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La radio
La espiritualidad folclórica rumana y el reto de su expresión en español
Ileana Cornelia Scipione
Rumanía

Les presento, aunque en pocas palabras, algo de mis experiencias teóricas y prácticas adquiridas a lo largo de casi 30 años de trabajo en el Departamento Español de Radio Rumanía Internacional.

Este departamento, desde hace más de medio siglo, al lado de otros 15 departamentos similares, cumple —con honor y con amor— la tarea de hacer llegar a los más remotos rincones del mundo el eterno mensaje de paz, amistad, concordia, creación, y las inmejorables ansias de libertad y dignidad de este tan probado pueblo entre los pueblos del mundo.

Rumanía, isla latina en un mar de naciones casi todas eslavas, ha venido sobreviviendo, a lo largo de las centurias, justamente debido a su irreprimible aspiración de pervivir y salvaguardar su personalidad etnográfica, conservando claras y nítidas las peculiaridades de su ente nacional. Este anhelo sin tregua es posible que sea el hueso del que surgen a veces los matices algo nacionalistas de nuestro patriotismo, lo mismo que nuestra especial aura de singularidad, o mejor dicho unicidad, quizás nuestras demasiado originales tendencias autárquicas y otras peculiaridades del alma nacional, que son fuente de nuestros encantos y defectos nacionales; pero de todo ello más les incumbe hablar a los psicólogos que a los filólogos.

Todo ello es posible que haya sido también el motivo de la inalterada conservación de nuestras tradiciones y de nuestro folclore a lo largo de los siglos, como materialización de esta entrañable necesidad étnica de mantener intactas nuestras raíces.

De esta convicción viene a la existencia, en la estructuras de programas de Radio Rumanía Internacional, el tiempo radial Raices, que contempla dar a conocer, con ayuda de reputados especialistas en la materia, la configuración etno-folclórica de la nación rumana, su fe y sus costumbres, sus tradiciones y ritos, sus creencias y sus hábitos, su arte y su artesanía, su arquitectura y su poesía.

En lo que sigue, quisiera destacar algunas experiencias teóricas y prácticas personales, en la redacción y la traducción de este programa en general, y de las ediciones que se han dedicado a dar a conocer la configuración del interior y el decorado de la casa rural rumana. Quisiera comentar, en especial, cómo —consultando trabajos de etnografía y folclore mexicanos— he podido confeccionar un inventario-glosario de catálogos, adecuado y casi suficiente, para nombrar, describir y analizar lo específico de la cocina-cuarto de estar de una casa campestre rumana, y sobre todo cómo una actividad de este tipo (en definitiva y a primera vista, nada más que una simple traducción, por mejor que fuese) puede servir de base, aunque empírica, para iniciar una investigación científica en el campo de la etnología y la etnografías comparadas.

Al estudiar la hacienda y la vivienda, los objetos que antaño formaban el ambiente de la vida cotidiana, su evolución en la aldea rumana, se da uno cuenta de que casi todo ha cambiado: con incrédula curiosidad los jóvenes y con melancólica nostalgia las personas de más edad, rememoran la vida patriarcal de las aldeas rumanas antes de la primera conflagración mundial, comprobando no obstante que la evolución es natural y ha sido permanente, aunque el siglo XX se distingue de modo especial por la rapidez y la amplitud desconcertante de las transformaciones que condujeron al trastorno de lo que hoy en día llamamos «modo de vivir tradicional».

Dentro de ello, la aldea y la comunidad formaban en aquel entonces un restringido mundo cerrado, con una vida social, económica y cultural bien estucturada, con un contenido de normas y reglas complejas. Todas ellas enmarcaban de modo armonioso en el ambiente natural y construido, formando un todo unitario, en el cual se integraban orgánicamente las aldeas, los terrenos agrícolas, el bosque y los prados.

Cada casa, cada dependencia aneja, cada apero, mueble o pieza de la indumentaria era fruto del trabajo desplegado por los integrantes de la familia o por los artesanos rurales. Cada utensilio, pieza de mobiliario, vasija de madera o de cerámica —perfectamente construida desde el punto de vista funcional y decorativo— aparece por ello como un admirable ejemplo de ingeniosidad y maestría. Viviendo y obrando muy cerca, las gentes eran solidarias en el trabajo, las alegrías y las penas, en una sociedad equilibrada, con sistemas propios de reajuste.

En Rumanía, el primero que se ocupó en el arte popular, en la segunda mitad del siglo XIX, fue el complejo hombre de la cultura que perteneció a la Generación de 1848, Al.Odobescu. A fines de este siglo, empiezan a efectuar sus investigaciones famosos intelectuales, en su mayoría folcloristas, tales como B.Petriceicu Hasdeu, Simion Fl.Marian, I.I.Burada, T.Pamfile. Tampoco faltan trabajos importantes, metódicos sobre el particular, tales como el de Nicolae Iorga, titulado L’art populaire en Roumanie, son caractère, ses rapports et son origine, París, 1923; Al Tzigara-Samurca, titulado L’art du peuple roumain, Ginebra, l925; G.Oprescu, titulado Peasant art in Roumania, Londres, 1929. Al lado de estos trabajos referentes al fenómeno artístico popular en su conjunto, una serie de publicaciones consagradas a la arquitectura, valorizando aspectos referentes a las técnicas de construcción, los tipos de viviendas, el valor, lo específico y la originalidad artística de los mismos, así como su posición dentro de las grandes áreas etno-folclóricas europeas nos han servido muchísimo para familiarizarnos con este dominio fascinante, pero difícil de conocer.

Observando a lo largo de los 250 últimos años la evolución del interior de la casa-vivienda rural, comprobamos que ésta viene condicionada por el medio natural, la ocupación, el estadio de desarrollo de la técnica, los intercambios culturales y comerciales. En fin, la unidad del interior de la casa-vivienda se manifiesta tanto en los elementos básicos, como en el dominio decorativo y, aunque lo funcional prevalece, la estética es condición imprescindible. La relación orgánica existente entre el lado estético y el lado práctico —rasgo general del arte popular rumano— se refleja en el hecho de que ciertos objetos y categorías de piezas están más ricamente adornados.

La rica gama de posibilidades de ornamentación, lo mismo que los notables efectos artísticos obtenidos mediante el arreglo de los objetos en el interior, son el resultado de la valorización individual de cada pieza y de la integración de este valor en el conjunto. Pero también esta conciencia del valor creado induce a pensar en su unicidad, en su singularidad, con consecuencias de las más peliogrosas en el campo lingüístico. Hemos vivido —también debido a nuestra falta de comunicación y por carecer de la libertad de viajar, sobre todo en la última mitad de este siglo— con la convicción, bastante dañina en plano sociocultural, de que somos únicos, sin par, de que a nuestras realidades nada les corresponde en otras geografías y de que nuestros sentimientos no tienen pareja en otras almas.

Es por esto que lo primero que tuvimos que hacer, al enfocar la realización de un espacio radial tan importante como lo es nuestro Raices, fue tratar de romper con estos prejuicios que no hacían sino impedir la realización de una buena traducción. Pero, en definitiva, ¿qué es lo que se debe entender por «buena traducción» en esta situación? Este es el primer reto que debimos afrontar y —merece la pena destacarlo— la primera victoria cosechada en nuestro departamento.

Partimos todos de nuestro más entrañable anhelo de comunicar, de hacernos comprender no como personas, sino como entidades del mundo rumano. Tal premisa le obliga a uno hacer una traducción de tipo especial. Toda traducción supone, por lo general, tres operaciones que se suceden en el siguiente orden obligatorio: análisis del texto a traducir, eso es, descodificación del mensaje; síntesis del texto traducido, eso es, recodificación del mensaje.

Como han podido ver, hemos aludido a tan sólo dos momentos. Pues, bien, entre estos dos momentos está obligatoriamente una operación que supone, además de la intervención de nuestras mentes (como ocurrió en las dos operaciones ya mencionadas), el aporte de nuestro espíritu y de nuestro alma. Es el momento en que elegimos las palabras para recodificar el mensaje.

Esta elección supone, por tanto, en la mayoría de las veces, mucho más que el simple conocimiento de los equivalentes de las palabras en dos o más idiomas; quiero decir que, en esta segunda etapa, a veces son más importantes las sugerencias, las alusiones, las correspondencias fonéticas, o mejor dicho toda una serie de recursos que más pertenecen a la poesía que a la etnografía. Y ello no lo puede hacer uno si no conoce en igual medida las dos realidades lingüísticas, la del autor y la del receptor del mensaje. Todo este fenómeno tiene algo que ver, en sus puntos esenciales, con el fenómeno que se produce en la elaboración y la recepción de la literatura que pertenece al dominio de los libros, según un esquema de este tipo:

Traductor
Autor—descodificación—recodificación—receptor
Erudición y la vivencia personal

En este esquema, esta segunda operación que integra el proceso de traducción es fundamental y decisiva, ya que su aporte es básico para que uno se dé a conocer. Para que se entienda mejor, pongamos el ejemplo de una pieza de mobiliario de la cocina-cuarto de estar rural de Rumanía. Su nombre rumano es lavi¡å. Desde siempre se nos decía que esta pieza de mobiliario es algo único, que se encuentra sólo en nuestros parajes y, por tanto, su nombre es intraductible.

En definitiva, es nada más que un arca, que sirve, al mismo tiempo, para guardar el cereal, la vestimenta o las provisiones, y de asiento. Ya nos preaparamos para construir una perífrasis del tipo «arca que sirve para guardar cosas y de asiento a la vez», cuando, en la monografía de Fritz Krüger, El mobiliario popular en los países románicos, Coimbra, l963, encontramos la palabra arcabanco que, aunque no figure en los diccionarios rumano-españoles, era justamente la palabra de que necesitábamos.

Esta palabra ha quedado desde entonces para nosotros como una invitación a la modestia y no sólo a comparar, a buscar parecidos y diferencias,sino sobre todo a contemplar con el alma, a través del acervo cultural de que dispone cada cual. La lista es muy larga: blidar es platillero, indistintamente de si se trata de fuentes de barro (blide) o de platos de madera (blide de lemn); y si bardå es un hacha ancha, baltag es nada más que hacha.

Debe quedar bien claro que esto no es válido en todos los casos, y surgen situaciones en que ni los diccionarios, ni mucho menos los trabajos de especialidad te ayudan a encontrar equivalentes, aunque siempre queda abierta la posibilidad de que, en algún lugar remoto de España o Perú, exista la palabra que nombre lo que en rumano se llama buduroi, eso es un arca primitiva, hecha de un tronco alto excavado verticalmente, que sirve para guardar cereales.

También en este campo la lista sería larga. Pero surgen dificultades también en verificar si los equivalentes que a uno le ofrece el diccionario son o no exactos, cuando se trate de nombrar elementos arquitectónicos, piezas de mobiliario u objetos de uso doméstico. En muchas ocasiones, resulta difícil encontrar fuentes bilingües que le ofrezcan a uno la seguridad de que, por ejemplo, de veras adobe es justamente lo que llaman los rumanos chirpici, lo mismo que, en bastantes situaciones, tampoco los diccionarios explicativos sirven mucho para que, con sus abstractísimas definiciones, ofrezcan certidumbres al respecto.

Una palabra que nos ha creado bastantes problemas ha sido el rumano cåmarå, que tiene la misma raíz que que el español cámara y el mexicano recámara, significando tanto despensa, como pieza destinada a ropero. Serios problemas tuvimos hasta identificar definitivamente tres palabras fundamentales para la cocina: los rumanos cuptor, vatrå, co con sus respectivos equivalentes españoles horno, fogón, chimenea. En este fogón se suelen hornear el pan, ácimo o fermentado, los dulces típicos y los asados.Las dificultades vienen dictadas desde el rumnano, ya que nosotros solemos llamar cuptor también la cama de ladrillos contigua a la estufa.

Una palabra interesante, en cuya traducción hemos gastado mucho tiempo es el rumano ceaun, que es un caldero más o menos grande, en forma hemisférica, hecho de hierro fundido y con un asa. En este recipiente se suele hervir, encima del fogón, la famosa måmåligå, plato tradicional en el medio rural, hecha de harina de maíz cocida, muy parecida, como consistencia, al chileno tamal en cazuela. Sólo para poner un ejemplo divertido, agregaría que también en rumano existe una palabra de la familia etimológica de caldera y ésta es la palabra cåldare, eso es, en español cubo.

Ahora bien, entre cubo y cuba se sitúa la palabra rumana cofå, que es el nombre de una cuba hecha de listones de abeto, con asa lateral. Existe en rumano también doni¡å, que es un sinónimo de cofå, y para recoger la leche ordeñada se usa un ¿i¿tar, cuba de listones o metálica, tan alta, como ancha, a la que le falta una de las dos pequeñas asas, que de costumbre la cuba tiene uno en frente al otro.Para tomar agua, las amas de casa del medio rural usan un canceu, especie de cazo, o un cåuc (recipiente en forma de cuchara grande, que no se usa sólo para tomar agua, sino también para harina y granos) con mucho arte adornado. El arca en que se conserva la harina en la despensa lleva un nombre algo extraño, tron, que es el equivalente rumano del trono español.

Lo mismo que en español, para denominar genéricamente el pocillo, con todas sus variantes, en rumano se usa la palabra canå, que siempre es de barro, loza o porcelana.En fin, para conservar el queso blanco y salado, en nuestras aldeas se usa un tonel llamado putinå. Para conservar el frescor del agua se usan jarras de formas variadas, bellamente adornadas. Todos (cántaros, jarros, ollas, jícaras, tinajas), los rumanos solemos llamarlos ulcioare.

 

Cocina o estufa, de horno abierto, de ladrillos o con placa, todas se llaman en rumano sobå. Las sillas y mesas tradicionales, muy bajitas y de sólo tres patas, lo mismo que los trébedes del ceaun, completan el mobiliario de la cocina-cuarto de estar, de cuyos bancos fijos sujetos a la pared, en la mayoría de los casos arcabancos para dormir en sus tapas, ya hemos hablado antes.

Toallas y paños suelen adornar las paredes, colgados en perchero, anudados en forma de mariposa o colgados a la pértiga ornamental, y todos se llaman en rumano tergare.

En fin, muy de paso, evocamos las vasijas, los platos-bandeja (talere), y toda una serie de utensillos de cocina, específicos de estos parajes, para los cuales casi siempre usamos perífrasis explicativas.

Puede ser que la lista de los ejemplos haya sido demasiado larga. Esperamos haber configurado con ello, por lo menos en parte, la compleja imagen de la cocina-cuarto de estar, pieza de la casa rural tradicional rumana en que transcurría gran parte de la vida familiar. En ella, las mujeres preparaban la comida, la familia se reunía para almorzar y cenar, y los viejos pasaban el tiempo en los períodos demasiado fríos para permanecer en el patio. Era esta pieza la habitación que contaba con el fogón, fuente de calor y luz, al que se vinculaban muchas creencias y supersticiones. Era, por decirlo así, el alma de la casa, el núcleo de la vida de familia. Una pieza estable, equilibrada, ordenada según una juiciosa economía del espacio.

Todo ello constituía una muestra de inalterable y ejemplar continuidad.

Pero esta continuidad empieza a perder fuerzas. Por estos parajes corren aires de novedad, para así llamar estos tiempos de reforma y transición.

La vida cambiará, sin lugar a dudas, en beneficio de los traductores. Dentro de unos lustros, viviremos igual que españoles, italianos o portugueses, y entonces resultará más fácil abarcar textos de esta índole. Los traductores deberán verter palabras, no realidades; nombres concretos y verbos palpables, no sentimientos, ni ambientes. Permanecerá en nosotros todos este deseo de superarnos, este anhelo de expresar en un idioma ajeno nuestras genuinas realidades, esta aspiración de llegar al otro, al oyente, con nuestro mundo, con nuestros gustos, idiosincrasias y peculiaridades. Porque, sin lugar a dudas, nada es más alentador que intentar esto y lograrlo.

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