original— se discute con el tutor en sus varias versiones hasta llegar al texto definitivo, se presenta al jurado y se defiende, se aprueba con más o menos honores y se entrega un ejemplar a la biblioteca de la unidad académica respectiva. Con los hallazgos y conclusiones de las tesis se redactan papers para ser presentados en congresos o publicados en revistas especializadas; y a veces, según el área académica a la que pertenezca la tesis, después de un tiempo se publica como libro, generalmente luego de un proceso de reescritura y actualización.

Después de tanto esfuerzo personal, institucional y social, en el tiempo que transcurre entre la defensa y la publicación de sus subproductos, el trabajo de tesis como tal ha pasado a integrar la categoría imprecisa de literatura gris, término contradictorio que designa, al mismo tiempo, el lugar por donde circula el conocimiento de punta, el pensamiento haciéndose y un trabajo intelectual no difundido sin una data bibliográfica que lo garantice y ubique.

Es en ese espacio de categoría imprecisa donde Internet aparece como la herramienta ideal para que esos trabajos de tesis —principalmente de doctorado y eventualmente de maestría— puedan ser consultados por los interesados. Para ello, habrá que definir, explicitar y consensuar las condiciones de inclusión de las tesis en la red de acuerdo con parámetros habituales de la comunidad científica; y establecer los acuerdos legales con los autores y con sus universidades.

Para cerrar el esbozo de esta propuesta, diría que el objetivo principal de esta biblioteca de tesis en Internet es conocernos para darnos a conocer: además del instrumento natural de comunicación de los académicos y científicos del mundo hispánico, el español es en el Brasil, según palabras de Antonio Cândido, una «lengua de cultura»; en los Estados Unidos el 60 % de sus universitarios elige al español como lengua extranjera; y si los contenidos son valiosos —insisto en que ése es el eje para acrecentar la presencia del español en Internet— el resto de los europeos también nos leerá.

3. Los Observatorios del español en Internet

Otorgar un premio, distinción, certificación o acreditación conlleva decisiones políticas específicas, esfuerzos organizativos, recursos materiales, y no pocas críticas y desacuerdos cuya envergadura pública es directamente proporcional al prestigio de la institución convocante. Sin embargo, nadie duda de la capacidad movilizadora y de promoción institucional de un premio bien publicitado, capacidad que se ve actualmente potenciada por la Sociedad de la Comunicación y la Información, tan afecta a la noticia como espectáculo.

Como ya he dicho, el uso mayoritario de la lengua que circula en la Red es de índole privada. Para delinear una política lingüística y cultural que fomente en la Red el uso adecuado de la lengua española respetando su diversidad, sería interesante crear en los países de habla hispana —si es que no existen con ese u otro nombre— un Observatorio de la lengua en Internet, dependiente de la institución que cada estado crea adecuada.

Además de las tareas que se les decida encomendar, una de las funciones que imagino para ese Observatorio es convocar periódicamente a los sitios institucionales de Internet de su país a inscribirse voluntariamente en una suerte de registro de control de calidad de la lengua, para obtener del Observatorio algo así como un Certificado de buen uso del español correspondiente al año de la convocatoria.

Sólo la experiencia y la práctica dirán si esta actividad del Observatorio —estratégicamente inserta en el diálogo entre productores de contenidos en español y usuarios hispanohablantes de Internet— resultará efectiva o será incluso viable: puede que nadie se presente a la convocatoria, puede que las presentaciones sean irrelevantes o impertinentes, puede que este tipo de certificación relacionada con el uso de la lengua no resulte atractiva para los actores involucrados. Sin embargo, de ser exitosa, es de esperar que la presentación voluntaria y el acceso de los proveedores de información a esta suerte de norma ISO de la lengua prestigiará al portal frente a sus usuarios, inducirá a otros a presentarse, y acabará por incrementar en la Red la conciencia lingüística; y si se instala esta conciencia, con ella aumentará la cantidad de páginas escritas en buen español, base indispensable para la democratización del uso de Internet por parte del usuario hispanohablante. En las tecnologías de la palabra, los galimatías dificultan y entorpecen el principio de equidad.

Un último comentario con respecto a la propuesta de los Observatorios nacionales del idioma en Internet. La calidad es una noción socialmente construida, también para el uso diverso de una lengua descentrada como la española: es en ese marco donde cada uno de los países hispanoparlantes, en función de su propia historia, de la dinámica de su cultura y de las circunstancias de su actualidad, viene resolviendo de manera autónoma y peculiar la tensión innovación/conservación, integración/rechazo que la ofensiva lingüística de Internet está imponiendo a su idioma y a las especificidades de su cultura.

Internet: ¿una nueva forma de decir la realidad?

Para concluir quiero retomar el tema de la traducción para plantear otra cuestión que me parece central en relación con Internet como fenómeno lingüístico.

El primer traductor registrado históricamente es Livio Andrónico, traductor de La Odisea de Homero al latín, en el siglo ii a. C.; con esto, produjo dos hechos sobresalientes en la tradición occidental: legitimó la presencia extranjera como fenómeno cultural e inauguró la literatura latina, aportando a su cultura la épica, género de los vencidos que los vencedores desconocían hasta entonces.

En una situación en espejo, se podría decir que Internet, en tanto hecho de comunicación generado en el polisistema cultural y lingüístico de los vencedores actuales, continúa testimoniando la presencia de lo extranjero en las culturas receptoras no anglófonas. En esa línea, la traducción aparecería entonces como un vehículo de cultura que conlleva un modo legítimo de apropiación.

Cabe entonces ir más allá de la problemática inmediata de la lengua española en las tecnologías de la palabra, y marchando hacia otras líneas de indagación, preguntarse si los lenguajes que circulan actualmente en Internet alcanzarán, en el caso de nuestro idioma, para incorporar —como sucedió con la épica griega en la cultura latina o con las traducciones de Averroes en la Europa medieval— una nueva forma de pensar y decir la realidad; si esos lenguajes de Internet alcanzarán para renovar la cultura produciendo a través de transformaciones inventadas, recreadas o metabolizadas a partir del contacto con el universo de la lengua otra; si, como sucede con la ruptura poética, ese contacto con las formas de comunicación trasgresoras que proponen los lenguajes de Internet alcanzará para dislocar, desfamiliarizar la propia lengua española —una y diversa— al punto de habilitar, en las culturas que sustenta, nuevas formas de creación.

Trasladado al conjunto de las culturas del planeta, es en este desafío planteado al corazón del lenguaje, donde la Sociedad de la Información y la Comunicación jugará en la historia su destino manifiesto: haber sido el último gran gesto manierista de la modernidad o la ecuación actual de una verdadera revolución, la marca augural de una nueva era.

Bibliografía

  • Borges, Jorge Luis (1932). «Las versiones homéricas», Discusión. Obras completas, Buenos Aires, 1972.
  • Jakobson, Roman (1959). «On Linguistics aspects of Translation», en Reuben A. Brower (ed.), On Translation. Cambridge, Mass., Harvard University Press.
  • Lefevere, André (1982). «Literary Theory and Translated Literatures», Dispositio. Revista Hispánica de semiótica literaria, University of Michigan, vol. VII, 19, 20, 21 (número monográfico: «The Art and Science of Translation»).
  • Paz, Octavio (1971). Traducción, literatura y literalidad. Barcelona, Tusquets, 3.ª ed., 1990.
  • Romano-Sued, Susana (1995). La diáspora de la escritura. Una poética de la traducción poética. Córdoba (Argentina), Editorial Alfa.
  • Steiner, George (1975). After Babel. London, Oxford University Press.
  • Toury, Gideon (1980). In search of a Theory of Translation. Tel Aviv, The Porter Institute for Poetics and Semiotics.