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El español en la Sociedad del Conocimiento
El español en la Sociedad del Conocimiento
Belisario Betancur
Belisario Betancur
«La lengua española es el Espíritu Santo»
Álvaro Mutis (en Zacatecas)

Del Primer Congreso Internacional de la Lengua Española reunido en Zacatecas (México) se dijo que era una fiesta de la palabra, una fiesta del espíritu y la derrota del silencio. En este Segundo Congreso debemos invocar aquella deidad que entre los mayas representaba la palabra, para que de él se diga que fue un acto de fe en la dignidad del ser humano; y que la lengua española y las palabras que en ella se digan, sean las de la ciencia, las de la reconciliación y de la paz.

1. La claridad científica

El destino de la ciencia y de la tecnología y el destino de la lengua española que las interprete y las exprese, dependen de que la comunidad hispanohablante sea capaz de valorar el peso específico del español en los cuatro continentes que hoy estuvieron representados en el escenario inaugural del Teatro Calderón. Resuenan todavía las heridas del terrorismo. Pero de su dolor suben al cielo inciensos góticos, que en nuestra lengua se expresan por las palabras de convivencia y esperanza. La ciencia, universal por excelencia, comparte con el lenguaje una hermandad que nace del compromiso del segundo de ser su intérprete: el científico debe utilizar un lenguaje claro para evitar la ambigüedad y las inexactitudes que pueden oscurecer sus descubrimientos y teorías, pero sobre todo debe utilizar un lenguaje transparente para comunicar el conocimiento científico, el cual ha de ser público y no privado. El interés fundamental del individuo, sea científico o no, debe ser la convivencia social, para compartir con los demás, en vez del egoísmo estéril. Allí reside el supravalor del conocimiento, en ser compartido. Y allí se enriquece, también, y en tal medida que grandes arquetipos contemporáneos cifran en ello la razón de ser del conocimiento.

En consecuencia, los niveles de estandarización del lenguaje científico exigen un manejo del idioma que supera su uso cotidiano e impone la utilización de tecnolectos y argots que reclaman estudio y comprensión. Dado que el desarrollo mental del ser humano va unido al desarrollo progresivo de sus capacidades lingüísticas de expresión y comprensión, son fundamentales la ampliación del campo nocional, el enriquecimiento del vocabulario y el uso adecuado y pertinente de la lengua.

2. La red inteligente

La lengua española ha sabido aprovechar el acervo griego y latino para incorporar un tesoro léxico que le permite crear palabras identificadoras de los avances científicos y tecnológicos llegados de la ciencia y la tecnología; la suma, llegados de la era digital.

Para ello el Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española cuenta con los materiales procedentes del fichero léxico y lexicográfico y de las bases de datos del español, en las que están vertidas numerosas obras de diverso contenido y procedencia. De ese material se obtienen las nuevas voces que, una vez documentadas, pasan en forma de propuesta a la correspondiente Comisión de Académicos. Tales comisiones revisan y refinan el trabajo definitorio de los lexicográficos y admiten o rechazan las propuestas: las palabras aprobadas se incorporan al diccionario académico en su siguiente edición.

El anterior circunloquio, que parecería redundante, muestra cómo se evita que entren de rondón vocablos inútiles o que afeen la lengua. No puede ser tan lento el mecanismo de adopción que cuando llegue la definición ya se hayan aclimatado los extranjerismos. Ni tan rápido que canonice una aberración. Un humorista latinoamericano imagina como muy ardua la tarea de los miembros de la Real Academia Española de revisar de manera constante las palabras que entren al idioma de soslayo o con la prisa del uso, sin el pago de los correspondientes derechos académicos de aduana. Toma, por ejemplo, la palabra fax y el verbo faxear que ya campean dondequiera, para buscarles equivalentes en español, así: puesto que el fax es una máquina emisora de datos a distancia, es lógico que la expresión que lo identifique en español lleve el prefijo tele; como también el fax transporta los datos, debe agregarse la palabra transpora (del latín transpor, transportare); además, como lo que sale por el artefacto del fax es una fotocopia, no puede faltar la expresión foto. Y, finalmente, en razón del curioso ruido que hace el aparato, el sustantivo zumbido debe hacer parte de la palabra que en español sustituya la expresión inglesa fax. De manera que cuando alguien quiera decirle a su interlocutor que le mande un fax, lo correcto será que se le solicite así: «Mándame un tele-transpora-audi-foto-zumbido».

En la realidad, no es tan dramático y enrevesado el quehacer de la RAE. Como hecho histórico que nos circunda, la formación de la comunidad académica ha superado barreras que en épocas pretéritas constituyeron obstáculos que parecían infranqueables, como ahora el correo electrónico, los buscadores y las páginas en Internet, las cuales posibilitan una comunicación más expedita y ágil entre científicos y académicos. Sin embargo, las constantes de la formación académica siguen vigentes, como en los tiempos de Platón y de Nebrija: sólo hay red inteligente, con personas inteligentes.

Hemos aprendido de Nebrija su afán por sistematizar los estudios estructurales de la lengua: no sólo sus palabras del Diccionario Latino-Español o del Vocabulario Español-Latino, sino sus preocupaciones por el uso adecuado del léxico; no sólo de las normas obsoletas de su venerable gramática, ni las reglas ortográficas puntuales de su época, sino la necesidad de escribir la lengua en forma pulcra de acuerdo con nuestro tiempo. Ese quehacer corresponde a las Academias, pero también a quienes tenemos el honroso privilegio de hablar español. Durante la época del Imperio Romano, Probo escribió una obra en la cual mantenía la pureza del latín, en ocasiones inútilmente porque la hermosa lengua seguía corrompiéndose. Y en el Primer Congreso Internacional en Zacatecas, supimos de un preclaro banquero jubilado que recorre cada día la ciudad en busca de extranjerismos públicos, los cuales hace castigar por el alcalde y al punto de haber hecho multar con el equivalente de cien dólares a un restaurante que se anunciaba como restaurant, por el prurito de creer más prestigioso el vocablo inglés, al igual que no pocos de nuestros dirigentes.

La tecnología aporta instrumentos de alta calidad y precisión, pero el ser humano es quien define y delimita su uso, en consonancia con su lectura del entorno y con su capacidad para desarrollar procesos cognitivos que favorezcan su proyección científica a cotas similares de colegas en otras latitudes, en una intervención de vasos académicos comunicantes cuya idoneidad se comprobó en la terminación del Diccionario de Construcción y Régimen bajo la dirección del Instituto Caro y Cuervo de Colombia.

Vivimos en un mundo en el que la geografía ya no es límite para la comunicación, pero seguimos sin aplicar un modelo de cultivo de la lengua materna que permita al estudiante, en primer lugar, y al profesional durante su vida, usar en forma pulcra el idioma para transmitir con propiedad su pensamiento y su conocimiento. A pesar del progreso en los estudios derivados de la tecnolingüística, la sociolingüística, la pragmática y otras escuelas contemporáneas, en nuestros colegios y universidades se dictan clases de gramática tradicional, que no responden a las necesidades del entorno tecnológico y de comunicación instantánea, ni corresponden a la era de Internet.

Bajo tal esquema podemos hablar de un círculo vicioso o de un círculo virtuoso en la formación de la lengua materna, según las competencias lingüísticas necesarias en este momento histórico. Los niveles de desempeño de los estudiantes universitarios en competencias comunicativas como la lectura, la redacción, la expresión oral y la escucha son deficientes. Surge, entonces la pregunta del porqué de esta situación en un tiempo en el que florecen los estudios lingüísticos y la formación sobre los procesos de desarrollo de la lengua materna.

Un científico debe comunicar sus ideas de la mejor manera, por lo cual necesita racionalizar su desempeño lingüístico. Tarea nada fácil porque los docentes tienen fallas en dichas competencias, disculpadas por su insuficiente formación escolar. Y porque no siempre la lógica gobierna las formaciones idiomáticas. Como si ese gobierno existiera, en el Caribe colombiano forman de hermosa manera los adverbios de modo y dicen:

—Buenos días, ¿cómo está?
—Graciadiosmente bien, señor —contestan.
—¿De veras?
—Sindudamente sí —responden.

Se explica también por aquella lógica invisible, este letrero en una fonda campesina de mi tierra, en Antioquia (Colombia): ni se fía ni se presta plata; ni se me suba al mostrador.

4. El colonialismo lingüístico

Volviendo al círculo vicioso: los profesionales se quejan del sistema escolar por inadecuado y el sistema reduce a un segundo plano por incompetencia o por ignorancia el cuidado del instrumento básico de comunicación, la lengua materna. Cómo romper el círculo vicioso y convertirlo en círculo virtuoso. En primer lugar reconociendo las fallas históricas que en materia de docencia de la lengua materna hemos cometido, al querer enseñarla como si fuera una segunda lengua.

Luego reflexionando sobre las necesidades hipertextuales de las nuevas generaciones, dando el sentido pleno al prefijo hiper-, que debe girar alrededor del texto y no a la inversa. Es oportuno señalar que un mal hablante o un hablante mediocre de su lengua materna, con dificultad podrá adquirir una segunda lengua que lo universalice. La reivindicación de la identidad cultural justifica la defensa de nuestra lengua y de las lenguas no dominantes, frente al colonialismo cultural y lingüístico de las más poderosas.

No debe dejarse de lado el hecho de que aunque la ciencia es universal, su interpretación y difusión y desarrollo se realiza en primer término de la lengua materna de sus creadores, y puede desplazarse a otras latitudes por medio de lenguas francas que faciliten la comunicación internacional. El español tiene capacidad receptiva para ello. Es bien sabido que la Unión Europea se estableció como regla de oro el aprendizaje de tres lenguas comunitarias, es decir, además de la lengua materna otras dos, al final del período escolar.

Lo cual exige un profundo desarrollo de las lenguas nativas e inclusive de las lenguas indígenas, como decía hoy Miguel León Portilla, para aportar visiones que, desde lo local, conduzcan a lo universal. No resulta extraño escuchar los nombres de Tales de Mileto, o de Kant de Königsberg, que señalan cómo desde una provincia o desde un pueblo pequeño, pueden surgir ideas universales que en su origen estuvieron plasmadas en griego y en alemán. Sin mengua, desde luego, de las acomodaciones al habla local, como es el caso de México, en donde a los transportadores de materiales de construcción los llaman materialistas; lo cual justifica un aviso de este tenor en una calle de la capital mexicana: se prohíbe a los materialistas estacionarse en lo absoluto. Y explica este perfecto alejandrino en una tienda que se liquidaba, en Bogotá, en donde al inventario se le llama existencia: liquidación total de la existencia.

5. La apertura

Causa asombro y vergüenza que autoridades académicas de alto rango señalen como objetivo de sus propuestas pedagógicas la defensa del inglés como única lengua de comunicación académica, y el oscurecimiento de las lenguas nativas; en nuestro caso, por ejemplo, el abuso de la voz pasiva, el desconocimiento de la sintaxis y el desprecio por el subjuntivo.

Cierto que, como decía el maestro Samuel Gili Gaya, participamos poco en la creación innovadora de la ciencia y de la tecnología contemporáneas; que vivimos en gran parte de lo que otros países inventan y propagan; y que las operaciones y los conceptos científicos nos llegan importados con los nombres y los verbos de origen. Pero, repito hasta la fatiga, tenemos receptividad.

Nuestra lengua es abierta al lenguaje de la tecnología, al de la cibernética. Por lo mismo, es deber de nuestra comunidad académica tomar más en serio la investigación científica, explorar con más ahínco en la ciencia y en la tecnología, y comunicar estos resultados en un buen español; y es deber de nuestras Academias mantener su capacidad de búsqueda, análisis e incorporación, abiertas a las mutaciones de la ciencia y la tecnología.

La Real Academia Española, por boca de su director don Víctor García de la Concha, ha expresado que existe esa tarea pendiente para las Academias de habla hispana: recoger el habla de los otros nueve décimos de hispanohablantes de allende el mar y recoger la terminología científica y técnica para que cada nueva edición del Diccionario sea reflejo de la realidad del español en la era del conocimiento. Sabemos que en el nuevo Diccionario se eliminaron 14.000 palabras obsoletas y se incorporaron 20.000. Lo que demuestra sincronidad de nuestra lengua con el tiempo en busca del vocablo certero y elegante, antes de que los extranjerismos se aclimaten como calcos o como préstamos o como xenismos. Sólo admiración tenemos en América y el Caribe frente al fértil quehacer de la Real Academia Española. Empero, permítanme evocar mi reflexión ante el entonces director, don Dámaso Alonso, sobre la justicia de calificar de españolismo en el DRAE los barbarismos perpetrados en España contra nuestra lengua, al modo como con razón se tilda de argentinismo, mexicanismo o colombianismo, los atentados que nosotros cometemos contra ella. Se haría, así, labor pedagógica válida erga omnes y se evitaría la perplejidad de aquel indiecito maya —evocada por el mexicano Miguel León Portilla en Zacatecas—, al ver un libro del conquistador español: «Ah, ¿y es que los españoles también tienen libros, como nosotros?».

En las exequias de Max Planck, dijo Eistein que las puertas del santuario del conocimiento sólo se abren para quienes buscan un mundo inteligible fundado en la razón; y que están cerradas para quienes tocan a ellas con propósitos de codicia o vanidad. Nuestra vanidad y nuestra codicia de hispanoparlantes están en libretos que nos abren las puertas del conocimiento, porque es vanidad abierta y solidaria de la lengua que hablamos y codicia de que la hablen muchos más. Con razón escribía don Pedro Salinas que «está el hombre junto a su lengua como en la margen de un agua un estanque que tiene en el fondo joyas y predrerías, misterioso tesoro celado».


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