
El personaje creado por Jorge Luis Borges que mayor fama haya alcanzado, aparte de él mismo, debe de ser Pierre Menard. No ocultaré que nunca ganó mi simpatía probablemente porque, con la ridícula pretensión de que conversaba continuamente en clase, me castigaban en el colegio a escribir páginas que coincidieran, palabra por palabra y línea por línea, con las impuestas, a veces conjugaciones de verbos franceses pero, por lo general, largos párrafos de Miguel de Cervantes.
En aquella época no había yo aún oído hablar de Pierre Menard, pero ya intuía que no nos íbamos a llevar bien pues, aunque no conocía mal el español, no guerreé contra los moros ni el turco y los profesores no me dejaban olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y 1918.
Ahora bien, quien siempre me fascinara fue Ireneo Funes. Claro que en toda hora me gustó cantar a caballo y, en mis tiempos militares —que los hubo—, procuré llamar por su nombre a todos los soldados de la compañía, hábito que, además del de la disciplina, mucho me ayudó a la hora de enfrentarme a los grupos de alumnos de cualquier clase o condición.
Se preguntarán ustedes el motivo por el que, negándome a referirme a Pierre Menard en los anuncios de un año quijotesco o quesadino —que de las dos formas pudiera enunciarse—, me entretenga hablándoles de Funes. Pero es que al memorioso nada se le olvidaba y conseguía relacionar un detalle con otro, figurándose cada grieta y cada moldura de las cosas precisas que lo rodeaban. Así quisiera yo ahora recordar todos los momentos de este III Congreso Internacional de la Lengua Española que ya concluye, todas las palabras pronunciadas, todas las personas que han intervenido, todos aquellos que, por su verbo y su acto, lo han hecho posible.
No lo lograré porque busco huir de lo trágico. Y tan trágico resulta olvidar como no conseguir hacerlo. He ahí el carácter shakespeariano de Funes, el memorioso, la incapacidad para escapar del deseo que resultará funesta. Afortunadamente, el sirector de la Academia Mexicana de la Lengua, don José Moreno de Alba, el secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, don Humberto López Morales, y el presidente de la Academia Argentina de Letras, a quien tanto debe este congreso y a quien tanto le agradecemos, don Pedro Luis Barcia, nos han dado buena cuenta de lo sucedido.
Sí podré, sin embargo, destacar algunos aspectos que se me antojan principales. En primer lugar llama la atención la presencia de tantas personas preocupadas por los temas que se han tratado y, de modo principal, interesados por la lengua española. Su número demuestra la importancia que la sociedad otorga a los argumentos lingüísticos, frente a quienes piensan que son preocupaciones demasiado distantes de una modernidad globalizada. Pero precisamente la globalización es la que ha despertado, no ya la curiosidad, sino nuevas manifestaciones de un serio interés por lo lingüístico. Y como estos aspectos de nuestra cultura y de nuestra vida cotidiana han sido tan dejados de lado en los últimos tiempos, ha sucedido lo que bien dice el refrán: «Dichosos los pobres si tienen qué comer, porque comen con hambre». Así hemos contado y contamos aún con cientos que asistentes que, bien en directo, bien a través de las transmisiones en locales distintos o en las retransmisiones diferidas, han devorado las exposiciones y los contrapareceres de los concurrentes.
Han sido ustedes, los que componen esta asistencia interesada, entusiasta y discutidora, los que se preocupan del modo que demuestran por los problemas que de la lengua y de su uso se derivan, quienes constituyen el alma de este congreso. Al lado, como acicates, como argumentadores, los conferenciantes, los miembros de las mesas redondas y los panelistas. La verdad es que los organizadores no hemos tenido más que fabricar el estuche para que todo se resolviera. Ciertamente el estuche ha sido bello y el pueblo de la ciudad de Rosario, sus autoridades, las autoridades de la República Argentina, con la senadora Fernández de Kirchner a la cabeza, las empresas que se implicaron en el proyecto y la Academia Argentina de Letras, con su director el profesor Pedro Luis Barcia, supieron sacarle lustre, ilustrar el texto que la ciudad ofrecía.
El año que viene se conmemorará (y aquí hemos empezado a hacerlo) el cuarto centenario de la primera edición del primer Quijote. Permítanme que les recuerde que se cumplirán también los ciento diez años de la publicación en Besançon de Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, un sorprendente libro del boliviano Juan Montalvo. Y hoy hace con exactitud sesenta años y diez meses que apareciera en Buenos Aires la importante reedición a cargo de Ángel Rosenblat. En el capítulo tercero de los que Montalvo fingía olvidados por Cervantes, Don Quijote —no sin escándalo de Sancho— convierte en suya una aventura de otro famoso caballero. Así los organizadores hacemos nuestro un congreso que, en realidad, construyeron ustedes. Muchas gracias.
El tema del congreso ha sido «Identidad lingüística y globalización». Las discusiones han penetrado con avidez, exactitud y perspicacia por los vericuetos de la relación. Absurdo sería que me dedicara a poner en prosa vulgar lo que acertada y artísticamente hicieron los ponentes y con apasionamiento discutió el público a la amplia y hermosa orilla del río Paraná, por el que me gusta imaginarme a tantos escritores que lo navegaron, a favor y en contra de la corriente, durante siglos, buscando la vida Ramón del Valle-Inclán, buscando la muerte Leopoldo Lugones.
Quisiera tan sólo reunir, como en un manojo, los dos polos del título que une el adjetivo lingüístico. Me refiero a «identidad» y a «globalización». Y ello porque permite hacer también un ramo, que ofrezco a todos los profesores de español, arrimando la teoría lingüística a la práctica docente.
¿Quieren una explicación? Recurramos nuevamente a Jorge Luis Borges. No en vano estamos en la Argentina. En 1928 publicó un ensayo titulado El lenguaje de los argentinos. Y en él decía que, empeñándose en borrar sus peculiaridades idiomáticas nacionales, el hablante sólo obtenía «un español gaseoso, abstraído, internacional, sin posibilidad de patria ninguna».
Las grandes lenguas internacionales, entre ellas de modo importante el español, llevan en la gloria de su extensión geográfica la enfermedad de su empobrecimiento. La globalización tiende a reducir el número de idiomas utilizable para los intercambios y, en ellos, busca la coartada para la simplificación al subrayar lo que hay de común y válido para todos. Cualquier lingüista incipiente sabe que el secreto de la lengua radica en la capacidad de significación que ofrece un código ampliamente compartido. Pero ello dificulta también la expresión de lo más íntimo porque, aunque el sentimiento sea individual y exclusivo, la palabra tiene necesariamente que ser comunitaria.
La generalización de los idiomas conduce, pues, a la anulación de las diferencias, a su neutralización, con el peligro de convertirse así en la lengua de todas partes pero, también, en la lengua de ninguna. En la lengua de muchos, pero en la lengua de nadie.
No nos parece por ello acertado encarar la difusión y la enseñanza del español junto al fenómeno de la globalización de modo tal que borre la identidad lingüística. Por el contrario, es preciso que seamos capaces de conciliar lo uno con lo otro, que consigamos combinar la difusión de la lengua, su extensión geográfica cada vez mayor, con el mantenimiento de aquellas particularidades no asistémicas que permiten a cada uno reconocerse en la lengua común.
Porque no se trata de enseñar un español de ninguna parte, sino decididamente enraizado en sus manifestaciones culturales. La lengua debe ser siempre para nosotros la entrada en la cultura, con todas sus particularidades. Como les he recordado que decía Borges, debemos huir de un español gaseoso, abstraído, sin posibilidad de patria alguna. A la vez, podemos afirmar la idea que expresó el poeta Luis Cernuda desde su exilio inglés: compartimos una patria (para unos será la única, para otros una patria compartida en amor y vida), en cualquier caso una patria donde los grandes monumentos de todos los tiempos y de todos los lugares coinciden, se hacen coetáneos: la patria de la lengua, una patria tan abierta y capaz que caben en ella, incluso, las otras lenguas que no han dejado de depositar su légamo en el castellano, las lenguas compartidas por muchos hablantes de Europa, América o África, ya sean el quechua, el aimara, el catalán, el euskera, el gallego o las lenguas de las etnias guineanas, todas y cada una con sus propias particularidades, su difusión y su capacidad de producción cultural.
Permítanme que no olvide y que subraye el modo en que en esta reflexión se ancla la importancia de la certificación del conocimiento del español como lengua extranjera. Resulta preciso establecer en todos los lugares la posibilidad de conseguir un diploma panhispánico que atestigüe el conocimiento del español. Un diploma que sea admitido para los usos académicos, pero también para los usos laborales en todos nuestros países. Un aspecto, pues, en el que tan importante resulta la colaboración de los Estados y de las universidades, como el que presten las empresas privadas.
Durante los últimos años, las Academias de la Lengua de los países hispánicos, bajo la batuta de sus presidentes y, desde luego, la diplomacia del Director de la Real Academia Española, el profesor Víctor García de la Concha, han discutido largamente para llegar a que todos podamos compartir un diccionario, una gramática, una ortografía. A veces lo mejor es enemigo de lo bueno y esas instituciones prefirieron, con todo sentido, abandonar las empresas de adecuación normativa locales para reafirmar el uso que nos une. A ello colaboran de modo muy importante los medios de comunicación, crisol en el que se destilan, mezclan y luego compactan las particularidades lingüísticas.
Ésa fue la función que cumplió la ciudad de Sevilla en los siglos XVI y XVII, cuando albergaba gentes de las distintas regiones de España deseosas de venir a esta orilla del océano con objeto de enderezar sus vidas o, simplemente, de vivirlas. Allí, en las famosas gradas de la catedral que describiera Miguel de Cervantes en Rinconete y Cortadillo, o a la sombra de los muros de la Casa de Contratación, frente a la Torre del Oro, aventureros, entusiastas, descabalados de todo orden social, pero también frailes, menestrales, con las miradas llenas de entusiasmo y esperanza, procuraban no decir lo que en su pueblo sólo se decía, no pronunciar como en su región únicamente se compartía, para buscar palabras, construcciones, acentos y ecos que colgaran todos de la misma hamaca, para ir a conocer el triunfo y la libertad, o los dientes afilados de los tiburones del Caribe.
Perdón. Tal vez me haya equivocado, porque «hamaca» y «tiburón» no eran palabras posibles de usar. Las trajo Cristóbal Colón de su primer viaje. Como tantas otras, se entrecruzaron con las castellanas en el contacto con las lenguas indígenas de América, enriqueciendo aquel idioma que atravesó los mares y que hoy, con la hamaca y el tiburón incluidos, nos reúne a todos, nos ofrece descanso y nos devora.
¿Cómo olvidar, pues, que el castellano que vino desde el siglo XV no es el español que hablamos? ¿Que poseemos una lengua mestiza surgida, primero del choque de todas las expresiones lingüísticas españolas antes de embarcar y, luego, del choque de ese primer mestizaje con las lenguas que se hablaban en América. Se construyó así por todos, por mis padres, y mis abuelos, y mis bisabuelos, y mis tatarabuelos, una lengua internacional maravillosa, pero también se construyó por los padres de todos ustedes, y por sus abuelos, y por sus bisabuelos, y por sus tatarabuelos. Miremos esas fotos que cuelgan en las viejas casas familiares, tal vez en esas casas campesinas a las que casi no volvemos, o busquémoslas en los desvencijados arcones de sótanos o sobraos. Miremos los rostros, lejanos, bigotudos, gominosos, envarados, asustadizos. Recordemos sus nombres, ya dignos de las novelas más que de nuestros veloces medios de transporte, escribamos con la mejor letra sus apellidos: son Gómez y Martínez, pero también Subirats y Polizzi, o Iribarren o Teixeira, o Quispe. Fijemos nuestra vista en sus ojos que nos miran como un túnel cerrado de tiempo y digámosles: «Tú también hiciste la lengua española».
Con ese espíritu de idioma compartido y construido por todos desde los propios acentos, ha querido el Instituto Cervantes proponer el Diploma panhispánico del español, como repite nuestro director, el Dr. César Antonio Molina. Un diploma que certifique lo que ya vivimos todos los días: que puede estudiarse la misma lengua en todos los lugares, un diploma que, así, alcance a afirmar ante los demás la importante, esencial y trascendente unidad de nuestra lengua. También esto ya lo saben todos los que han cambiado de residencia para trabajar, los que han marchado a estudiar fuera y, sobre todo, los miles de escritores y de profesionales de los medios de comunicación que se entrecruzan mensajes o que nos entregan cada día nuevas páginas para nuestro solaz y nuestra información. Negarlo sería negar la evidencia.
Hemos empezado a celebrar el cuarto centenario de la publicación del primer Quijote, de lo que es conocido como Primera Parte. Dicen los profesores de literatura que ese libro de 1605 buscaba la unidad en la diversidad, incorporaba numerosas novelillas y poemas que respondían a las pretensiones de la estética de la época. Pero diez años más tarde, Cervantes da a la imprenta un segundo Quijote, la llamada Segunda Parte. Y ahí, han desaparecido las novelitas para aparecer sólo como peripecias del personaje. Acudamos de nuevo a los eruditos; nos hablarán de la diversidad en la unidad.
Durante los últimos años, las Academias de la Lengua y el Instituto Cervantes, con ayuda de numerosas instituciones públicas y privadas que se interesan por el estado de nuestro idioma, han trabajado para conseguir la unidad en la diversidad, algo así, como el primer Quijote, pues quijotesca era la empresa. Desde el final de este III Congreso, les propongo un trabajo para los próximos diez años, con objeto de que, al celebrar en 2015 el cuarto centenario de la publicación de la Segunda Parte del Quijote, podamos decir que hemos asegurado la diversidad en la unidad.
Hasta entonces: muchas gracias.