El no lugar de la literatura hispanoamericana Manuel Calderón

Es cierto: los medios de comunicación son capaces de crear una cultura, incluso iberoamericana. Pero es cierto también que éstos pueden inventar muchas otras culturas. Por ejemplo, una cultura gastronómica a base de hablar de buenos restaurantes. Sin embargo, considero que los medios de comunicación en realidad no crean nada, es decir, no abren restaurantes de la misma manera que no fabrican escritores a no ser que se lo propongan. En  todo caso, transmiten, cuando sabemos hacerlo, saberes concretos realizados por personas en la mayoría de los casos en representación de ellos mismos, y en otros, en estado de abandono o a espaldas de la sociedad que deberá asumir esa cultura como propia.

Son, desde mi punto de vista, los escritores, los artistas o lo cineastas quienes participan de esa «creación de la cultura iberoamericana», tal y como reza el título de este panel, a la que los medios luego ponemos nombre porque para eso estamos: para nominar en apenas unas líneas la compleja realidad que deviene. Hace apenas unas semanas se publicó en España La llegada de los bárbaros. La recepción de la literatura hispanoamericana en España, 1960-1981. (Edhasa), de Joaquín Marco y Jordi Gracia, ambos profesores de la Universidad de Barcelona. Más de mil páginas de documentos periodísticos sobre la irrupción de una literatura de la que, por lo que se ve en este Congreso, seguimos siendo muy deudores, por quedarme corto. Esas mil páginas no demuestran que una buena literatura construya una cultura, incluso puede inducir a pensar que construir una cultura propia y diferenciada podría ser poco recomendable. El profesor Joaquín Marco ya se encarga de recordarnos de que antes de que se hablase del boom, lo hispanoamericano «formaba parte —dice— de una mal diseñada operación política de propaganda del régimen franquista».

También Eduardo Subirats en su ensayo Memoria y exilio (Losada) pone en duda ese concepto abarcador, el de lo hispanoamericano, al que no le otorga demasiado valor epistemológico, según su expresión. Él habla de un término literariamente más atractivo: de un no lugar. ¿No debería ser ese el ámbito de la cultura, no el de la tierra propia sino al que dan nombre los creadores? «En fin, este desplazamiento  continuo y las sucesivas fracturas de la conciencia intelectual lusohispánica —dice Subirats— distinguen a estas culturas como una negación de sí mismas y un «continente vacío». Y aportará una idea sugerente: «El mundo latino de los Estados Unidos está llamado a convertirse igualmente en un eje espiritual contemporáneo de América Latina».

Precisamente será en las artes plásticas donde, quizá por estar más directamente vinculadas y afectadas por los mercados globales, y no por la ideología, terreno más próximo a la lectura y la ficción, quienes han puesto en marcha esa descompresión identitaria. Dice el crítico de arte uruguayo Gabriel Peluffo que «habría que pensar no ya qué es el arte latinoamericano, sino qué es lo latinoamericano en arte». Esta cita es el Kevin Power en el catálogo de los fondos de arte latinoamericano del Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, una colección en la que se plasmará cómo «Latinoamérica ha experimentado uno de los últimos grandes esfuerzos para articular una identidad nacionalista popular que apostaría por lo puro y auténtico en contraposición a la corrupta cultura de consumo importada de Estados Unidos», escribe. Esa ruptura ha sido tan profunda en los noventa que «el arte latinoamericano se ha ganado su propia y nueva visibilidad convirtiéndose en una contribución esencial a la definición de arte contemporáneo», concluye. También para eso hay un nombre: glocal, híbrido del tipismo local y los tópicos. Y que anuncia el riesgo de satisfacer a la comunidad internacional con la construcción de una identidad en la que occidente se sienta superior. Pone el mismo crítico estos ejemplos de temas que definen «lo hispanoamericano el arte»: la crítica irónica del régimen de Castro, las representaciones de prostitución o secuestro de niños, escenas brutales de violencia y degradación urbana, los carteles de la droga…

Si nos referimos a los escritores hispanoamericanos actuales, es decir, a los damnificados de la onda expansiva del boom, el postboom o el babyboom, su relación con lo hispánico no es ya unívoca. Se tejen otros vínculos, se bebe de otras literaturas (sobre todo la anglosajona), se rebusca en otros autores ciegos, esquivos, de obra menor (como ha dicho recientemente César Aira en una entrevista publicada en el último número de Revista de Occidente), y se mira no tanto al poeta fundacional como a la denigrada cultura de masas, televisión, cine, cómic y ciencia. Y, claro está, su relación con el poder será tan diferente a la de sus antepasados que ni podremos hablar de generación, ni de grupo y, a veces, ni ponerles nombres individuales, como este congreso ha demostrado con la ausencia de esta narrativa hispanoamericana  alejada de los fundadores de la patria literaria.

¿Qué libros llegan a la redacción de un periódico español? Llegan toneladas de libros y, entre ellos, el de autores notables como Rodrigo Fresán, Mario Mendoza, Juan Villoro, Jorge Franco, Edmundo Paz Soldán, Gonzalo Garcés, Fernando Iwasaki, Iván Thays, Santiago Gamboa, Cristina Rivero Garza, Jorge Volpi, Ignacio Padilla o Alan Pauls, que curiosamente es argentino pero no está en Rosario, por citar los más recientemente publicados en España, editados por sellos españoles o por grupos internacionales, lo que nos induce a pesar, por un lado, que la existencia de editoriales que tengan un pie aquí y otro allí sirve más a la literatura hispanoamericana, o a la cultura si lo prefieren, que las prosaicas intenciones de hermanamiento que al final acaban siendo perversamente paternofiliales.

Por otro lado, visto también desde la mesa de redacción, estos autores junto a otros de edad más temprana (Daniel Sada, Aira y su enemigo) no sólo son una de las partes que componen la literatura hispanoamericana actual sino el más cálido aliento para la literatura en español, incluida la española. Quisiera aquí citar de manera especial a Roberto Bolaño y el reconocimiento que merece su obra, que a la postre, bajo mi punto de vista, se ha convertido en la más poderosa que se ha hecho en España en bastante tiempo y cuya influencia ha sido reconocida por los autores antes citados.

Niegan estos, sin más, que constituyan una generación literaria, que sean nietos del boom, y por lo tanto, los parricidas de García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, que compartan un ideario común —ni siquiera la unidad literaria del continente americano—, no son la generación del crack y ya les pilla lejos del provocativo manifiesto «McCondo». Las secciones de cultura de la prensa española dan cuenta de tres encuentros en los que aparece el lema «nuevos narradores hispanoamericanos». Dos se celebraron en la Casa de América, en Madrid, en 1999 y 2000, y las conclusiones fueron algo caóticas. Por ejemplo, Jorge Volpi se atrevió a hablar de «generación MTV». El último se celebró en Sevilla, en la Fundación José Manuel Lara, en junio de 2003, y para entonces el propósito era justamente el contrario: dejar de ser un joven escritor latinoamericano, para ser escritores a secas. Otro gran cliché sobre el que se derramó abundante ácido fue «la losa del compromiso». Así recogió mi periódico el perfil de estos autores: «Frente a la grafomanía del boom, narración fragmentaria. Frente a la literatura fundacional de la Patria, relato de la desmitificación. Frente a la histeria panamericana, desarraigo (como sus abuelos, la mayoría de ellos viven en España, o entre Estados Unidos y Europa). Frente a la utopía mágica, violencia. Roberto Bolaño fue nombrado «hermano mayor» del grupo, el autor chileno de Los detectives salvajes y que desde 1977 vive en España, en Cataluña para ser exactos. Por último, puestos a crear un canon de la literatura hispanoamericana no dudan en situar a Borges como columna vertebral». En definitiva, pedían algo insólito: libertad creativa.

Roberto Bolaño murió un mes después de este encuentro, al que asistió y donde sentenció: «Dudo de que ni el veinte por ciento de la nueva narrativa tenga una estrategia comercial. No hay una voluntad de ganar un mercado, en todo caso serán los editores los que puedan ganar dinero con estos autores». Sabía por qué lo decía: él, que aseguraba haber realizado todos los oficios del mundo, «salvo los tres o cuatro que alguien con cierto decoro se negará siempre a ejercer». Días después de volver de Sevilla, Bolaño fue a ver a su editor, Jorge Herralde —según confesó este en la necrológica que dedicó a uno de sus autores predilectos—, para acordar el plan de publicación de los cinco libros que componen —afortunadamente ahora en uno solo— la soberbia 2666, obra póstuma que expande la literatura en español hacia ese no lugar indescifrable, inmenso y desértico habitado por voces de aquí y del más allá. «Aunque vivo más de veinte años en Europa, mi única nacionalidad es la chilena, lo que no es ningún obstáculo para que me sienta profundamente español y latinoamericano», escribió Bolaño en un autorretrato. Precisamente, Bolaño no escribía en periódicos.