Ir directamente al contenido de esta página
Portal del Instituto Cervantes
Inicio del portal de los Congresos Internacionales de la Lengua Española
Inicio del portal de los Congresos Internacionales de la Lengua Española
El español, instrumento de integración iberoamericana y de comunicación universal
Creación literaria en la comunidad iberoamericana
América, origen onírico y reiterado que te narras en piedra
Berna de Burell
Academia Panameña de la Lengua
(Panamá)
Berna de Burell

Hispanoamérica es y será la apoteosis de la hipérbole, nuestra es la desmesura. Sucede, aun cuando ella atraviese oquedades en sus voces, aun si aparenta no narrarse, porque, hasta en sus silencios, es grandilocuente su presencia de grito.

Durante toda la historia hispanoamericana narrarnos nos es intrínseco, una necesidad vital de contarnos escuece en nuestras venas, pero siempre parece suceder en una dimensión paralela a la realidad, del mismo modo y tiempo que en Macondo, cíclicamente. Autores, personajes, hitos, menguas, motivaciones, características, historias… no prosiguen, pero no se estancan; tampoco podría decirse que renacen, para renacer hay que morir y los tiempos anteriores nunca mueren por estos lares. En ese cronotopo macondiano y urobórico del que hablábamos, se inician una y otra vez la realidad en el espejo y esa dimensión paralela que no la imita, sino que la desborda. Así era antes de llamarse en español, cuando los dioses recibían ofrendas paganas inocentes y crueles. Así fue cuando se preparaba Europa, puesta la esperanza de fábula en leyendas reales. Así, cuando empezaron a querer que allende los mares hubiese seres ávidos y dadivosos esperando, y así fue porque los había. Así fue para la eclosión del mundo renovado por la aventura y la cruz. Cuando nos buscaron, nacíamos; al encontrarnos, también. Aun en los olvidos, nacimos. Al transformarse el mundo en español, lo hicimos. Cada vez que se pensó en la posibilidad de crisis. Nuestra misión primera es narrarnos. Y todas las narraciones deben tener un inicio, para eso nacemos cada vez. Así será en todos los tiempos de Hispanoamérica. Y en sus tiempos humanos, naceremos en el pasado, en el presente y en el futuro.

Antes de aquellas lapidarias palabras por uno de sus nacimientos: «Muchos años después frente al pelotón del fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía recordó la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo», en la novela hispanoamericana no había crisis, pero tampoco una presencia real en Europa o en Estados Unidos consecuente con la calidad de la obra narrativa de esos momentos. Salvo excepciones, su ausencia era notoria en cenáculos, en la crítica literaria universal, y no tenía universo de lectores. Luego ocurrió lo inesperado: la desmesura fue noticia y hubo sobre todo lectores en cada rincón del orbe (no deja de asombrar cómo pudo ser traducida a otras lenguas tan ajenas y extrañas, por ejemplo al alemán, Cien años de soledad, y además gustar hasta lo indecible, cómo pudo trasplantarse esa plasticidad de imágenes, emociones y derroche de sentimientos que viniendo de donde venían, solo parecen posibles en español), el mundo aprendió una magia nueva que se entronizó en las librerías como una adicción. «En la sociedad occidental fue produciéndose un fenómeno de encubrimiento y desplazamiento aparente de lo mítico. La literatura emprendió, decididamente, su reedificación».1

Fue el boom, magnánimo padre de la abundancia, el que provocó todo el bien, pero en la misma savia nos reforzó la necesidad de permanencia narratoria que nos signa. Y como sucede en los mundos que están continuamente inventándose, una saga mítica fue el detonante: «escrita por un colombiano con un prestigio tan reducido que su nombre no figuró en el Congreso de Intelectuales de Concepción de 1962, pese a que ya había publicado El coronel no tiene quien le escriba»2 (a juicio de los entendidos, una de las novelas en habla hispana más perfectamente estructuradas). Los anteriores: Borges, Asturias, Carpentier (iniciador de la nueva novela histórica con El reino de este mundo), Onetti, Arguedas, Sábato, Lezama Lima… Y los miembros propiamente: Cortázar, Donoso, Rulfo, García Márquez, Fuentes, Vargas Llosa… no son inventos del boom, ya escribían, eran buenos, algunos excelentes e irrepetibles (Cortázar, por ejemplo, escribía en París). A punto estaba el mosto de aquel acontecimiento sin parangón en la historia de la novelística: en un solo continente, en escasísimo lapso de tiempo y espacio, un muchacho ganaba el premio más importante de una prestigiosa editorial, la obra La ciudad y los perros. Y otros, cada uno en su tierra, creaban obras maestras replicando a los sones de los ecos darianos, malleanos, asturianos, borgeanos… de cuando solo los entendidos y la crítica especializada sabían de sus elitistas creaciones de valores universales.

El boom fue hito literario y cultural, pero, ante todo, un fenómeno editorial sin precedentes que tomó una literatura ya cimentada y poderosa y la catapultó en el ámbito mundial, al tiempo que se concentraba también en promisorios noveles autores, porque, además de un joven Vargas Llosa, en México, un joven Carlos Fuentes publica La muerte de Artemio Cruz y, un poco más allá, casi del mar nacen dos novelas fundamentales: Tres tristes tigres y Paradiso, de dos jóvenes cubanos, y, desde Argentina, el ludismo revoluciona el mundo literario con Rayuela. Pero la hipérbole americana se superaba a sí misma, en ese preciso momento se da un tiempo cenital paralelo, mítico: los maestros, discípulos a su vez de la literatura europea, clásica y contemporánea, sientan cátedra narrándonos: Borges, que en 1950 había editado su obra maestra, El aleph, publica El hacedor en 1960 y continúa escribiendo prolíficamente hasta su muerte en 1986. Asturias publica en 1963 Mulata de tal y Cuentos y leyendas en 1965; continúa su producción hasta 1972. Carpentier, de una generación anterior, publica para esa época El siglo de las luces, en 1962, luego Concierto barroco, en 1974. Estos y otros importantes escritores hispanoamericanos constituyen la mejor y mayor influencia que recibiera el boom, estuvieron allí antes, durante y después.

En el génesis, las primeras novelas hispanoamericanas se pintaban, el color simbolizaba, sugería, narraba: «tienen el color de la tierra los que se revolcaron en el barro, y el de la ceniza los que buscaron calor en los fogones apagados. Verdes los que frotaron sus cuerpos en el follaje y blancos los que se quedaron quietos».3Deslumbramiento adánico que proyecta su primigenia soledad por la inocencia vegetal y mineral de un paraíso imaginado en otras tierras.

Quizás nunca se reprodujo mejor que en esas efímeras circunstancias de ave libertaria la realidad americana. Bien pudo ser uno de los inicios de nuestra novelística aquel bagaje de historias, leyendas y mitos que sus primeros pobladores, aún no americanos, guardaban en lienzos para que sus cantores interpretaran ante un público maravillado, cautivo y partícipe para que pasaran a las generaciones por venir la historia de los orígenes. Nada faltaba, allí estuvo la constante anulación de tiempo y espacio, asunto ficticio o realidad tratada ficticiamente (intriga novelesca), elementos narrativos-descriptivos, más que puntos de contacto con la oralidad legendaria y el mito, se fusionaron uno en otro en la más íntima comunión. La realidad se elimina al transformarse en fantasía por un lenguaje primigenio, musical y onomatopéyico que inicia otra realidad y cuyos ecos siguen y seguirán en nuestra narrativa como en un sueño que soñamos coincidentemente todos a un tiempo. «Los indios makiritare saben que si Dios sueña con comida, fructifica y da de comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento».4

Y entonces, cuando la magia era cotidiana y daba pie a pensar que semejante prodigalidad oral era suficiente y hasta demasiado, llegaron los descubridores y volvió a iniciarse el mundo. A la sorpresa se unieron el desarraigo, las soledades, y los dioses se enfrentaron. Ya desde aquella época ocurre una interacción vinculante entre el hecho histórico y la desbordante ficción que emana de América. Interacción que ya se decantaba por crear literatura mítica: junto al desamparo del indio, amazonas; al lado de la injusticia, gigantes; paralelo a la pobreza, El Dorado; al margen de la inocencia, caníbales; el conquistador ante su desesperada soledad encontró el amor y pudo embriagarse solo con la esperanza de ser joven para siempre en una tierra de fábula.

Colón inicia nuevamente nuestra narrativa: «Ellos aman a sus prójimos como a sí mismos, y tienen una habla la más dulce del mundo, y mansa, y siempre con risa…».5 Después de todo, la crónica (el inicio) es un género histórico-literario. En ellas se mezclaba realidad e ilusión. Los cronistas dijeron lo que veían, la verdad. Pero sus contemporáneos pensaron que la ficcionalizaban. Se deslumbró al Viejo Mundo con las maravillas del Nuevo y, con ellas, las confirmaciones de sus más atrevidas fantasías. El mito y la magia de nuestras culturas ancestrales se redescubren a sí mismos ante ojos ajenos y nos hacemos conscientes de la otredad. De los siglos XVI al XIX, aunque la literatura hispanoamericana es aún una expresión de la dependencia con España, tiene atisbos de rebeldía y necesidad de contarse desde acá. Y no obstante el descubrimiento rompe con la visión medieval del mundo, quedaron en las crónicas y en la literatura procedente restos de las leyendas y los mitos europeos. En el siglo XVI (aunque no existía la palabra novela en el castellano de ese tiempo), se emitió una real cédula que prohibía leerlas precisamente en América. Qué paradoja: prohibir las novelas en una tierra que era toda ella. Este absurdo decreto real bien pudo ser una de las razones por las cuales no se escribieron novelas hispanoamericanas durante el periodo colonial. Ya en el siglo XVII se inicia en nuestra literatura, aun con ausencia de la novela, la etapa que produce el sedentarismo de las cortes virreinales, y no solo se mezcló la sangre, ocurrió la más grande amalgama de la diversidad que el mundo ha conocido.

El periquillo sarniento, de Fernández de Lizardi y la Amalia, de Mármol, son las dos novelas más importantes del siglo XIX. La inestabilidad social, el despotismo y las guerras civiles marcaron en la narrativa romántica dos vertientes, la social y la sentimental: un pícaro americano, con el modelo español, denuncia la esclavitud del negro e inicia la novela hispanoamericana, Amalia, obra histórico-política, pues el primer elemento latía aún bajo otros géneros. Los escritores hispanoamericanos vuelven sus ojos al pasado, la conquista y la colonia, con una fuente real, los archivos de Indias, sin perderles las huellas a los románticos. Ven la luz Cumandá, de León Mera; Guatimozín, de Gómez de Avellaneda; La novia del hereje, de Vicente Fidel López, entre otras… Obras todas con intención de denuncia. Para esos oficiantes de palabras era vital la tarea de reivindicar al indio, al negro y al mestizo.

Los temas de rebeldía no solo permanecieron, sino que adquirieron la fuerza de la razón en el marco histórico de la independencia; entre 1800 y 1830, la colonia de España en América se derrumba, comienza el proceso de la separación política de los países americanos. Y ya para la tercera decena del siglo XIX la literatura hispanoamericana da inicio a una forma que se hace vocera de expresión de los pueblos libres. Se escribe en piedra sobre la razón y el equilibrio. El hombre de Diderot entró en escena también en América e, igual que pasó con el barroco, al trasplantarse a América, el clasicismo europeo se adapta, pero con sus propias variantes. Después volverían a la escena mitos y leyendas para enriquecer las primeras manifestaciones telúricas, como fondo de temas pintorescos para atraer la atención hacia una literatura tímida aún y hacia la causa del indio y del negro, cuyas verdaderas imágenes nuestras razones coloniales distorsionaron a veces. Y como fondo de una literatura pujante y auténtica que muestra una realidad diferente, pero innegable. Trataron a estos seres marginados y sus vidas no como tema subyacente de segundas motivaciones, sino como parte primordial de lo que somos; en una literatura madura, que dejó de mostrarlos con falso romanticismo y que, al hacerse objetiva, descubrió también las lacras para que sanaran. No surgió, no obstante el interés y la afinidad entre el realismo y la historia, ninguna novela histórica realista. No fue hasta 1928, cuando Tomás Carrasquilla publicó La marquesa de Yolombó.

Y el ciclo se completó, desde la narrativa romántica, realista, naturalista, indigenista, indianista y regionalista, vanguardista, hasta la nueva novela hispanoamericana… En cada movimiento hubo pinos y llanuras. Probablemente, en cada uno pudo pensarse en respectivas crisis, en que no se creaban grandes obras; pero lo cierto es que en todos sucedía la historia y esta se escribía. En retrospectiva, vemos claramente en la imagen las copas de los pinos, pero también la fuerte llanura baja, espesa y compacta de obras para hacer sedimento hasta completar el paisaje literario hispanoamericano

Luego, tal como se ha dado y aún se da en todas las literaturas, hubo otro aparente espacio impávido; en este caso, solo el necesario para hacer, como ya vimos, la trocha al boom; sin imaginar semejante resultado, se estaban dando sus antecedentes. Usando nuestro acervo imaginario, paradójicamente, nuestra literatura ganó verosimilitud. El mito se entronizó en la narrativa y dio obras como Iguarayá, de Yepes, Caracas, 1872; Raza de bronce, de A. Arguedas, Bolivia, 1919; El carnero, de Rodríguez Freyle, Bogotá, 1926; Doña Bárbara, de Gallegos, Venezuela, 1929; Leyendas de Guatemala, de Asturias, Guatemala, 1930; Ecue-Yamba-O, de Carpentier, Cuba, 1933; Cantaclaro, de Gallegos, Venezuela, 1934; La serpiente de oro, de Alegría, 1935; Yawar-fiesta, de J. M. Arguedas, Perú, 1941; El señor Presidente, de Asturias, Guatemala, 1946; El reino de este mundo, de Carpentier, Cuba, 1949; Pedro Páramo, de Rulfo, México, 1955; El ahogado, de Tristán Solarte, Panamá, 1957; La región más transparente, de Fuentes, México, 1958, entre otras muchas.

Aún hoy, tras un pasado aleccionador y con la certidumbre de que nuestra necesidad eterna de narrarnos nos condiciona tanto a grandes momentos como a lapsos sustanciosos para iniciar cada vez nuestra ficción tan presente y tan clara que permita colmar el porvenir con nuevas obras, ¿sería justo, entonces, hablar de crisis una vez más? ¿Podríamos decir que la novela hispanoamericana sufre la seria decadencia que suponen algunos?

Se dice que después del boom, la literatura hispanoamericana ha menguado, digamos, su efervescencia creativa, y que, en cuanto a lo que hubo y hay, existen diferencias: la actual no está a la altura. No obstante, bien podría ser que en realidad sea la sección editorial del mundo bibliográfico la que padece una crisis humanística. Como le ocurre al mundo en general, la crisis que afecta a lo que Francisco Rodríguez Adrados ha llamado la sociedad antihumanística.

En tal caso, no solo estaría en crisis la novela hispanoamericana actual, sino la literatura universal. Se fomenta la creación ligera, la papilla acomodaticia. La obra encandilante que basa su poder de divertimento en fogonazos que se consumen en el instante, sin dejar siquiera brasas. Una narrativa sin profundidad porque no necesita del lector avisado, en realidad se nutre de la masa lectora para existir. Y así se creó la ilusión de ausencia de escritores. No existen razones reales para pensar en una crisis de la narrativa y no las hay para sostener las supuestas grandes diferencias entre los escritores de entonces y los de hoy, los personajes de entonces y los de ahora casi todos siguen siendo los mismos. Más bien pudiéramos buscar razones en otros puntos. Como por ejemplo, reiteramos que la crisis la tiene la cultura en general, y en ella la literatura, y así como a las manifestaciones de cultura podríamos clasificarlas a veces como deficitarias, del mismo modo se fomenta la literatura condescendiente.

Ante esas descorazonadoras perspectivas, casi valdría la pena asirse a la esperanza de que el boom no ha muerto del todo. Por lo menos en cuanto a la aquiescencia que encuentran aún las obras de sus supervivientes, así pareciera. Aun tomando en cuenta la categorización de los que detentan diversas opiniones en sentido adverso sobre el boom, no sabríamos dónde colocar su argumentación, pues esta opinión no se ajusta a la realidad y no creo que nadie tenga sobre eso la certeza absoluta.

Podría ser el proceso de internacionalización quizás el mayor culpable de la supuesta crisis de la literatura hispanoamericana, si la hubiera. Y es que la novela hispanoamericana cruzó la línea del provincianismo y progresivamente se universalizó. ¿Dónde hay culpa?

El mayor mérito que encuentro en la obra del boom, sobre todo en la de García Márquez, es que los hispanoamericanos nos reconocemos en ella, en su lenguaje, en los detonantes que vulneran nuestras emociones. Hoy es más universal el lenguaje y el temario de nuestra literatura, también lo es el ámbito de captación y participación del lector; igual me reconozco en lengua, temario y personajes, pero no es lo mismo. Lo que aprendí a sentir con el boom es parte mía como lectora, quizá me gusten o no las formas nuevas, pero deberé reaprender. Aunque lo cierto es que algunos escritores del «crack» no poseen la garra suficiente para que sus lecturas seduzcan, por mucha necesidad de ruptura y de relevo generacional que tengan con respecto a los que los preceden. Me atrapa mucho más una relectura de casi todos los escritores que los antecedieron. También puedo reconocer los méritos creativos de Capote, pero en sus obras la forma no se hermana con mi gusto literario, hay otro mérito también vital y definitorio en los escritores del boom, lograron que la narrativa traspusiera el simple interés pedagógico, para ellos era igual de importante la forma y la reinvención del mundo. Como nos dice Donoso,

(…) por muchos méritos que estuviéramos dispuestos a concederles a estas grandes novelas clásicas que tanto tiempo se mantuvieron en cartelera, ellas y las otras novelas que engendraron nos parecían ajenas, lejanísimas de nuestra sensibilidad y nuestro tiempo.6

Es el tiempo el que determina la importancia que tendrá una obra y quizás en la contemporaneidad y más en la coetaneidad sea difícil detectar cuán germinativa podrá ser tal o cual novela actual; el atribuido fenómeno de respuesta inmediata del boom no lo fue tanto, su eclosión se incubaba desde el inicio oral, hasta llegar a Darío, por ejemplo, un orden común se instituía desde la narrativa breve: El velo de la reina Mab, La muerte de la emperatriz de la China o El caso de la señorita Amelia… ¿No somos todos, de algún modo, deudores de la narrativa breve? E igual que el caudaloso mar de toda la novelística que nos antecede, aún nos influye el río bienhechor de los cuentos de antecesores como Bocaccio, Quiroga, Cervantes, Faulkner, Dostoievski, Lugones, Kafka, Hemingway, Man, Irving, Borges, Onetti, Nabokov, Pardo Bazán, Paz, Bécquer, R. Castellanos, Pérez Galdós, S. Ocampo, Asturias, Monterroso, Rulfo, C. Lewis…

No es nueva la sensación de crisis presentida, y en cada periodo ha ocurrido en los espacios en que parece que no hay relevos, pero los hay. Aunque lo cierto es que nos conmueven mucho más Cervantes, Kafka, Proust, Sartre, Gabo, Borges, Cortázar y Fuentes que nuestros coetáneos. Y la responsabilidad de ello no estriba en estos nuevos escritores, sino probablemente en esa formación que mencionamos.

A finales del boom, si es que tal cosa se ha dado (me refiero a los finales), las editoriales, los libreros, los críticos y los escritores intentaron extender el techo, que se guarecieran todos los que cupiesen, los de antes, durante y después… Cobijar a los nuevos, que el movimiento no pereciera. Pero no se pudo, el espacio se angostó (no creo que, como afirma Donoso, el boom se superpoblara). Simplemente era un grupo bien definido de nombres y obras que incidió en lectores que se hicieron bajo su influjo y no lo permitieron. Y quedaron solo los que estuvieron desde un principio, intocables y padres (eso sí estaba permitido, hasta deseado) de todo lo que viniese después, bueno o no.

La narrativa está pasando por un momento difícil, en el que se ha entronizado (con mayor fuerza que en periodos anteriores) la literatura superficial. Pero eso se debe en gran medida a los «adelantos» tecnológicos que proporcionan mayor acceso a todo, incluyendo la bibliografía universal (difusión especializada, mayor cantidad de personas, más lectores). La calidad de las grandes novelas que se produjeron justo antes del boom, durante y un poco después, quizás no se ha repetido salvo contadísimas excepciones, pero eso no es privativo de este momento, la cantidad total de obras de cualquier época dista considerablemente de las que valen la pena. Hay que esperar el proceso de sedimentación que provee el tiempo. Pudiera pensarse que después del boom nuestra literatura aparentemente ha ido decayendo, por ejemplo, en efervescencia y hasta en calidad. Y que respecto a lo que fue (sobre todo el boom), sus sucesores no están a la altura. Pero no es así. Aunque admitamos que hoy se siente un gran silencio, pudiera ser el que precede a la eclosión de las obras más esperadas de una cosecha. Las que no llegarán esgrimiendo lanzas de ruptura, ni escribiendo manifiestos contundentes. Tampoco serán ni mejores, ni peores, sino distintas. He aquí el mejor destino que pueden provocar los antecesores y el que esperamos quienes, ya pronta la cosecha, brindaremos con el vino nuevo.

Aun si aceptáramos la negativa posición de la crisis, como en cada una de ellas, hay excepciones. Se está escribiendo. Aparte de grupos cuya voz surgió impotente como un eco cansado, hay voces que tienen algo que decir y lo dirán bajo, grave y firme como un secreto tan poderoso como una llave; otras lo gritarán para que lo repitan las piedras hasta la infinitud porque también su creación nació para perpetuarse.

Toda clasificación restringe y sesga, provoca ausencias y errores irreparables. Sin embargo, asumiendo el riesgo, señalaré, entre los escritores nuestros que han tomado la antorcha, a Bryce Echenique, Roberto Bolaño, Gioconda Belli, Juan Carlos Guedes, Jorge Volpi, Edmundo Paz Roldán, entre otros…

Muchos de estos nuevos escritores, recipiendarios del boom, están reescribiendo la historia. Es muy probable que esté precisamente en la novela histórica la apertura de nuevas cimas en la literatura hispanoamericana: de los siglos XVI al XIX la literatura nuestra, aunque es aún una expresión de la dependencia de España, tiene atisbos de rebeldía y necesidad de contar la «verdadera» historia «desde acá». Después de todo, la crónica (el inicio) es un género histórico-literario. En ellas se mezclaba la realidad con la fantasía. Durante el romanticismo hispanoamericano, la inestabilidad social, el despotismo y las guerras civiles marcaron dos vertientes románticas, la social y la sentimental: Lizardi (en El periquillo sarniento, un pícaro americano, la denuncia de la esclavitud del negro), Villaverde (la discriminación en Cecilia Valdés), Gertrudis Gómez de Avellaneda (el sacrificio del último emperador azteca en Guatimozín), Vicente Fidel Gómez (en La novia del hereje).

En su excelente ensayo, La nueva novela histórica de la América Latina, Seymor Menton analiza exhaustivamente el tema. Y aporta luces significativas contra el supuesto de una crisis de la novelística actual. Entre otras cosas, Menton señala que «Pese a los que teoricen sobre la novela del posboom, los datos empíricos atestiguan el predominio, desde 1979, de la Nueva Novela Histórica».7 Y apuntala sus argumentos con sólidos ejemplos de obras u autores de la literatura universal desde 1979 hasta 1990.

Retomemos: Carlos Fuentes, La campaña (actualiza la novela criollista con constantes alusiones a conocidas novelas históricas de otros autores del boom), 1990; Elena Poniatowska, Tinísima, 1992; Tomás Eloy Martínez, Santa Evita, 1995; Gabriel García Márquez, Historia de un secuestro, 1996; Carlos Fuentes, Los años de Laura Díaz, 1999; Antonio Skármeta, La boda del poeta, 1999; Jorge Edwards, El sueño de la historia, 2000; William Ospina, Ursúa, 2005; Isabel Allende, Inés del alma mía, 2006. En esta última obra, también la más reciente de la autora, se dan todos los parámetros de la novela histórica, el corpus resulta real, no se omite crueldad ni la más dura realidad, todo es ganancia en verosimilitud. La prosa, bellísima, es de los mejores logros de la obra. Fue escrita con seriedad y respeto, al final aparece toda la bibliografía consultada. En mi opinión es quizás el mejor trabajo de Allende.

El papel de la novela histórica es armonizar el mundo de la creación con la objetividad de los hechos. No olvidemos, por ejemplo, que en 1975, uno de los más precisos instantes de nuestra historia literaria, cualquiera lo habría sido con semejante obra: Carlos Fuentes publica Terra nostra, la metáfora colosal, epifánica y sublime de la cultura hispánica, el más atrevido e intrincado texto que ata al lenguaje, al mito y a la historia. En uno de sus más emblemáticos episodios, el propio Cervantes narra a España y a América.

Es muy posible que a nuestra literatura le está sucediendo lo predicho por Donoso: hay desconocimiento mutuo entre los creadores latinoamericanos. Y no debía ser, pues tanto los escritores del boom, del posboom, como los de hoy poseen potencialmente las mismas causas, piensan con similares argumentos y anhelan los mismos desenlaces: «el ansia de reafirmación de su América; la preocupación por el lenguaje. Y la convicción mesiánica de que es a los hispanoamericanos a quienes corresponde renovar la lengua española».8

Se pensó que aquella novela que derriba dogmas no existía ya, pero sí existe. Y concuerdo con los estudiosos del tema, la tónica del posboom y de la posterior generación sigue siendo la novela histórica, pero como en cada caso de rupturas de lo establecido, y con sus variantes y obligadas innovaciones, ya no se desarrollan en los estrechos márgenes de lo estrictamente comprobado, ahora se sugieren y se aceptan los supuestos que refuerzan la historia, pero embelleciéndola. Como se novela, están los que fueron esbozados por terceros, las notas epistolares, lo que se dijo, lo que no, los grandes silencios influyen para bien de la creación, pues, a partir de todo ello, el escritor puede ficcionalizar la historia, eso es novelizar. Siguiendo el trillo que signara el boom, se evita la visión maniquea del tratamiento del personaje histórico.

¿Pero acaso el pasado no fue siempre una especie de sustrato de la narrativa? ¿Y nuestra novela no penduló acaso entre la crónica y la historia? Hubo prácticamente una obsesión por los asuntos históricos de todo nivel, hasta los de las vidas de los personajes públicos. Aún hoy, muy lejos del estallido del boom y de sus antecesores, es la novela histórica la que nutre nuestra narrativa.

Por supuesto que hay buenos autores entre los nuevos, pero no los conocemos. Probablemente se esté realizando entre ellos, igual que en las vísperas del boom con sus integrantes, el intercambio personal de que hablaba el autor chileno, un mano a mano. Juego que los demás, discriminados, contemplamos envidiosos. ¿O es que todos los involucrados en la situación de la novela hispanoamericana posboom pretenden prolongar ese movimiento clásico en nuestra literatura o por lo menos repetir parámetros y a pesar de las variantes encontrar posibilidades de una continuidad segura precisamente en la literatura histórica?

Haré un desvío corto por un trillo que me interesa, la literatura de mi país, la literatura panameña, desperezándose aún de esa etapa que menciona Donoso de los criollistas:

(…) hablo de Chile porque es mi experiencia, pero me imagino que no puede haber sido muy distinto en los demás países pequeños y pobres del continente— fueron los criollistas, en otras partes llamados costumbristas o regionalistas. Mientras el mundo de los jóvenes se expandía mediante lecturas y compromisos que tendían sobre todo a borrar las fronteras, los criollistas o regionalistas y costumbristas atareados como hormigas, intentaban al contrario reforzar esas fronteras (…) hacerlas inexpugnables, herméticas, para que así nuestra identidad, que evidentemente ellos veían como algo frágil o borroso, no se quebrara o escurriera.9

Incursiona, al igual que el resto de Hispanoamérica y el mundo de la narrativa, en la novela histórica, relación que ha marcado considerablemente su corpus en todas las épocas. El tema del canal, por ejemplo, histórico de por sí, es motivo y filón de nuestra literatura en general, especialmente en la novela. Después de todo, con la novela histórica existe mayor oportunidad de recuperar la verdad, porque hay más libertad de creación y es posible inventar los porqués ocultos. Solo por ejemplificar, tenemos entre las primeras El tesoro del Dabaibe, de Octavio Méndez Pereira (1940), donde hace de Balboa, el descubridor del mar del sur, un mito, pues la verdad fue distorsionada por la historia oficial de España; Tú sola en mi vida, Julio B. Sosa (1943); El cabecilla, de J. A. Cajar Escala (1944); Luna verde, de J. Beleño (1951), el autor sufrió en carne propia las injusticias que narra, esta obra inicia el tema canalero; San Cristóbal (1947) y Desertores (1952), de R. H. Jurado; Gamboa Road Gang, J. Beleño, (1963); Manosanta (1996), de Rafael Ruiloba, sin duda una de las novelas más importantes de la literatura panameña actual, cuenta desde tres perspectivas diferentes los acontecimientos políticos y militares en la Colombia de inicios del siglo. Con bien lograda complejidad argumental, uso de la sátira y la hipérbole, entre otros recursos literarios, se mitifica la historia acertadamente; La serpiente de cristal (2000), de Tristán Solarte, con sucesos novelados, pero ocurridos en la dictadura de Torrijos, logra, con prosa sencilla, sugerencias sutiles e ironía y humor sobre lo que en verdad pasó y crear una novela crítica de la época; Vida que olvida (2003), de Justo Arroyo, sobresale entre las novelas contemporáneas del género histórico en Panamá. Con dos personajes: uno, que no quería la separación de Colombia que en esos momentos se gestaba y el otro, que es ajusticiado por un horrible error, la obra logra un excelente paralelismo entre los dos, con el resultado de una novela sumamente interesante; El caballo de hierro (2005), de Juan David Morgan, sobre el primer ferrocarril panameño, el primero trasatlántico de América Latina; Lobos del anochecer (2006), de Gloria Guardia, la novela más exitosa del año, sobre el magnicido ocurrido en Panamá durante los cincuenta. Una historia mil veces contada, nunca bien sabida. Esta vez se han ordenado datos y cuidado detalles. Buena estructura, narración a dos voces que nos acerca al núcleo bordeando sabiamente el límite entre la ficción y la realidad, muy bien documentada, amena y con buena prosa.

La otra cara de la supuesta crisis de la literatura hispanoamericana podría ser el sobresalto que experimenta el escritor ante la posibilidad de la no aceptación de su obra, angustia que se refleja como en un espejo en la necesidad del lector de encontrar sitios comunes en los mundos imaginarios a los que se enfrentará. Circunstancias que no siempre coexisten.

En una reciente película para televisión, Los impresionistas, que rescata la biografía, muy bien documentada, por cierto, de Degas, Manet, Monet, Cezanne y Renoir, aparte de las anécdotas, intimidades e imágenes de la serena hermosura de la campiña francesa, repetida en los lienzos maestros y que le imprimen color, amenidad y belleza infinita, el director logra conmover extraordinariamente con la angustia de cada uno de esos pintores por la aceptación. Nunca fue el éxito económico lo que perseguían, deseaban con todas las fuerzas de sus espíritus geniales que lo creado con dolor, pasión, ansias y esperanzas fuese visto, observado, analizado, gustado por los otros. Siempre los otros, aquellos para quienes habían trabajado. Pasaron grandes penurias y alguno murió en la inopia sin que le reconocieran sus méritos hasta después de muerto. Y eso que se trataba de los genios a quienes debemos todo en la pintura occidental posterior Las cosas siempre fueron así para el creador, hoy no es diferente. Sigue siendo igual la lucha contra el desprecio por la ignorancia y late el miedo al enmohecimiento de la obra (independientemente de su valor). Solo para lucubrar, ¿podría acaso esperarse que de ese moho que provocan los demás como respuesta a nuestro anhelo saliese la vacuna salvadora? Es decir, en una especie de homeopatía de la creación, ¿que la misma envidia y maldad que lo provocan fueran la causa de hacernos inmunes al deseo de que nuestra obra guste? Por lo menos en estas tierras hemos demostrado que las utopías a veces suceden.

Las dificultades del escritor, ¿son reales o no? En Los demasiados libros, de Gabriel Zaid, leemos en las primeras páginas que pareciese que no, y que lo que ocurre es que siempre estamos dispuestos a encontrar problemas:

Hay una tradición llorona de la gente de libros (autores, y lectores, editores y libreros, bibliotecarios y maestros). Una tendencia a quejarse hasta del buen tiempo. Esto hace ver como desgracia lo que es una bendición: la economía del libro, a diferencia del diario, el cine, la televisión, es viable en pequeña escala.10

Pero luego descubrimos que sí existen las dificultades, y muchas más de las que nos planteábamos; por eso, encuentro más productivo que repetir sugerir la lectura de esta magnífica obra, que, a pesar de la nota discordante respecto a una mención honorífica que mereció en un concurso, cuando la obra ya había sido publicada en una edición anterior, sigue siendo, sobre el libro, un punto vital de información exhaustiva.

Uno de los problemas eternos al que se ha enfrentado el escritor de todas las generaciones es el de cómo captar el interés de las editoriales en su obra. Con relación a ello se da una figura renovada, decisiva y vital en el mundo de la literatura, el agente de escritores, peligrosamente parecida a la que tienen los actores y actrices de cine, como esa, imprescindible, y hay que admitir que igual de funcional. En cuanto al éxito que se puede esperar al respecto, podemos estar seguros de que si no se ha logrado despertar el interés de un agente por nuestro trabajo, este puede fenecer sin haber nacido. Pareciese que, independientemente de la calidad de la creación, si no se tiene agente, tampoco se tiene éxito. Y aunque los galardonados con premios famosos en primera instancia pareciesen tener más oportunidad de permanecer en la palestra, no siempre se da esa ecuación feliz y, a pesar de un premio, el escritor puede decaer en su próximo libro si no tiene el agente adecuado. Por último, pese a la universalización de los temas, la comunicación y la información bibliográfica existente hoy, el logro del escritor común sigue sujeto a la aceptación de su obra en su país de origen. El éxito del libro dependerá de la cantidad de lectores con que su autor cuente, es decir, el número de coterráneos que tenga. Por lo tanto, no será igual, ni remotamente, escribir un libro en Panamá que en México.

Aunque el panorama se pinte tétrico, no todo es tan oscuro. Somos escritores en español, con respecto a cantidades, lengua entre las tres primeras maternas del mundo. Y habitamos, escribimos y leemos en el territorio de la hipérbole, donde todo puede pasar aún. Hasta un segundo boom. ¿Acaso no están dadas las condiciones una vez más? Si existiese esa tal crisis para escribir y publicar, ¿no tendría acaso la misma otra cara siniestra, la de para quién escribir? Si el público masivo espera una obra que le sea amena, con sus chispas de morbo y cierta escandalosa propensión a sorprender con demasiada contundencia, casi como un mazazo, a cambio del golpe sutil que conmueva y despierte conciencia y sensibilidad, la absurda exageración fabricada no obtenida, tomada, no trabajada, desperdiciada, ¿para quién debemos, pues, escribir? La respuesta lógica será: para el lector heredero de esos que escribieron también para nosotros (boom y posboom) y lo despertaron y lo convirtieron en juez y parte, porque aquí, en nuestra tierra de fábula, esa oposición vale.

Por eso, de la misma forma que hay un panorama desolado respecto a para quién escribimos, hay también una pequeña pero luminosa oportunidad de éxito en otra cara de esa misma circunstancia, el lector. Podemos paliar la situación escribiendo para esa élite de lectores. Puede suceder, como efectivamente ocurrió con el lector del boom (aún existen sus autores y producen), que aprendió, se hizo más penetrante, y ese grupo de lectores tuvo un efecto multiplicador. Aunque sean menos, definen más. Es la lectura íntima que le restó un poco de la obligatoriedad escolar. Si aunamos a ello las posibilidades de comunicación (que son considerablemente más eficaces hoy), debía de existir un grupo mayoritario y más maduro de lectores, literariamente más experimentado. Por ejemplo, los que descubrimos después de los clásicos a nuestros autores del boom y aprendimos a ser lectores por placer.

El escritor actual necesita que el lector se interese en la literatura como tal, más allá de lo logrado hasta hoy, desea contarle su palabra y verle el rostro sorprendido, disgustado, encantado. Y puede hacerlo, el lector culto (no hablo de especialistas) está más preparado hoy, es un lector que capta matices, gradaciones; digiere el texto, lo recrea, lo asimila y se prepara para otros.

En el panorama inmediato podría existir una crisis económica, política, social y humanística. Y hasta se vaticina una especie de Apocalipsis. Sin necesidad de profundizar demasiado, podemos ver, entre esos problemas, los que atentan contra la literatura: uno es la explosión demográfica, hay demasiada gente. Y en circunstancias de hacinamiento se tiende a la pobreza, en los países pobres se cuenta con menos tiempo vital y espacio físico para la cultura bibliográfica. Lo que se persigue en muchos sitios es sobrevivir, ¿cómo podría nadie en circunstancias extremas de pobreza pensar en literatura? El interés general que se persigue en esos casos es el hedonismo y el escapismo (la vida es ingrata y demasiado corta). Aun la avanzada tecnología es un arma de doble filo, se accede al bien que supone la cultura con el mismo dedo que a noticias de exterminio, perversiones y crueldades inimaginables, y que aunque existieron siempre, ahora están tan cerca como puede estarlo el final de nuestro índice. En cierto modo, las facilidades que ofrece esta tecnología alejan a la sociedad de la deseada tradición cultural humanística, lo cual trae la angustia de la desmoralización. Y es imprescindible recuperar el tranquilo transcurrir de una vida satisfactoria que propicie la creación.

La novela hispanoamericana no se encuentra en crisis, sino gestándose. Una vez más está en efervescencia ebullente, y una vez más a punto de nacer. La supuesta crisis de la que ahora podemos hablar, como todo el resto del mundo, podría ocurrir en cualquier parte y en todas. Por eso, más que una crisis en la novela hispanoamericana, lo que en realidad tenemos en la literatura universal es la narrativa del hombre en crisis. Que es, más que escollo, filón temario. Hay esperanza para nuestra literatura, «El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos, porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer».11

Con su narrativa naciendo, primigenia siempre, solo en Hispanoamérica podía darse el boom. Aquella revolución narratoria que fue la grandeza del imaginario, pero que ahora motiva a algunos, por darlo como asunto del pasado, a pensar en una crisis de la novela heredera. Temen y pregonan ausencias iguales a las que parecieron existir antes de ella, cuando allende los mares se pensaba en Hispanoamérica como una otredad fundamentalmente revestida de poesía y pródiga en poetas, sin tomar en cuenta que está en nuestra esencia la necesidad de novelarnos. Y que si acaso fuese cierta la crisis, estamos listos para iniciar una vez más nuestra narrativa, para ocupar el espacio del silencio. Escuchemos la propuesta que nos hace quien sabe mucho de finales e inicios, Ernesto Sábato:

Les propongo entonces, con la gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. (…) Solo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.12

Notas

  1. Maturo, Graciela: La literatura hispanoamericana: de la utopía al Paraíso, Buenos Aires: Fernando García Cambeiro, 1983, p. 22.Volver a la ponencia
  2. Donoso, José: Historia personal del boom, España: Alfaguara, 1987, p. 99.Volver a la ponencia
  3. Galeano, Eduardo: Memoria del fuego, tomo I, Los nacimientos (Los colores), España: Siglo XXI, 1982, p. 15.Volver a la ponencia
  4. Ídem, p. 37.Volver a la ponencia
  5. Colón, Cristóbal: Diario, 25 de diciembre de 1492.Volver a la ponencia
  6. Donoso, J.: ob. cit., p. 26. Volver a la ponencia
  7. Menton, Seymour: La nueva novela histórica de la América Latina, 1979-1992, México: Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 56.Volver a la ponencia
  8. Sáinz de Medrano, Arce: El lenguaje como preocupación en la novela, Madrid (España):Universidad Complutense, 1997, p. 237.Volver a la ponencia
  9. Donoso: ob. cit., p. 24.Volver a la ponencia
  10. Zaid, Gabriel: Los demasiados libros, Barcelona (España): Anagrama, 1996, p. 21.Volver a la ponencia
  11. Sábato, Ernesto: La resistencia, España: Seix Barral, 2004; Buenos Aires, 2004, p. 158.Volver a la ponencia
  12. Antes del fin, España: Seix Barral, Biblioteca, 1999, p. 21.Volver a la ponencia
Subir al principio
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, 2007-2013. Reservados todos los derechos.Accesibilidad