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La traducción al español en los Estados Unidos: las presiones del mercado
Leticia Molinero
Directora de Apuntes.
Nueva York (Estados Unidos).
Leticia Molinero

Antes que nada deseo agradecer a Antonio Garrido, director del Instituto Cervantes de Nueva York, el haber tenido la gran generosidad de invitarme a participar en este congreso. Agradezco también a Humberto López Morales, Secretario General de la Asociación de Lenguas Españolas, el haberme asignado un lugar en este panel.

Y agradezco a las autoridades de la Real Academia de la Lengua Española y del Instituto Cervantes de España, y al grupo Alcestis, el haberme ayudado tanto en los trámites para el viaje.

Mi aporte no tendrá una dimensión eminentemente teórica sino que, por el contrario, se reducirá a registrar la experiencia del traductor en Estados Unidos que, espero, sirva para ilustrar las particularidades de este encuentro de lenguas y las responsabilidades que debe asumir el traductor en este contexto muy sui generis.

Antes de entrar en materia, y a manera de prólogo, voy a relatar una experiencia inicial que ilustra un aspecto del problema lingüístico de Estados Unidos.

«Un poquito nada más»

Llegué al país del Norte en 1970, procedente de Argentina, luego de una estadía de más de un mes en México, donde tuve mi primer encuentro con otras formas de hablar el español. Al principio, en Estados Unidos, no tenía ningún contacto con gente que hablara español. Después de un año de vivir en San Francisco decidí atravesar el país en automóvil para radicarme en Nueva York. Fue en esta travesía temeraria, en plena temporada de nevadas invernales, cuando experimenté la primera desorientación lingüística. Al parar en los restaurantes de las grandes autopistas, la mayoría de los empleados eran, a primera vista, mexicanos. Naturalmente, me dirigía a estos empleados en español, pero para mi gran sorpresa no me respondían bien. Al preguntarles si no hablaban el español me decían, cohibidamente, «un poquito nada más». Yo no entendía y, francamente, me molestaba, pensaba que tendrían algún complejo de inferioridad al hablar su lengua. Muchos años después me enteré de que hay mucha gente de origen hispano en EE.UU. que habla el español «un poquito nada más» o nada en absoluto. Son personas de segunda o tercera generación de inmigrantes que han perdido el dominio del idioma ancestral.

Este grupo de personas, que no he podido cuantificar, representa un extremo del universo bilingüe estadounidense. El otro extremo es el hispanohablante culto, esa especie en peligro de extinción. Y entre ambos extremos está lo que yo llamo el dolor de cabeza de todo buen traductor. Cabe hacer notar que en todos los grupos, incluido el de los hispanohablantes cultos, se filtra, con diversos grados de perniciosidad, la influencia del inglés.

Los mercados

En mis 25 años de experiencia como traductora en Estados Unidos puedo decir que la distribución de mi trabajo siempre se mantuvo en aproximadamente 50% para el mercado interno y 50% para la exportación. Fue importante desde un principio saber responder a las idiosincrasias de estos mercados.

El traductor radicado en Estados Unidos se encuentra en una situación muy diferente de la que viven los traductores de los demás países hispanohablantes. Por un lado, debemos responder a una población interna sumamente heterogénea, inscrita en un medio bilingüe y con preponderancia de un bajo nivel educativo. Es la población que recurre inocentemente al espanglés, mejor conocido por la palabra inglesa spanglish. Y por otro lado, se nos puede pedir traducciones dirigidas a cualquiera de los 22 países del mundo hispano, o a todos los países por igual. En cambio el traductor español o argentino o colombiano que traduce para su propio país se encuentra en una situación mucho más estable.

La experiencia en Estados Unidos es más difícil para el traductor y suele ser temible para la empresa de traducción que contrata al traductor. Varios gerentes de proyectos me han confesado la inquietud que les produce el idioma español. En los proyectos multilingües, y he participado en muchos de éstos, todos los idiomas generalmente se resuelven más fácilmente que el español, que está plagado de diferencias. Si los traductores del equipo son de orígenes diferentes, tienden a usar términos y modalidades de expresión diferentes, y luego los destinatarios de la traducción suelen reaccionar vivamente ante el uso de palabras que no son comunes en sus países. Claro está que todo esto tiene su solución: los traductores trabajan con un glosario y un manual de estilo, y los clientes reciben finalmente explicaciones satisfactorias. Pero es sabido que siempre hay más que explicar y preparar debido a la diversidad de usos.

Pienso en aquellas palabras tan reconfortantes de Antonio Garrido en el Segundo Seminario de la Dimensión Transatlántica del Idioma Español que tuvo lugar en Nueva York en marzo de este año: «el español culto me permite comunicarme tan bien con un hombre de Salamanca como con uno de Tierra del Fuego». Sí, básicamente es verdad, pero no sin ciertas protestas y aclaraciones.

El intermediario es otro componente de la ecuación de traducir que, al menos en Estados Unidos, puede ser un factor distorsionante. El intermediario, haciéndose eco de las exigencias del cliente, pregunta si el traductor puede traducir para el «dialecto mexicano... o puertorriqueño», por ejemplo. O, en otros casos, necesita que se traduzca al «Castilian Spanish» y pregunta, en mi caso, «You are Argentinean, can you really translate into Castilian Spanish?».

Prácticamente todos los años tengo que repetir la misma explicación: el español es un idioma básicamente igual para todos los países. No necesitamos vivir en Castilla para aprender castellano. Las diferencias más notorias entre las diversas formas de expresarse en español se dan a nivel del habla. Cuanto más bajo es el nivel educativo del hablante, más pronunciada es la diferencia de expresión, más localista. No son formas dialectales sino preferencias locales. Si escribo en buen español básico, van a entenderme.

Ahora bien, dicho esto, soy la primera en reconocer la importancia de responder a las idiosincrasias del mercado. En 1994 escribí mi primer artículo sobre traducción, para la revista Apuntes del grupo de traductores de Nueva York (http://www.spansig-apuntes.org/): «El traductor es responsable ante su mercado». Mi premisa era, y sigue siendo, que la traducción es un servicio que se presta y un producto que se entrega. El éxito del producto depende de su aceptación en el mercado.

En aquel artículo formulaba algunas soluciones que todavía hoy no son acogidas por todos los traductores, pues hay quienes insisten en traducir a un nivel que les resulta correcto a ellos, sin tener en cuenta exactamente el grado de aceptación en el mercado.

Decía, entre otras cosas, que la notación numérica debe ser igual a la estadounidense para las traducciones de consumo interno en ese país. Es decir, que un dólar y cincuenta centavos se escribe uno punto cincuenta y no uno coma cincuenta. Para mí la razón es obvia: el hispanohablante estadounidense está inscrito en un universo de referencias numéricas que se expresan con el punto decimal y no con la coma decimal como en algunos de sus países de origen. Cambiarle el código numérico sería sumamente confuso y hasta daría lugar a demandas judiciales. Por otra parte, hay cada vez más países que adoptan el punto como separador decimal: República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Perú, y Puerto Rico.

El mercado interno

Ahora bien, el problema que se le plantea al traductor para el mercado estadounidense, y que es objeto de controversia entre los traductores, es hasta qué punto bajar el registro de la traducción. Aquí se suelen presentar dos tipos de presión sobre el traductor: la del intermediario y la del destinatario.

A veces el intermediario es un representante del cliente cuya misión es indicar al traductor las pautas de traducción. Por ejemplo, hace poco participé en un proyecto grande para un banco. El equipo de traductores se reunió con el equipo del banco, dirigido por un vicepresidente que es bilingüe, pero muchas de sus opiniones lingüísticas eran anecdóticas: dudaba entre decir saldo o balance; afirmaba que la gente dice cuenta de banco y no cuenta corriente; o que la gente entendería no qué es un sitio Web y propuso usar en cambio sitio en Internet. Después de muchas explicaciones y argumentos, el equipo de traductores logró rescatar la palabra saldo.

En otros casos, muy frecuentes, el cliente pide que mantengamos un nivel adecuado para alumnos de quinto o sexto grado. Tuve que traducir tooth extraction con el ruego ansioso de mantener un nivel sumamente simple. Cuando traduje extracción de diente el cliente me preguntó si no podía usar una palabra más fácil que extracción. Le dije que es la única palabra que denota esa acción y que todo el mundo la conoce.

Ahora bien, hay infinidad de casos anecdóticos que demuestran la gran carencia lingüística en la población hispanohablante estadounidense, pero quiero llamar la atención a uno en particular. En Apuntes (Vol. 8, Núm. 3, Verano del 2000) María Cornelio refiere un caso que me llamó mucho la atención: «... iba caminando por un pasillo del hospital, cuando me topé con una señora de edad bastante avanzada, que al ver la insignia de identificación que siempre llevo a la vista me preguntó en español dónde podría encontrar “el piso seis”. Le contesté: “Señora, éste es el sexto piso”. No me entendió... Pasamos así varios minutos: ella diciendo una cosa y yo otra, hasta que por fin me di cuenta de que el meollo del problema era que ella decía “piso seis” y yo, “sexto piso”, y que la señora no entendía que eran el mismo piso».

Siempre tengo presente a esa señora cada vez que inicio una de estas traducciones, pero no por ello dejo de usar una palabra como extracción. Si bien trato de mantener un nivel de expresión simple, no por ello recurro a las formas del habla (arrancarse un diente o quitarse un diente). Si los pacientes aprenden palabras nuevas como mamografía, entonces también pueden aprender o reconocer la palabra extracción.

Considero que también es parte de mi responsabilidad como traductora, como comunicadora de cultura, elevar un poco, dentro de lo comprensible, el nivel lingüístico del destinatario final de la traducción. Pienso además que estas personas no sólo se benefician al recuperar el buen uso de su lengua, sino que también se sienten tratadas con más dignidad.

El área de los seguros médicos y los servicios del cuidado de la salud insume un gran volumen de la traducción de consumo interno en Estados Unidos. El Departamento de Salud Pública del Estado de Nueva York publicó un contrato modelo como pauta de traducción que contiene algunos términos subordinados al inglés, como el caso de referimiento para referral, en lugar de derivación o recomendación, y Directivas de Anticipación para Advanced Directives en lugar de Instrucciones por adelantado o Directrices Previas. Son deformaciones que posiblemente no se puedan ya rectificar en este mercado, donde se ejerce una presión constante para facilitar la comprensión de los documentos a los grupos de hispanohablantes de recursos más precarios. En estos casos, sin embargo, el traductor tiene la oportunidad de mantener la gramática y sintaxis propias del español.

Hay muchas vertientes por las que personas bilingües que no son traductores difunden un español mal hablado y brutalizado por la influencia del inglés. Caminando por la calle, en Manhattan, un «candidato de la comunidad para concejal» me entregó hace poco un volante donde se leían vociferaciones como éstas:

«Asegure el envolvimiento de padres en tablas de escuelas de la comunidad».

«Elimine los autobuses del diesel del tránsito masa y las escuelas».

«Luche el cierre de hospitales públicas y clínicas de la salud de los niños».

«Cabildea en Albany para la estabilización continuada de la protección de alquiler».

Obviamente, hay mucho que hacer para elevar y recuperar un nivel de comunicación básica, y para evitar que se publiquen y difundan estas barbaridades. Este nivel de lenguaje es moneda corriente entre personas que llegaron a Estados Unidos cuando eran muy pequeños y se criaron en un ambiente bilingüe con deficiencias en ambos idiomas, pero terminaron siendo absorbidos por la lengua predominante en detrimento de la original. Aun así, por razones demográficas y políticas, se erigen como líderes de la comunidad de hispanohablantes.

Este grupo de hispanohablantes «lingüísticamente discapacitado», si se me permite la expresión, no tiene en cuenta que su comunidad se nutre constantemente de gente que acaba de llegar de países donde se sigue la gramática del español y donde se desconocen las palabras que va creando como por ósmosis la población local en su afán de asimilar.

El mercado de alto nivel

Cuando la traducción se dirige a sectores de la población educada, o al exterior, el problema que se le presenta cada vez más al traductor es la preferencia de términos tomados directamente del inglés, cuando no son necesarios. Este año, por ejemplo, un banco de inversión de Argentina me pedía que no tradujera las palabras performance o trading. En casos como éste al traductor no le queda más remedio que escribir lo que manda el cliente y así se van perdiendo las palabras propias del español.

En general, sin embargo, se logra mantener la integridad sintáctica y semántica del español. En la revista Apuntes, que dirijo desde 1995, hemos registrado más de un caso en que una buena traducción o interpretación estableció la pauta y recuperó el buen uso del español. Un caso ejemplar es el de nuestro colega, el traductor Joaquín (Jack) Segura, quien en 1997 fue invitado a intervenir como ponente en una conferencia científica de la Academia Norteamericana de Neurología. Sus observaciones sobre los anglicismos léxicos y de repetición y las deformaciones gramaticales que resultan de calcar las expresiones del inglés tan comunes en la forma de expresarse de los médicos fueron muy bien acogidas. Era la primera vez que una comunidad científica invitaba a un traductor para sanear su vocabulario.

El spanglish

Dentro de la temática general de este congreso, no puedo dejar de mencionar un aspecto inquietante del valor comercial del español en los Estados Unidos. Voy a mencionar muy superficialmente este asunto porque, felizmente, no me ha afectado mayormente en mi experiencia profesional. Se trata del fenómeno lingüístico del spanglish o espanglés, que hemos tratado ampliamente en el número de invierno 2001 de Apuntes (Vol. 9, No. 1), donde reseñamos el Segundo Seminario de la Dimensión Transatlántica del Idioma Español (http://www.spansig-apuntes.org/ )En resumidas cuentas se trata del uso de palabras calcadas del inglés, combinadas en muchos casos con una sintaxis también calcada del inglés. El ejemplo de spanglish más difundido actualmente es la expresión vacunar la carpeta, que es calco de to vacuum the carpet (pasar la aspiradora a la alfombra).

Ya se le ha presentado a otros traductores la situación en que un anunciante publicitario pide que la traducción esté en spanglish. Al anunciante publicitario lo único que le importa es llegar al corazón del comprador potencial y venderle el producto. Si ese comprador potencial habla spansligh, pues ¡dirijámonos a él en spanglish!

Esto es muy duro para el traductor que aspira a mantener un buen nivel de español. En última instancia, si a mí me piden una traducción al spanglish digo que no conozco ese dialecto, que sólo puedo traducir al español. Pero me imagino que no tardarán en encontrar personas bilingües dispuestas a emprender esa aventura. Esto puede tener consecuencias imprevisibles para la evolución, o mejor dicho la involución, del español o del patrimonio hispano en los Estados Unidos.

Conclusión

El traductor es responsable ante el mercado pero también lo es ante su idioma y tiene que luchar, palabra por palabra, para preservar la integridad del español. Cada año perdemos algunas palabras y recuperamos otras. En medio del efecto avasallador de la globalización y de las importaciones no recomendables, el traductor es un soldado en la trinchera de defensa del español. Hace años habría dicho que es un soldado solitario, pero hoy gracias a la red Internet y a los numerosos recursos que ofrece a favor del español, se ha superado el aislamiento del traductor. Es más, nuestra misión es aunarnos y ramificarnos para reforzar y difundir la buena palabra y la buena gramática.

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