Julio Schvartzman

La gauchesca y las fronteras de la lenguaJulio Schvartzman
Universidad de Buenos Aires (Argentina)

En 1777, un letrado colonial, Juan Baltazar Maziel, escribe (según atribuciones aceptables) un romance cuyo primer verso se adelanta en un siglo al comienzo del Martín Fierro: «Aquí me pongo a cantar». La composición, que merece considerarse inicial o precursora de la gauchesca, fue el experimento, entre apologético y divertido, a través del cual Maziel —abogado, sacerdote, catedrático de filosofía y latín, más tarde primer regente del Colegio de San Carlos fundado por Vértiz, orador sagrado, funcionario estatal y eclesiástico— decidió saludar las victorias militares sobre los portugueses, en Santa Catarina y Colonia del Sacramento, del flamante virrey Pedro de Cevallos. Cevallos había llegado a América con la flota más poderosa que la Corona hubiera enviado hasta entonces a estas tierras y su exitosa campaña, interrumpida por el Tratado de San Ildefonso, precedió inmediatamente a la sanción del estatuto definitivo para el Virreinato del Río de la Plata.

Cevallos fue objeto (entre otros, por el mismo Maziel) de una serie de rimados homenajes cortesanos en clave neoclásica que han ido cayendo, paulatinamente, de las antologías. Sobrevive, paradójicamente, el menos canónico, el menos presentable en términos de una sociabilidad virreinal, el más disruptivo: «Canta un guaso en estilo campestre los triunfos del Excmo. Señor Don Pedro de Cevallos», aquel que empezaba con el emblemático «Aquí me pongo a cantar». En él se encuentra plantado, por primera vez, el pacto fundante de la gauchesca: que lo que se lee se acepte como la versión escrita e impresa de lo que un gaucho dice o canta.

En la gran biblioteca privada de Maziel, una de las más importantes de la colonia rioplatense, no faltaba Voltaire ni otra bibliografía moderna, «y esto podría explicarnos —infiere Ricardo Rojas en Los gauchescos, primer tramo de su extensa Historia de la literatura argentina— por qué salieron tantos libertadores de aquel Colegio Carolino que tuviera a Maziel por cancelario». 1 También podría explicarnos la frescura y desinhibición con que el letrado colonial decidió que había una vía alternativa para encarecer las victorias de Cevallos: dejar que su encomio corriera por cuenta de una voz baja, de un pobre de la campaña, un gaucho, personaje emergente de las vaquerías de las pampas y cuchillas de ambas orillas del Plata y del sur del Brasil, de cuya existencia se tienen, por esos años, los primeros testimonios históricos.

La trascendencia poética y política de esta decisión es difícil de exagerar. Supuso postular una interlocución plebeya en un ámbito imaginario que la excluía. La invención de la puesta en voz de guaso del elogio al virrey era a la vez previsible e insólita. Insólita: no había antecedente alguno de ese desbaratamiento de jerarquías de enunciación, así se lo hubiese puesto al servicio de confirmar las jerarquías socioculturales y preservar la distancia entre ellas. Previsible: la presencia de sujetos sociales plebeyos, diferenciados, visibles y audibles ponía a disposición de quien estuviera dispuesto a empuñarla una herramienta poderosa para mirar el mundo colonial con otros ojos y para decirlo con otra voz. Pero solo la decisión de apropiársela dejaba al descubierto esa disponibilidad. No bastaba ponerse a cantar allí: era preciso dar un paso más e instaurar un cuerpo imaginado que, remitiendo a otros cuerpos que trabajaban, peleaban y cantaban, dijera, en la voz de las letras y en la voz que esas letras evocaban, «Aquí me pongo a cantar».

En cierto momento, el guaso exclama, admirado: «Hé de puja el caballero» y Rojas lee muy bien, allí, la tranformación fonética pudorosa pero fuertemente indicial del «hideputa cervantesco, el hijuepucha de los payadores que vinieron después». El mecanismo antifrástico es claro: se menta a la madre en intención opuesta a la injuria; se diría encomio hiperbólico, y Francisco de Paula Castañeda, brillante y desaforado gacetero de los años veinte del siglo xix, con su refinada escucha, lo entendió claramente. En uno de sus múltiples periódicos, Doña María Retazos, Castañeda inventa aviesamente una carta que el caudillo entrerriano Francisco Ramírez, desde un improbable «Cuartel General de la Montonera», habría dirigido a la ficcional Doña, redactora y emblema del periódico. En su número 2, del 13 de mayo de 1821, se lee: «Escriba vmd. con satisfacción, pues aquí [es decir, entre los gauchos] tiene mucho partido, y hay muchos que la putean, que es señal de mucho cariño entre nosotros» (Castañeda: 79).

Pero el pacto que la composición establece entre el guaso y el virrey se basa en la afirmación lingüística de la identidad del cantor, que asume su «vena silvestre y guasa». Afirmación que requiere, para funcionar, la construcción de una alteridad frente a la cual el pacto cobra sentido: el portugués. Por un lado, se trata de estereotipar ciertos caracteres definitorios del temperamento enemigo, fustigando como «come vacas» sus prácticas de contrabando y vaquerías en la Banda Oriental, y dando un paso más, hacia la mancha de canibalismo tupí, en el «come gentes» (como si, por otra parte, no pudieran señalarse ambos rasgos del lado de la frontera desde el que escribe Maziel y gobierna Cevallos). Pero hay algo más, apenas una tenue sugerencia diferencial en la composición de Maziel, y es el lento desliz hacia el habla del otro, cuando en el español «más aína come gentes» puede casi oírse la resonancia del aínda mais y el «come gentes» pronunciarse a la portuguesa.

Cuando, en la primera década de vida independiente, la gauchesca patriótica emerja con fuerza en las composiciones de y atribuidas al oriental Bartolomé Hidalgo, ese matiz se habrá de precisar. Por un lado, la diferencia con el español peninsular no necesita subrayarse, en tanto la opción por la diferencia en el decir en el interior de la propia lengua está en la base de la constitución de la gauchesca.

Pero, justamente, es en la frontera política y cultural con el Brasil en donde vuelven a plantearse las tensiones en el plano en que una lengua, el español, cita a la otra, la reproduce, la imita y la deforma. En el «Cielito oriental», de 1816, la grafía intenta reproducir sonoridades y da lugar así a una versión incipiente de lo que, pasando el tiempo, habría de llamarse portuñol:

El portugués con afán
Dicen que viene bufando;
Saldrá con la suya cuando
Veña o rey D. Sebastián.

(Hidalgo: 67)

Si en voces como facas y espingardas, que aparecen la quinta copla, el parentesco de ambas lenguas abre un amplio margen para la ambigüedad, en muchas otras el «Cielito» quiere poner, en el remedo de la otra lengua (cuya sonoridad es representada con la grafía de la propia: así, filhos da fillos), una mofa del enemigo propia de la literatura de guerra.

¿Queréis perder vosa vida,
Vosos fillos y muyeres
He deyser vosos quehaceres
He a minina querida?

(Hidalgo: 69)

En general, el enemigo que definen los cielitos de de esos años es el ejército español, colonial, realista. A tal punto, que Hidalgo da un paso más en el camino emprendido por Maziel cuarenta años atrás (aunque, hay que aclararlo, él no haya conocido sus textos, que permanecieron inéditos durante más de un siglo) y titula: «Un gaucho de la Guardia del Monte contesta al manifiesto de Fernando VII y saluda al conde de Casa Flores con el siguiente cielito, escrito en su idioma». La interlocución, ahora, es de igual a igual, como quiere el ideal republicano. Merced al uso literario de su voz (uso condensado en una fórmula por Josefina Ludmer),2 el gaucho de la literatura accede a una ciudadanía que al gaucho real le será duramente retaceada.

Pero la confrontación con los lusitanos es, para los revolucionarios orientales, tan fuerte que, en busca de una tradición victoriosa, el «Cielito oriental» acude a la memoria de los hechos de 1776-1777:

Cielito cielo que sí,
El Oriental va con bolas,
Mirad portugueses que hay
Otro D. Pedro Sebolas.

(Hidalgo: 70)

Al poner de su lado la imagen heroica del virrey y general Cevallos, una insólita línea vincula, al menos momentáneamente, la disputa intercolonial del siglo xviii con la lucha independentista.

Es larga la historia de los intercambios entre satíricos y paródicos con el portugués, donde a veces (como en Castañeda) no es tan claro lo que connota el uso juguetón y libre de la lengua hermana, parecida pero diferente, en el contexto de la situación de lenguas de contacto. Tal vez valga la pena contrastarla con su revés simétrico, el uso crítico del español en las composiciones del otro lado, en la zona riograndense donde se gesta una gauchesca de gaúchos para la cual la otra lengua es, precisamente el castellano. Apenas el ejemplo de unos versos de 1851, tomados de un artículo ejemplar del investigador Félix Weinberg, que a su vez lo cita a partir del Cancionero guasca, de Simões Lopes Neto:

Rosas, com sua quadrilha
de blancos em Buenos Aires,
Dizem que já armou os frailes
          Contra nós.
[…]
E depois, mandará as tropas
A generala Manoelita,
Essa guapa señorita
          Mui afamada.
[…]
E se o pai aparecer…
          Passo de largo!

O seu trato é bem amargo;
E somente p’ra brincar,
Gosta de fazer tocar
          A Resvalosa.3

La actitud es la misma, del otro lado de la frontera, aunque habría que reconocer que las incrustaciones castellanas son, por lo general, más pulcras y rigurosas que el portugués de Hidalgo, con lo que mejora notablemente la calidad del portunhol.

Un sesgo peculiar adopta el trabajo de la gauchesca con otras lenguas, como el inglés y el francés, que remiten, en el Río de la Plata, a un complejo mundo de asociaciones. Por un lado, como parte de un esquema geopolítico, a alianzas y coqueteos con otras potencias, que se insinuaron desde el período independentista; demás, a una fuerte impronta cultural, en busca de lecturas y alternativas que se sentía (y así lo formularon Echeverría y sus amigos de la llamada generación del 37) que la España de los siglos xviii y xix no podía brindar. Por otra parte, ya durante el régimen de Rosas, y desde la perspectiva de los proscriptos exiliados sobre todo en Uruguay y Chile, se manifestaban expectativas hacia las naciones liberales, y por tanto esperablemente aliadas en la lucha contra Rosas (Gran Bretaña, Francia, también los Estados Unidos), pero que sin embargo adoptaban cada tanto comportamientos políticos y diplomáticos volubles. La presencia en el Plata de diplomáticos, militares, comerciantes, viajeros, granjeros, trabajadores y aventureros de esos orígenes permitía alguna familiaridad oral con sus lenguas, lo que explica que, de pronto, en ciertas composiciones gauchescas, aparezcan incrustaciones léxicas y frásticas que el género incorpora siempre con un rédito poético sobre la base de la distorsión y la deformación.4

En su Paulino Lucero, Hilario Ascasubi incluye una composición de 1848, «La indireuta», contra el comodoro Herbert, cuya excesiva proximidad con Juan Manuel de Rosas provoca comprensible irritación entre los argentinos de Montevideo e incluso entre algunos de sus connacionales.

Por eso le arrima guasca
la inglesería todita,
y allá en su lengua le grita,
San-Babichi-déme-rasca […]

.

(En Borges y Bioy Casares: I, 269)

Estamos ante la sorprendente versión en inglés gauchesco (si se permite la categoría) del insulto brutal son (of) a bitch, seguido del menos soez damned rascal. En el mismo año, un diálogo titulado «La encuhetada» (traducible como «La furiosa») pone en escena la broma pesada que un peón, Agapito, hace a un inglés que lo ha tratado con soberbia y desconsideración. Al ensillar el caballo del inglés, el peón coloca un hueso debajo de la montura. Cuenta así su travesura:

Cuando le asentó la nalga
a la inglesa, y con el peso,
le hizo tomar gusto al güeso,
se encogió y ¡Cristo le valga!

Conoció al jinete tierno,
y al pingo se le hizo robo
aliviarse, y de un corcovo
echó la carga al infierno.

(Ib.: 252-253)

Su interlocutor comenta, con aprobación cómplice:

¡Oiganle al matucho inglés!
¡cómo aflojó de un tirón…
y tan altivos que son
en sus barcos!… y ¿después?

(Ib.: 252)

El artificio transforma al extranjero, que no montaba mal, en maturrango (mal jinete), que era precisamente el mote que, junto con matuchos y godos, los gauchos patriotas habían puesto a los integrantes de la caballería española en las guerras de la independencia. El inglés viene a coincidir, así, con el enemigo nacional.

El marco político, en el diálogo, lo pone el gaucho Marcelo, que expresa así su furia:

¡Malditos sean, ahi-juna
ciertos monarcas del mundo
a quienes odio profundo
les juro y piedá ninguna!

(Ib.: 259)

El odio da lugar a una impensada aproximación con el monstruo mismo, con Rosas, por lo que la ira poética (la furia de la encuhetada) llega hasta a distorsionar la composición de los bandos y las alianzas. Replica Olivera, el otro interlocutor:

Así es, paisano Marcelo,
que me alegro de que Rosas
a esas potencias famosas
hoy las humille hasta el suelo.

(Ib.: 260)

Sam-babichi, también sambabicha, come-rasca, así como gotejel y veri guto: a la lista de palabras y locuciones inglesas deformadas por los gauchos de Ascasubi, hay que agregar una, que parece recogida de las hablas sociales. Ante una mención de la agüela, Agapito replica:

¿Cuál quiere que sea, pues?,
la [agüela] del Bisquete mesmito:
ese maula que cruzaba
lo mesmo que autoridá,
del Cerrito a la Ciudá
y aquí nos menospreciaba…

(Ib.: 250)

El bisquete es el mismo Herbert, y el procedimiento por el que se lo nombra así queda a la vista en la fonetización española de la voz inglesa beefsteak, préstamo léxico cuya forma standard es bistec, pero que en el Río de la Plata dio el expeditivo bife; en su consistencia carnosa y en su cromatismo encarnado, bife deriva a la acepción de bofetada. Pero en su versión pampeana y gauchesca, dio también bisteque y, siguiendo el viaje morfológico, en graciosa metátesis, bisquete. Ahora, por una inducción de orden semántico propia de ciertas onomásticas populares, uno termina siendo lo que come, y el recelado inglés deviene, finalmente, bisquete.

Con el italiano, lo que ocurre está tamizado por un sistema de compromisos. La legión italiana, encabezada por Garibaldi, era parte importante del bando antirrosista de Montevideo. No había razón para ensañarse con los amigos. Pero del otro lado, en Buenos Aires, el italiano Pedro de Angelis era el principal intelectual del rosismo, y su difusor periodístico y polémico. Sin embargo, cuando, en el interior del bando oficialista de Buenos Aires, el gauchesco Luis Pérez entra en pugna en 1830 con La Gaceta Mercantil, redactada por don Pedro, alude a él como al autor de un comunicato, palabra donde la lengua connota el origen con un sesgo inocultablemente xenófobo, ni más ni menos que como Esteban Echeverría, desde Montevideo, en 1846, se referirá a de Angelis como lazzarone.

Hacia 1872, El gaucho Martín Fierro adoptará una tesitura similar, en inflexión vinculada con la incipiente gran etapa inmigratoria de la historia demográfica argentina. Los malentendidos verbales entre Fierro y el centinela italiano que le exige identificarse en la noche provocarán el castigo del gaucho y precipitarán su decisión de desertar. El equívoco trabaja aquí sobre un español balbuceado a la italiana, preludiando lo que, muy pronto, se denominará, en la Argentina, «cocoliche», un castellano macarrónico que exagera los traspiés expresivos de los inmigrantes italianos en busca de efecto cómico en la literatura y el teatro. Con el tiempo, el cocoliche caracterizará, invirtiendo los términos, los vanos intentos de algunos argentinos —sin excluir los de ascendencia italiana— de remedar, con muchos tropiezos, la lengua de Dante.

El módico juego verbal que alienta las réplicas burlescas de Fierro al gringo (nunca fue este el fuerte de Hernández, como sí lo fue de Ascasubi) son del tipo: «¿qui vívore?», «¿qué vívoras?»; «haga arto», «más lagarto serás vos» (Hernández: 139-140, vv. 859-864).

Pero las principales fronteras lingüísticas que explora la gauchesca son las que se levantan, y a la vez se derrumban, en el interior de la misma lengua, con sus variantes sociolectales e idiolectales, ensayadas en el contexto de una guerra social.

Soy gaucho y entiendanló
como mi lengua lo esplica.

(Hernández: 102, vv. 79-84)

dice y canta Fierro, y no se trata para nada de una voluntad de argüir, de un énfasis ergotizante, sino, una vez más, del deslumbrante fenómeno por el cual un modo de hablar es, en sí mismo, una explicación: define al hablante, su entorno, su circuito, y, por elevación, los límites de la recepción de su discurso.

Por eso, cuando, en La vuelta de Martín Fierro, de 1879, el Hijo Segundo de Fierro narra las peripecias de la enfermedad de su tutor, el Viejo Vizcacha, el poema produce uno de sus momentos más memorables en lo que respecta a las distancias y los diálogos frustrados entre gauchos y letrados, entre puebleros (habitantes de las ciudades) y hombres de la campaña. El Hijo Segundo usa llanamente su lengua, aun en sus lapsus: tabernáculo por tubérculo, culandrera por curandera. Alguien, desde la puerta de la pulpería, desde el límite de ese espacio de sociabilidad gaucha, corrige de mal modo.

Tabernáculo, qué bruto,
un tubérculo dirás.

(Ib.: 371, vv. 2455-2456)

Y también (y las comillas son del texto citado):

«Allá va un nuevo bolazo
«Copo y se la gano en puerta:
«A las mujeres que curan
«Se les llama curanderas».

(Ib.: 371, vv. 2465-2468)

Menos preocupado por su error que herido por la agresiva pedagogía del corrector, el Hijo Segundo retruca:

No es bueno, dijo el cantor,
Muchas manos en un plato,
Y diré al que ese barato
Ha tomao de entremetido,
Que no creia haber venido
A hablar entre liberatos.

(Ib.: vv. 2469-2474)

Lapsus sobre lapsus, el hablante gauchesco sabe apilar, en una sola voz, a la manera de un audaz calambur, varios sentidos críticos: liberato encierra y supera su fuente trastrocada literato (el que detenta la letra, frente al saber oral del Hijo Segundo); liberato alude al libro y a la cultura libresca, pero también al liberalismo de una generación fundadora de la nación, que a veces entendió la educación de una manera unidireccional, mecánica y desconocedora de particularidades, como la del corrector letrado del poema.

Entonces, el gaucho corregido remata:

Y para seguir contando
La historia de mi tutor,
Le pediré a ese dotor
Que en mi inorancia me deje,
Pues siempre encuentra el que teje
Otro mejor tejedor.

(Ib.: vv. 2475-2480)

La fórmula de modestia es sospechosa, porque encierra, sobre todo, una decisión irreductible. Al finalizar el poema, e intentando ofrendar un sentido vindicativo, redentor y reformista (es decir, una solución al problema de esta cruel diferencia sociocultural), Hernández pone en boca de un gran narrador que se separa de la voz gaucha, aunque la remeda, esta consigna:

Debe el gaucho tener casa,
Escuela, iglesia y derechos.

(Ib.: 470, vv. 4827-4828)

En cambio, desde el interior de la voz gaucha no capturada aun por el gran narrador, el Hijo Segundo, contra una pedagogía vertical y homogeneizadora, asumía su ser otro reclamando un derecho muy distinto: el de una inorancia que se hace, cada vez, más socrática.5

Bibliografía

  • Academia Chilena (1978): Diccionario del habla chilena, Santiago de Chile.
  • Borges, Jorge Luis y Adolfo Bioy Casares (Edición, prólogo, notas y glosario), Poesía gauchesca, 2 tomos, México, Fondo de Cultura Económica, 1988.
  • Castañeda, Francisco de Paula, Doña María Retazos, Ed. facsimilar, Estudio preliminar de Néstor T. Auza, Buenos Aires, Taurus, Colección Nueva Dimensión Argentina dirigida por Gregorio Weinberg, 2001.
  • Hernández, José, Martín Fierro, Edición crítica de Élida Lois y Ángel Núñez (coordinadores), Colección Archivos, Madrid-Barcelona, ALLCA XX, 2001.
  • Hidalgo, Bartolomé, Obra completa, Prólogo de Antonio Praderio, Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, Montevideo, Ministerio de Educación y Cultura, 1986.
  • Lopes Neto, João Simões, Cancioneiro guasca, Porto Alegre, Sulina, 1999.
  • Ludmer, Josefina, El género gauchesco. Un tratado sobre la patria, Buenos Aires, Perfil, 2000.
  • María, Isidoro De, Anales de la defensa de Montevideo. 1842-1851, 4 tomos, Montevideo, Imprenta a vapor de El Ferrocarril, 1883-1887.
  • Probst, Juan, Juan Baltazar Maziel, maestro de la generación de Mayo, Buenos Aires, Imprenta López, 1946.
  • Rojas, Ricardo, Historia de la literatura argentina, II, Los gauchescos, vol. II, Buenos Aires, Kraft, 1960.
  • Weinberg, Félix, «Una etapa poco conocida de la literatura gauchesca: de Hidalgo a Ascasubi [1823-1851]», Revista Iberoamericana, 40 (87-88), Pittsburgh, 1974, pp. 353-391.

Notas

  • 1. Rojas: II, 377. El romance de Maziel ha sido, en general, muy mal editado. La versión más seria es la que se incluye en el libro de Probst (Véase la bibliografía).Volver
  • 2. Así sintetiza Ludmer la fórmula del género gauchesco: «en la voz del gaucho define la palabra gaucho: voz (del) ‘gaucho’» (Ludmer: 34).Volver
  • 3. Pertenecen a la «Carta» de Francisco Marques de Oliveira (Lopes Neto: 187-191). Véase Weinberg: 371.Volver
  • 4. En el Montevideo sitiado por las tropas blancas de Oribe, aliado de Rosas, combatían legiones de distinto origen. Un padrón de 1843 da cuenta de la existencia, en la ciudad, de 6324 franceses, 4205 italianos, 3406 españoles, 1344 africanos, 659 portugueses, 609 ingleses, 492 brasileños, 187 europeos de otros estados y 861 habitantes sin patria conocida (De-María: I, 61).Volver
  • 5. No es una mera manera de decir. El Moreno de la payada (canto 30 de La vuelta de Martín Fierro), cuando se encuentra ante (la pregunta por) la ley, declara: «Dende que aprendí a inorar / De nungún sber me asombro» (Hernández: 447, vv. 4219-4220). ¡La ignorancia como aprendizaje!Volver