Apuntes sobre el español y la Sociedad de la InformaciónAlejandro Rossi

I.

La comunidad científica mundial requiere de una lengua común para discutir, presentar resultados y publicarlos. La lengua hegemónica suele ser la de aquellos países dominantes en la producción de ciencia. Normalmente también lo son en las esferas políticas y económicas. En estas disciplinas la lengua indispensable es el inglés, no el español; lo cual no excluye, por supuesto, la tarea de adaptar el español al lenguaje científico moderno. Así lo exige la enseñanza y la difusión de la ciencia en los países de lengua española. De este modo, además, se propicia que la lengua común se entrelace lo más posible con la cultura científica. Si ya padecemos un alejamiento indebido entre cultura científica y humanística, la separación lingüística la agravaría aún más. Evitar en lo posible mundos paralelos. Hacer, pues, un esfuerzo para que la ciencia moderna entre nosotros hable en español.

II.

En literatura no se busca una lengua universal. No hay ningún intento o propósito de resucitar una suerte de latín moderno. Casi todos queremos escribir literatura en nuestro idioma. No hacerlo equivale a abandonar un universo de sonidos y memorias compartidos. Es dejar un delicadísimo instrumento con el que se ejecutan músicas únicas. El escritor necesita una patria lingüística, el científico no. Como siempre, hay excepciones gloriosas.

Nuestra lengua hoy día es maravillosamente múltiple y las maneras de escribir literatura son variadísimas. Es de una gran riqueza. Los ejemplos sobran: la lengua de Onetti no es la de García Márquez, que tampoco es igual a la de Rulfo, la cual, a su vez, está muy alejada, digamos, de la Bioy Casares. Nada más diferente que la escritura de Borges y Baroja.

En nuestra literatura hay actualmente un babelismo sano, efecto en parte de una utilización mayor y artísticamente superior de las hablas de las diferentes regiones y países. Me refiero, en especial, a la ficción. El escritor hispanoamericano, por ejemplo, no piensa ya que su única alternativa es un lenguaje neutro, de tono áulico, especie de español estándar. Nuestro mayor desafío, en realidad, es mantener la balanza entre la variedad lingüística de las diversas comunidades y una lengua común que nos permita leernos los unos a los otros. Estamos, así, en una situación muy distinta a aquella en la que se postulaba una metrópolis lingüística rodeada de hablantes torpes y vacilantes. Una forma ésta de ver las cosas que propició lenguajes literarios imitativos de un casticismo esencial. Hoy en día esos libros son objeto más de asombro que de lectura. Por suerte hemos cambiado: ahora celebramos como una riqueza lo que antes juzgábamos un defecto.

III.

El español en el siglo xx, más que proponer o inventar una terminología filosófica, ha adoptado y traducido la de otras lenguas. Convendría hacer una mínima distinción entre adoptar y traducir: adoptar supone, claro está, la traducción, pero implica una mayor circulación dentro del lenguaje común.

Recordaré algunos episodios de traducciones filosóficas en nuestra lengua.

Las traducciones promovidas antes y durante la aparición de la Revista de Occidente. Ortega y Gasset es, por supuesto, el gran animador. El ejecutante mayor me parece que fue Manuel García Morente, traductor él mismo y maestro de otros en este difícil oficio. El español filosófico se moderniza. En un doble sentido: no sólo vierte al español la filosofía moderna, sino que cambia la manera de escribir filosofía en nuestra lengua. La escritura de Ortega, tan propia, es imitada más por escritores y ensayistas que por los filósofos profesionales, más influidos, repito, por las traducciones promovidas por él. Situación curiosa e interesante. Si de ese período tuviese que elegir una traducción paradigmática, sería Las investigaciones lógicas de E. Husserl, realizada por Manuel García Morente y José Gaos.

El segundo momento de innovación lingüística a través de la traducción es el que llevó a cabo en México el Fondo de Cultura Económica y la editorial Losada en Argentina. En cierto modo continúan —más el Fondo de Cultura Económica, tal vez— el proyecto de la Revista de Occidente. La gran mayoría son traductores españoles republicanos, los refugiados, los transterrados. La traducción ejemplar de ese periodo sería El Ser y el Tiempo del benemérito José Gaos.

El tercer momento al que me referiré es el que corresponde a la filosofía analítica. Los tres países promotores de las traducciones de esta amplia corriente son España, México y Argentina. Las traducciones emblemáticas son, a mí modo de ver, las siguientes: El concepto de lo mental de Gilbert Ryle hecha por Eduardo Rabossi (Argentina) y las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein por Alfonso García Suárez y Ulises Moulines (México-España).

En una historia de la traducción en el siglo xx, habría que mencionar las del archipiélago marxista y las de la escuela de Frankfurt. Nuestros esforzados traductores de filosofía son, en buena medida, una de las causas de la buena salud de la filosofía contemporánea escrita en español.

Es necesario —ignoro si ya existe— escribir un trabajo a fondo sobre nuestros traductores, cuando menos los del siglo xx. Son esenciales no sólo para comprender nuestra cultura, sino, también nuestra escritura. Las traducciones han sido esenciales en la formación de nuestros escritores. Piénsese —apenas un ejemplo entre tantos— en la versión de Borges de Bartleby y de las Palmeras salvajes.